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Edición N° 75

N° 75

Diciembre - Enero de 2006[ ver índice ]

 

La rebelión de un burgués
Estanislao Zuleta,
su vida
Jorge Vallejo Morillo
Norma
2006
 
Dieciséis años después de su muerte aparece la biografía de uno de los más conspicuos intelectuales de la segunda mitad del siglo XX colombiano. Aunque, en términos de la práctica historiográfica, tres lustros son apenas un lapso prudencial para sobreponerse a la muerte del personaje, darse cuenta de la necesidad de contar su historia, investigarla, escribirla y publicarla, desde hace rato el vacío clamaba por ser llenado, no sólo por razones de elemental justicia con una de las mentes más brillantes, innovadoras y controvertidas que ha dado el país, sino porque la trayectoria vital de Estanislao Zuleta (1935-1990) resulta de conocimiento obligado para trazar el panorama actual del pensamiento colombiano, y de especial utilidad para entender el momento que hoy vivimos: la mayor parte de los acontecimientos históricos que Zuleta presenció, padeció y comentó son parte todavía del presente de este país tan reacio a cambiar el rumbo.
 
Hijo de aquel otro intelectual homónimo a quien el filósofo antioqueño Fernando González dedicó sus famosas Cartas a Estanislao, discípulo del mismo González y amigo privilegiado de León de Greiff cuando niño y adolescente, rebelde precoz y autodidacta, sin título de bachiller siquiera, con apenas exigua obra escrita, Zuleta llegó a ser respetado filósofo, politólogo, teórico y practicante del psicoanálisis, crítico literario, investigador social, por mencionar sólo las más protuberantes disciplinas en las que descolló hasta el punto de convertirse en interlocutor privilegiado, cuando no mentor, de algunos de los más destacados especialistas colombianos en cada una de esas áreas del saber. Además de su labor intelectual, Zuleta fue un activista político de izquierdas y un pedagogo que atrajo un público heterogéneo que atestaba los auditorios donde dictaba sus conferencias sobre Marx o Freud o Thomas Mann y para el que llegó a ser una especie de gurú a quien se admiraba y seguía sin condiciones.
 
El libro de Vallejo Morillo recorre con lujo de detalles este insólito periplo vital, a partir de los antecedentes familiares —un bisabuelo vasco que vino a hacer fortuna en la minería del oro en Antioquia, un abuelo médico y notario, un padre abogado e intelectual que murió cuando Estanislao apenas tenía pocos meses de edad, calcinado en al aeropuerto de Medellín en el mismo accidente que se cobró la vida de Carlos Gardel— como claves para comprender las condiciones que hicieron posible el desarrollo de tan singulares carácter y talento. Al cuidado emocional y físico de una madre amorosa que le dedica toda su atención y consentimiento, y al cuidado intelectual de algunos de los más importantes Panidas paisas amigos de su padre, Zuleta fue desde su adolescencia un lector crítico y voraz que a los 16 años se dio cuenta de que los libros podían ofrecerle todo aquello que la escuela le escatimaba, y decidió, en consecuencia, tomar las riendas de su propia educación. Con algunos amigos de más o menos su edad, conformó un grupo de estudio que de día acometía la lectura y el debate con pasión de románticos y disciplina de oficinistas, y por la noche se daban al trago y a la bohemia con fervor de poetas malditos. Tras esta formación y estas aficiones, que no cesarían sino el día de su muerte, vendrá su peregrinar por diversas universidades, como docente estrella pero con contrato de auxiliar a causa de su falta de títulos (sólo cuando finalmente la Universidad del Valle le confirió el doctorado honoris causa fue posible una vinculación laboral acorde con su peso intelectual específico). También están documentadas en el libro las actividades políticas y culturales en las que intervino, primero como militante del Partido Comunista y luego, ahuyentado por los dogmatismos, como fundador de varios partidos de orientación socialista. En parte para llevar a la práctica sus ideas sociales, en parte para completar los exiguos ingresos económicos que le reportaba la cátedra universitaria, Zuleta pasó también por diversas entidades del Estado, en calidad de investigador, asesor y diseñador de políticas sociales.
 
Lo primero que llama la atención de este trabajo es que no se trata propiamente de una biografía intelectual. Sabido es que la obra escrita de Zuleta es escasa y que la mayoría de los textos publicados con su firma son transcripciones de sus conferencias grabadas por los propios alumnos. Las opiniones sobre el personaje están profundamente divididas entre quienes lo consideran poco más que un charlatán brillante y aquellos para quienes Zuleta fue un hito definitivo en el panorama intelectual colombiano del siglo pasado. Al comienzo del libro, a modo de introducción, se incluye un texto de William Ospina, quien sostiene: “Puede decirse que Zuleta es el primer pensador moderno de Colombia. No porque fuera el más informado sobre la actualidad política y filosófica..., sino porque representa una actitud nueva: no es un mero comentador o divulgador de los saberes que acumularon los siglos, sino que asume el riesgo de pensar por sí mismo, consciente de su lugar en el mundo, y saca sus propias conclusiones a partir de la vasta cultura que ha obtenido por la lectura y el diálogo, sin mejor disciplina que su pasión, sin mejor pauta que su inteligencia”. En otro lugar, Jesús Martín Barbero, colega que lo conoció de cerca, afirma, no sabemos si con admiración o con ironía: “El hombre seducía con sus maneras, con... esa pose con la que él hablaba, esos silencios teatrales que hacía...; pensaba hablando porque realmente su pensamiento se hacía al hablar, en una fina estructura oral”. Y añade más adelante: “Era una imagen un poquito aflictiva para mí, esa pose me chocaba mucho. El pensamiento era muy ágil pero el discurso era... muy solemne”. Hablar de un pensamiento ágil que se expresa a través de un discurso lento y solemne es algo más que una contradicción en los términos, es un comentario que dice mucho más que lo que quisiera decir sobre la dificultad de definir y encasillar la obra de Zuleta. Para unos, Zuleta fue sobre todo un erudito y un comentador agudo de textos ajenos; para otros fue un lector crítico que sabía destilar ideas propias a partir del cuestionamiento de los saberes comúnmente aceptados; para otros más fue su destreza en la utilización de un método mayéutico con su auditorio lo que lo convirtió en un pedagogo excepcional. En cualquier caso, el trabajo de Vallejo se abstiene de analizar los textos de su biografiado y, por lo tanto, omite un dictamen sobre cuál fue, en definitiva, su legado intelectual. Pero, ¿es que acaso alguien lo sabe?
 
A cambio de ese veredicto definitorio, al lado de lo anecdótico, que abunda en esta biografía, el autor entrevera todo el tiempo oportunas citas, tan breves, a veces, como aforismos, que van dando cuenta del pensamiento de Zuleta: “...sus enseñanzas de no rehuir el dolor, su anhelo de vivirlo con calma y escuchar la dulce noche que avanza”. “...lo importante no era cambiar de rebaño, sino el no tener pastor alguno”. “Para él la filosofía era conversación, diálogo vivo y directo con los otros, y la lectura era apenas un ejercicio de preparación para la gran fiesta del diálogo”. “Pensar por sí mismo es más angustioso que creer ciegamente en alguien”. “En un debate, el que pierde, gana, porque sale de un error”. “Amor sin hostilidad es beatería angelical”. “Si los hombres encargados de expresar lo bello se atuvieran a las reglas de los profesores patentados, lo bello mismo acabaría por desaparecer de la tierra, pues todos los tipos, todas las ideas, todas las sensaciones se confundirían en una vasta unidad monótona e impersonal, inmensa como el aburrimiento y el vacío”. “... aquel que no emprenda la lucha no sufrirá jamás la derrota de una fuerza adversaria porque ha hecho de la derrota la sustancia misma de su vida y porque la fuerza adversaria ya está instalada en él”. “No podemos olvidar nuestra barbarie espiritual ni nuestra miseria cultural ni las carencias materiales de las inmensas mayorías. El espíritu mafioso es más poderoso que las mafias, el espíritu militarista más fuerte que los militares, la podredumbre de los organismos del Estado más tenaz que el mismo Estado...”.

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