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Edición N° 74

N° 74

Noviembre - Diciembre de 2006[ ver índice ]

 

Tumbas sin sosiego
Rafael Rojas
Anagrama
2006
 
En diciembre de 2002, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara tuvo a Cuba como huésped y la revista Letras Libres preparó un número dedicado a debatir el presente y el futuro de la isla. Aquella presentación, como se recordará, fue interrumpida por un ruidoso contingente de castristas, que, bien acompañados de funcionarios cubanos, convirtieron aquello en una faramalla que reproducía, en México, los procedimientos inquisitoriales e intimidatorios propios de la dictadura y sus comités vecinales.
 
El acto de repudio, como se lo llama en la jerga persecutoria, duró más de dos horas, y una vez concluido, por razones que no sé si atribuir a la saciedad de los provocadores o a la corrosiva influencia de la tolerancia democrática, el clima se distendió cómicamente y tanto los fiscales como las víctimas nos fuimos retirando en calma, cada uno por su lado, comentando un incidente que se llevó a cabo en las narices de los organizadores de la feria, obsequiosos hasta el escándalo con el régimen cubano. Recuerdo, todavía, a algunos de los castristas tapatíos tomándose la foto del recuerdo con una linda muchacha cubana que, en calidad de La Libertad guiando al pueblo, había animado con entusiasmo a los alborotadores. Esa noche, en la habitación del hotel, mientras procesaba esa clase de adrenalina que sólo la política desencadena, me consternó pensar, sobre todo, en lo que esa jornada habría significado para mis colegas cubanos, el novelista José Manuel Prieto y el ensayista Rafael Rojas, director de la revista Encuentro de la Cultura Cubana, ofendidos en la tierra de su exilio con los métodos rutinarios del totalitarismo.
 
Meses después, en la primavera de 2003, aprovechando las circunstancias creadas por el bombardeo estadounidense de Irak, la dictadura calculó que podía arremeter, sin pagar un costo demasiado alto, contra la disidencia, llevando a cabo una de las represiones más virulentas que haya emprendido en su ya larga historia de medio siglo. Entre aquella noche en Guadalajara y la represión de marzo en Cuba, creo encontrar el tono para hablar de Rafael Rojas, historiador nacido en Santa Clara, Cuba, y residente en México desde hace varios años. Por un lado, recapitulo, está la paradoja, no por clásica menos amarga, que implica honrar las libertades en democracias donde los castristas usan y abusan precisamente de las libertades democráticas cuyo ejercicio niegan a los cubanos. Y por el otro lado, es evidente que la inflexible facundia con la que Castro aguarda el final de su vida implicará el deterioro cada día más irreversible de la posibilidad de una transición pacífica en Cuba, tal cual lo desearía un liberal de temperamento moderado como lo es Rojas, quien teme, como lo dice en Tumbas sin sosiego, que el futuro cubano sea un mercado sin república y una democracia sin nación.
 
A casi medio siglo del triunfo de la Revolución Cubana y de su transformación en una dictadura, Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano narra, con esa penetrante visión de conjunto tan propia de aquellas autobiografías espirituales que se ocultan en la modesta secrecía del ensayo, la aventura de los intelectuales cubanos. El vértigo que va de 1959 a 1961 ocupa las páginas centrales en un libro donde se estudian las pasiones que, desde el fervor hasta la ceguera, actuaron para que muchos intelectuales de la isla, y con ellos varias de las mentes más conspicuas de aquella época, hipotecasen su conciencia al servicio de la última de las grandes revoluciones marxista-leninistas. Pero, recurriendo a una vieja idea conservadora que se alimentó de Dostoievski, la que encuentra en la atracción revolucionaria la consumación de aquello que se incuba en el nihilismo, Rojas insiste en que no todos los letrados cubanos sucumbieron al embrujo. Cito, porque yo no lo conocía, el testimonio final del ensayista Jorge Mañach (1898-1961). Exiliado, Mañach advertía que, al declarar el carácter socialista de la Revolución Cubana, Fidel Castro traicionaba el mandato que recibió mientras peleaba en la Sierra Maestra, pues “el pueblo de Cuba —todas las clases sociales y muy especialmente la clase media— lo apoyó moral y materialmente para que liberara al país de la satrapía batistiana, y después, con la autoridad de esa victoria, convocase a unas elecciones, que sin duda habría ganado abrumadoramente, poniéndolo así en condiciones constitucionales de hacer efectivas las grandes reformas y rectificaciones que la Constitución del 40 había ya contemplado. A lo que no estaba autorizado el fidelismo era a cambiar radicalmente, por sí y ante sí, la estructura institucional y social de la nación cubana sin el previo y el explícito consentimiento de nuestro pueblo, otorgado mediante un proceso de amplia decisión pública y en un ambiente de plena libertad. El asentimiento de una muchedumbre fanatizada ante una tribuna no da autoridad bastante para alterar el destino que un pueblo se ha ido forjando desde sus propias raíces culturales e históricas” (pp. 194-195).
 
Del mito de José Martí, convertido en providente bautista del castrismo, al desencanto (y a la contrición y al reencantamiento) de José Saramago, del arrobamiento tolkineano de Lezama Lima a su clausura en vida, de la reticencia católica de Cintio Vitier a su segunda conversión, pasando por el exilio de Guillermo Cabrera Infante, por la visita de Sartre, la suspicacia de Jorge Edwards, la servidumbre de Roberto Fernández Retamar y por las tenebras del caso Padilla, Tumbas sin sosiego explica cómo la Revolución Cubana negoció, en riguroso ardid mefistófelico, el alma de los intelectuales cubanos que, habiendo sido comunistas, republicanos o católicos, confluyeron en una desastrada constelación nacionalista. Y para que ello ocurriera, nos explica Rojas, hubo que condenar a la República Cubana entera, presentando el período que va de 1901 a 1959 como una neblinosa Edad Media que, en esa versión, no habría sido ninguna otra cosa que un títere sometido a los antojos y los caprichos del imperio.
 
La longevidad de la dictadura, lo mismo que su hipnótico predicamento en Occidente, no se explica sino en la medida de su cercanía geográfica de la democracia imperial que ganó las batallas decisivas del siglo XX. Pero la historia de Cuba, antes y durante (y acaso después) del cautiverio comunista, tiene que ser también, como se propone en Tumbas sin sosiego, la genealogía del nacionalismo isleño, de ese malestar de la cultura cubana expresado en la supuesta ausencia de mitos fundadores y en el desdén precoz, marcado por el aburrimiento parnasiano, de la vida democrática, vertientes que Rojas analiza de manera descarnada y melancólica. No podía ser de otra manera en quien pertenece, como Rojas, a la generación que abandonó el mito de la Revolución traicionada, asumiendo que en Cuba habrán pasado muchas cosas de orden endógeno, pero lo que se escenificó fue esencialmente uno de los últimos capítulos de la cruzada antiliberal que empezó en Rusia en el invierno de 1917.

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