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Breviario

Mozart y Salieri: La contienda que nunca fue

Breviario: Mozart y Salieri: La contienda que nunca fue
Traductor
Juan Carlos Garay
Edición N° 67

N° 67

Diciembre - Enero de 2006[ ver índice ]

Es difícil decidir cuál es la imagen de Antonio Salieri que está más firmemente arraigada: la de que fue el atormentador que llevó a Mozart a una muerte prematura, quizá usando incluso una gota de arsénico para asegurarse, o la de que fue un pésimo compositor. Unas pocas piecitas toscas en la banda sonora de Amadeus (la película dirigida por Milos Forman en 1984 y basada en la obra de teatro de Peter Shaffer) son todo lo que la mayoría ha oído de la obra de Salieri. ¿Hay algo más que explorarle como compositor?

Sí, hay músicos influyentes que dicen que sí. De hecho, las óperas de Salieri han ido experimentando una exhumación lenta pero firme. En diciembre de 2004 el teatro La Scala de Milán reabrió sus puertas con Europa riconosciuta, la misma obra que Salieri escribió para su inauguración en 1778. Recientemente la cantante Cecilia Bartoli grabó un álbum completo dedicado a su música. Con el acierto de una artista como Bartoli empezamos a oír más acerca de Salieri el compositor. ¿Y en cuanto a Salieri el envenenador? Tristemente para quienes gustan de una buena teoría de la conspiración, no hay evidencias. Ahora es tiempo de revaluar al hombre y su música.
 
Si Salieri no era el intrigante envidioso y colérico de la imaginación de Milos Forman, ¿quién era entonces? Para nuestro pesar, es poca la información que se tiene de primera mano. Pero el retrato trazado por Volkmar Braunbehrens en la biografía publicada en 1989 es el de un hombre serio, formal y en ocasiones irascible. No obstante, también existen menciones del compositor como amigable y jovial: el tenor irlandés Michael Kelly, gran amigo de Mozart, aseguraba que Salieri “podía hacer un chiste de cualquier cosa”. Lo cierto es que en 1781, cuando Mozart se estableció en Viena a sus 25 años, Salieri era seis años mayor y ya estaba consolidado como estrella.
 
Nacido en 1750 en Legnano, un pueblo del norte de Italia, fue llevado a Viena a los 15 años y allí conoció a su futuro mentor, Gluck, así como al emperador José II. Salieri fue invitado a tocar en sesiones de música de cámara junto al emperador, y pronto lanzó su carrera en la corte imperial. Su nombramiento en 1774 como compositor de la corte y director de la ópera italiana lo convirtió en uno de los músicos más influyentes de Europa.
 
Un compositor joven y ambicioso como Mozart pudo haber deseado tener a Salieri fuera de su camino, pero no al revés. ¿Qué importaba si Mozart colaboró en Las bodas de Fígaro con Beaumarchais, el decano de la escena parisina? Al fin y al cabo Salieri estaba escribiendo Tarare, una ópera que sería éxito en París, con libreto del mismísimo Beaumarchais. ¿Y qué más daba si las colaboraciones de Mozart con el libretista Lorenzo da Ponte dieron mejor fruto que las de Salieri? Nada. Al fin y al cabo era Salieri quien podía reclamar el crédito por haber llevado a Da Ponte a Viena. Es cierto que luego del fracaso de su primera ópera juntos el compositor juró que se rebanaría los dedos antes de volver a trabajar con el libretista, pero con el tiempo se ablandó y terminaron escribiendo varias óperas exitosas.
 
No obstante, si hemos de creerle a Constanze, la esposa de Mozart, sí hubo un incidente que pudo haber encendido la chispa de una rivalidad. Según ella, Da Ponte le ofreció primero a Salieri el libreto de Cosi fan tutte, y éste lo rechazó aduciendo que no merecía una puesta en escena. Cuando después Mozart posó su mano sobre aquel texto, Salieri, humillado, tuvo que tragarse sus palabras.
 
Por lo demás, cualquier tensión entre los dos músicos pareciera tener más que ver con las políticas del oficio. Salieri tuvo que rechazar la prestigiosa comisión de escribir La clemenza di Tito, pero en verdad no tenía razón para resentirse con Mozart por ser la segunda opción. Por su parte, Mozart se queja en algunas cartas de verse frustrado por “intrigas” italianas, pero a menudo parece que él sentía que debía excusarse ante su ambicioso padre por cualquier pequeño fiasco. Lejos de impedir cualquier presentación, con frecuencia Salieri dirigió la orquesta en obras de Mozart. Y es casi seguro que la muerte de Mozart, como escribió un respetado periódico musical, no se debió a envenenamiento sino a “un trabajo arduo y una vida agitada en compañías malamente escogidas”.
 
Fue solamente después del fallecimiento de Mozart que Salieri empezó a tener verdaderas razones para odiarlo. A diferencia de la música de cualquier compositor anterior, la de Mozart continuó siendo interpretada. Desplomado cuando estaba en la cumbre de sus poderes, y con el escalofrío agregado de los rumores sobre su homicidio, se convirtió en el primer músico cuyo culto de celebridad floreció después de muerto.
 
Salieri, por otra parte, duró más que su talento. Casi no compuso música durante las dos últimas décadas de su vida. A cambio, se dedicó a revisar sus obras previas. Sabemos que tuvo una impresionante nómina de pupilos: Beethoven, Schubert, Meyerbeer y Liszt, por no mencionar a Franz Xaver Mozart, el hijo menor de su supuesto adversario. Pero el compositor que alguna vez estuvo a la vanguardia de las ideas operísticas no necesariamente les enseñaba a sus alumnos a ser así de innovadores: debemos estar agradecidos de que Schubert ignoró sus diatribas contra el “intolerable” género del Lied alemán.
 
Concretando, ¿cómo fue que este respetable músico se convirtió en el presunto asesino de Wolfgang Amadeus Mozart? Nadie sabe con certeza, pero en sus últimas semanas de vida Mozart reportó creerse envenenado y culpó a las hostiles facciones italianas de la corte de Viena. La gente ató cabos y terminó señalando a Antonio Salieri. Ni siquiera sus colegas compositores pudieron resistirse a una historia tan buena. Hay menciones de ella en los cuadernos de conversación de Beethoven. Weber, el suegro de Mozart, la escuchó en 1803 y desde entonces trató desdeñosamente a Salieri. Aún después de veinte años la historia seguía rodando: Rossini hizo un chiste sobre el asunto cuando conoció a Salieri en 1822.
 
En tanto que el rumor se iba haciendo más conocido, cualquier negación sólo servía para reforzarlo. Entonces sucedió en 1823 que Salieri, en su lecho de muerte y mientras desvariaba, se acusó de haber envenenado a Mozart. En momentos más lúcidos se retractaba, pero el daño ya estaba hecho. Aun cuando pocos creyeran en las divagaciones de un viejo confundido, el hecho de que Salieri “confesara” el crimen de Mozart le dio al rumor una semblanza de validez.
 
Hoy, aunque prácticamente la damos por falsa, la imagen de Salieri el envenenador persiste. Ello se debe sobre todo a que muchos artistas se han dejado arrastrar por ella, y sus respuestas terminan revelando más sobre ellos mismos que sobre la verdadera historia. Pushkin, quien escribió su pequeña tragedia sobre el tema apenas cinco años después de la muerte de Salieri, lo retrató sin ambigüedades como un asesino. Sin embargo, el autor parece identificarse al mismo tiempo con el Salieri profundo y el Mozart alegre. Rims­ky-Korsakov escribió la ópera Mozart y Salieri 67 años más tarde, imitando con su música el estilo clásico, excepto en las escenas en que Mozart toca algo que Salieri aclama como “genial” (y es allí donde, irónicamente, tenemos los únicos momentos de Rimsky-Korsakov en su estado más puro).
 
Y luego, por supuesto, está Amadeus. El éxito de la película ha hecho más que cualquier rumor para promover la imagen de Salieri como malhechor, aun cuando la obra de teatro en que se basa sostiene que él no fue el asesino. Pero en la identificación con Salieri, Shaffer convirtió la pequeña tragedia del compositor en algo mucho más grande: es el espejo de cierto rasgo de la naturaleza humana que preferimos no encarar.
 
Todas estas obras, sin embargo, terminan ignorando un punto muy importante: que ese “santo patrón de la mediocridad”, como lo llamó Shaffer, compuso algunas piezas musicales magníficas. Es cierto que en la totalidad de su obra hay inconsistencias, y que rara vez alcanza las cimas escaladas por Mozart. Pero, igualmente, varios momentos son originales e ingeniosos, y lo mejor de su creación es en verdad muy bueno. Salieri puede ser un gran villano cinematográfico, pero quizá en el futuro podamos recordarlo por algo que realmente hizo.

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