Mary Roach y sus cadáveres fascinantes

A partir de la lectura de "Fiambres: la fascinante vida de los cadáveres", de Mary Roach, la columnista disecciona un territorio tan próximo e intimidante como es el cuerpo muerto.

POR Andrea Palet

© Paul Gadd • Comet • Corbis 

 
Yo no soy de esas personas supersabias que no temen a la muerte. Cuando vi Los otros, la película de terror con Nicole Kidman, me hice pipí de miedo en el cine. Cuando veo The Walking Dead, esa serie nueva sobre zombis en la tele, me tapo los ojos un sesenta por ciento del capítulo, y el otro cuarenta estoy pensando si no habrá una mejor forma de pasar el tiempo con Largopitecus, mi hijo adolescente, que mide un metro noventa, se viste de negro y tiene como tres centímetros de sentimientos. No hablo de la muerte, me cae mal. No le encuentro el lado bueno, no sé mirarla ni sopesarla ni poetizarla. Nunca he visto un cadáver, y hasta que la vida me obligue no tengo pensado cambiar de planes.

Pero leí un libro sobre cadáveres, y desgraciadamente es tan bueno que no puedo no contarles. Mary Roach es una periodista estadounidense y tiene uno de esos currículos que quedan geniales en las solapas de los libros: trabajó en relaciones públicas en el zoológico de San Francisco (su oficina era un tráiler cerca de la jaula de los gorilas) y escribía o escribe sobre temas científicos y naturalistas en National Geographic, New Scientist, Wired, Salon.com y el New York Times.

Ha publicado cuatro libros: Stiff: The Curious Lives of Death Human Cadavers (2003), Spook: Science Tackles the Afterlife (2005), Bonk: The Curious Coupling of Science and Sex (2008) y Packing for Mars: The Curious Science of Life in the Void (2010). Vean de nuevo los subtítulos: la dama es curiosa, ¿no? Pero curiosos somos muchos; plumas como la suya, pocas. Mary Roach, como Natalie Angier, como Bill Bryson, escribe de cosas que ocurren en laboratorios o en las mentes de gente con muchos doctorados, y la entendemos. Más: la gozamos. Más: nos reímos. No sé cómo lo hace.

Fiambres: la fascinante vida de los cadáveres (Barcelona, Global Rhythm Press, 2007) es hasta ahora su único título traducido al castellano. Allí Roach logra la proeza de combinar el respeto con el humor; algo muy difícil de hacer, tanto en divulgación científica como en casi cualquier otro género. Y es difícil porque el tema no son los embutidos pasados de sazón; bueno, sí, pero embutidos humanos. El libro es una investigación sobre los usos que la ciencia, la medicina y la industria dan a los cadáveres. No habla de la industria funeraria (la misma editorial, ahora que me acuerdo, tradujo Muerte a la americana, de Jessica Mitford, que ya es un clásico sobre ese tema), sino de esos restos anónimos que fueron donados por sus ex propietarios o familiares con fines de experimentación.

Nunca es tarde para hacer nuestro pequeño aporte al progreso, parecen decir estas páginas, por donde desfilan anatomistas, ingenieros, estudiantes de medicina, ambientalistas o analistas de impacto, junto a decenas de muertitos bien trajinados, con el favor de Dios. Pero el resultado no es lóbrego ni chocante ni morboso: yo lo pude leer, y ya saben de mi problema.

“Una cabeza humana tiene el volumen y el peso aproximado de un pollo asado. Nunca se me había ocurrido esta comparación, posiblemente porque hasta hoy nunca había visto una cabeza en una fuente para el horno”. Así empieza Roach su descripción de una de las escasas oportunidades en que los médicos (cirujanos plásticos en este caso) han podido practicar (estiramientos faciales y rinoplastias en este caso) en “pacientes” reales a quienes no podían ya hacerles ningún daño. Como se ve, la autora se vale de un recurso muy utilizado por quienes tienen que manipular cadáveres en horarios de oficina: la cosificación, pensar que no se trata de ex seres humanos sino de cosas (digamos que un pollo asado califica como cosa, en este contexto). Esa despersonalización, que está en la base de las bromas macabras de sepultureros y estudiantes de medicina, se revela aquí indispensable para la disección y otras operaciones que “exigen de sus practicantes la suspensión de muchas de las respuestas fisiológicas y emocionales naturales ante la mutilación deliberada del cuerpo de otro ser humano”.

Roach entrevista, pregunta, observa y luego describe los procedimientos para estudiar la descomposición de los cuerpos (a campo abierto, en un prado adyacente a un campus universitario de Tennessee), los efectos de diversos tipos de accidentes aéreos o automovilísticos (a esos valientes cadáveres, y no tanto a los modelos anatómicos que vemos en los comerciales, les debemos avances como los airbags y los cinturones de seguridad), la resistencia fisiológica a los viajes espaciales, las armas o las explosiones atómicas, un análisis nutricional de la carne y vísceras humanas, y varios otros ámbitos de investigación de los que todos, en la teoría o en la práctica, nos beneficiaremos. En el trayecto uno se entera de asuntos como la escasez de huesos para la enseñanza desde que la India dejó de exportarlos; el problema del mercurio de los empastes dentales, que se libera a la atmósfera en los crematorios tras las incineraciones; cómo es el proceso de plastinación ideado por el anatomista alemán Gunther von Hagens, que dio origen a la controvertida muestra Bodies. The Exhibition (a ésa fui con mi hija, que sí tiene sentimientos, y salimos vomitando), o cómo nadie pudo replicar el curioso experimento con que en 1907 el doctor Duncan MacDougall dijo haber probado que el alma humana pesaba 21 gramos, cosa que nadie recordaría si no fuese por la película del mismo nombre, de Arriaga y González Iñárritu, que añadió a las conversaciones de cantina esa “científica” medida del alma.

Hay capítulos históricos, como el recuento de los tiempos de los ladrones de restos para usos farmacéuticos, o de los antiguos anatomistas y sus peripecias. También tienen una aparición recurrente en estas bambalinas muchos animales, en especial perros y monos sacrificados por mor de la ciencia sin su permiso (los rusos tenían una verdadera fijación con los pobres perros), y se dedica un capítulo largo e interesante al espinoso tema de los trasplantes.

Roach mantiene en todo momento un lenguaje hilarante y desenfadado, lleno de imágenes non sanctas, pero no se engañen. Partiendo de la base de que, sí, en principio es beneficioso y correcto trabajar por el bien de la humanidad después de muerto, no deja de preguntar a los investigadores sobre sus reacciones y sus dudas, y de reflexionar ella misma hasta qué punto la utilidad humanitaria compensa un tratamiento quizás ofensivo y una eventual falta de respeto por esos restos orgánicos que antes fueron personas, hombres y mujeres con pasiones, preocupaciones y tristezas irrepetibles y de algún modo sagradas. En todo el libro late esa tensión, y eso es precisamente lo que lo hace extraordinario. Porque el problema con los cadáveres es que se parecen mucho a las personas. Pero no son.
 

ACERCA DEL AUTOR


Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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