Hocus pocus

¿Qué opina de los horóscopos una aguda editora?

POR Andrea Palet

© Chad Ehlers Stock Connection/Science  Corbis

 

Entre los libros más vendidos del verano, especialmente cuando comienza el año, suele haber varios horóscopos. En Chile por ejemplo, entre los diez más vendidos se juntaron la misma semana cuatro con el mismo título, Horóscopo chino 2011. Tres eran chilenos (uno por cada editorial grande) y el otro de la inefable Ludovica Squirru, millonaria astróloga argentina tan increíblemente insoportable que sé de un gerente editorial que, hace años ya, prefirió perder los millones que le reportaban las predicciones ludovicas con tal de no seguir aguantando las exigencias de la “gitana galáctica”, como ella se define. Por cierto, fue la señora Squirru, que es muy holística (según su biografía, de joven se especializó en astrología dharma y estudió con el profesor Wang), la que introdujo esta cosa china en Latinoamérica toda; antes nos conformábamos con el simple zodíaco que venía en letra pequeña en los diarios, junto al crucigrama y los pronósticos del tiempo, y no importaba nada.

Si está tomando aire para soltar un dios mío, un acabáramos, un a dónde vamos a parar, sepa que en todas partes es igual. Los libros más vendidos en Inglaterra suelen ser de astrología, cocina y psicología para gatos, y en Alaska deben ser de astrología, cocinar pescado y psicología para perros husky. No es cosa del subdesarrollo, pues. Si acaso los horóscopos superventas estuviesen listados en la categoría de ficción, que es lo que son estos artificios comerciales de temporada –una entretención fantasiosa, rémoras de un pasado mitológico–, no nos producirían tanta crispación, pero están en no ficción, donde se supone que deberíamos leer la realidad, la interpretación de hechos verificables.

Adivinar unos rasgos de personalidad y predecir un porvenir a partir de la observación del cielo tenía todo el sentido del mundo cuando recién se estaban inventando las explicaciones humanas; por eso es bonito y es interesante el estudio de la mitología antigua. Los horóscopos como juego social tampoco parecen algo tan pernicioso: qué tanto mal puede hacerme que me identifiquen con un par de animales como el pescado y la culebra (¡!). Dan conversación, producen afinidades falsas pero inocuas. Sin embargo, la cosa cambia cuando se usa el zodíaco o cualquier zarandaja similar como clave explicativa. “¿Y tú qué signo eres? Piscis. Aaah, por eso”. ¿Por eso qué (ésta soy yo, preguntando)? “Es que eres una Piscis clásica. De libro”. Cuántas veces he oído este libreto. Y, lo siento, esa presunción ofende mi inteligencia. Creo que las imperfectas herramientas de la razón son nuestra única posibilidad de entender el mundo. También creo, por si a alguien le interesa, que es nuestro deber tratar de entender el mundo. Lo que soy es la suma de genética, crianza y las cosas que me han pasado; nadie me va a convencer de que una conjunción de planetas tiene algo que ver conmigo, y me molesta el autoengaño en que incurren todos aquellos que renuncian a la verdad –una joya escurridiza, ya sé– por pseudoexplicaciones tan improbables.

Las predicciones por vía de artilugios varios –naipes, cristales, planetas, orientalismo pasado por agua– y en general la venta de consejos de sentido común siempre han implicado manipulación psicológica, actuación y puesta en escena. Lo primero corre por cuenta del ego y nuestros escasos conocimientos de estadística: todo el mundo tiene conflictos no resueltos, todo el mundo adulto pasa por alguna crisis de adultez, a todos nos viene bien viajar o un cambio de aires, todos somos inseguros en el fondo, y amigos de nuestros amigos, todos tenemos un temor y un dolor que nos acompañarán lo que nos reste de vida: cualquier vidente que nos diga que esos rasgos nos distinguen es un fresco de siete suelas o bien sinceramente no ve más allá de sus narices. Si quieren ir a los “detalles significativos”, creo que numéricamente podría probarse que a la gran mayoría se nos puede ligar con un accidente infantil relacionado con el agua, el número 2 en las señas de alguna casa en que hayamos vivido, una epifanía adolescente, una argolla o un pendiente o una foto que se nos perdió y le teníamos cariño porque era de un ser querido. Oh, la ilusión de ser únicos, especiales.

Esta aplicación de probabilidades pasa por clarividencia en un escenario adecuado, ritual: es la actuación, la puesta en escena. Por lo demás, la gitana galáctica no tiene más que mirarnos la cara para saber si va bien encaminada. Un suave “¿te hace sentido lo que digo?” elimina el margen de error y así se puede seguir ad náuseam por la senda de las vaguedades, que el corazón, que el alma... (hay que hablar mucho del corazón, del alma). ¿Qué cosas nos importan en la vida? El amor, la salud, el trabajo y la plata. Ningún misterio. (Algunos además tienen ideales, por ejemplo políticos, pero hay que ser muy estúpido para ir a preguntarle al horóscopo chino si va a triunfar la revolución obrera.) Tampoco es misterio que tenemos tendencia a recordar los aciertos y a olvidar el sinsentido, que es la mayor parte.
¿Importa todo esto? No sé, quizás no mucho. Solo sé que en la infinita oferta espiritual-pseudomédico-cultural new age es difícil distinguir eventuales aportes benefactores del simple y puro fraude porque todos funcionan de la misma manera, y es así: se toman situaciones y sentimientos muy recurrentes en la experiencia humana, que tienen un diagnóstico sabido y universal, arraigado en la sabiduría popular, y se los aborda con un aparataje lingüístico y metodológico que suena profundo y prometedor. Se inventan sistemas y subsistemas simbólicos, un sinfín de distinciones, lemas, diagramas, todo barnizado con un lenguaje opaco y un aire cientificista y de cultura lejana que los protege de la sospecha del hombre común (la de que ese conocimiento arcano todos lo tenemos, gratis). Pero cientificista es una cosa y científico otra. No sé si a usted esto le parece muy científico: “La psiquis humana es alimentada por una energía proveniente del instinto, la cual posee un elemento aletargador magnético y gravitatorio que centripeta la mente comprimiéndola y haciéndola bajar a los planos inconscientes del psiquismo”.
Volviendo a los horóscopos, y con eso termino, como dicen los conferencistas que nunca terminan, tengo un par de recuerdos personales que regalar a la causa del escepticismo. Aquí van.

Caso 1. Cuando era estudiante, en la era preinternet, trabajé en una agencia que proveía de fotos y textos misceláneos a revistas y prensa diaria. (Era una pequeña empresa familiar barcelonesa con oficinas en la Casa Milà, la famosa Pedrera de Gaudí, así que aunque yo era el último pelo de la cola tenía mi momento Kodak cada vez que salía, porque siempre estaba lleno de turistas japoneses.) Todo el material era sindicado de The Sun y otras fuentes así de respetables. Entre las carpetas con fotos de actores paparaceados y añejas series inglesas como Coronation Street, había una con horóscopos sin firmar y comprados al kilo, por así decirlo. De ese montón de hojas sueltas sacábamos una cualquiera cuando lo pedían de algún diario, sin fijarnos en la fecha. Repito: cualquiera, sin fijarnos en la fecha.

Caso 2
. No quise trabajar en ese libro y me lo respetaron, pero vi de refilón el trabajo sin editar de una astróloga de la plaza. Los textos no tenían pies ni cabeza. Un amasijo de frases hechas, sin lógica interna, externa, astral ni electromagnética. Muchos párrafos eran calcados del libro del año anterior y del libro del año anterior y del libro del año anterior. Los colores o piedras asignados a algunos signos “por afinidad natural” estaban repetidos o errados, lo que supimos tras seguirles la traza en innumerables sitios web dedicados a este conocimiento cabalístico tan profundo.

¿Para qué seguir? Creo que hay personas honestas con un don empático o hipersensible que de algún modo pueden ver tus heridas y ayudarte en momentos de incertidumbre, como lo hacía el sabio de la tribu en tiempos pretéritos. El objeto o sistema que usen da igual: lo que calma es el ritual, porque el efecto placebo es poderoso y ése sí que es un misterio fascinante. Lo demás son timos prefabricados para la autoayuda bancaria de sus autores. Ayúdese a sí mismo: no los compre.

ACERCA DEL AUTOR


Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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