The Royal Show

No lo veo claro

Algunas reflexiones circenses acerca de la boda real.

POR Andrea Palet

© Mary Stamme-Clarke • Demotix • corbis

 

Kate Middleton ya es oficialmente la nuera del orejón de Windsor. Su boda con el príncipe Guillermo de Inglaterra la convirtió a ella en duquesa de Cambridge y a nosotros en asistentes voluntarios o involuntarios a un circo bienvenido e inocuo siempre que sepamos reconocer que es un circo, y caro; una entretención que da mucho juego en antesalas y peluquerías e incluso permite momentos de justicia poética, como cuando vemos desfilar a gente realmente millonaria con unos trajes no de alta noche sino de alto pánico porque, de cierto nivel plutocrático hacia arriba, a los esperpentos ni el espejo les dice la verdad. Ver a las primas del príncipe como una versión carne y hueso de Anastasia y Drizella fue buen espectáculo, para qué estamos con cosas.

Para nosotros habrá sido como comer un pastel hipercalórico una vez al año, o ir a ver una película boba pero de todos modos bien hecha: admiramos la factura del espectáculo, disfrutamos los detalles –a mí me gusta mirar los vestidos, por ejemplo–, y así descansamos un rato de nuestras preocupaciones ciudadanas. Luego volvemos a lo nuestro, sin habernos tontificado en el intertanto. ¿Por qué entonces una suerte de incomodidad cívica impidió a algunos refocilarse en este lejano recreo? ¿Por qué sentí un escalofrío al ver en la BBC, el día de la boda, a un colombiano disfrazado de la Union Jack y en éxtasis por estar en las cercanías de Westminster ese “día histórico”? ¿Por qué varios nos tapamos las orejas para no oír a nuestros periodistas hablar con contrición y reverencia de la realeza, esa gente sin apellidos normales ni gusto para vestirse? ¿De qué está hecho finalmente el misterioso influjo que aún ejerce en tantas mentes republicanas una institución que nos es ajena?

Como es un tema normalmente afincado en los establos de la prensa rosa, me tomo esta única oportunidad de tocarlo sin parecer corresponsal de la revista Hola, pero debo hacerlo con una confesión vergonzosa. De niña leía feliz los inolvidables tomos de la editorial Bruguera con la serie de Sissi, emperatriz, y también las monárquicas revistas españolas que mi abuela ídem se hacía mandar puntualmente a lo más profundo de la provincia chilena. Sobreviví a duras penas a los estragos que provoca semejante material en una mente en formación, y digamos que para redimirme de haber babeado con el romance entre Sissi y el atontado de Francisco José es que, cuando viví en España, molestaba a los locales con eso de para qué les sirve un rey, pero qué antiguo, qué ridículo. Justamente por antiguos es que no se puede prescindir de ellos tan fácilmente, me decían. Además los de ahora como que trabajan, y en cosas que nadie más tiene tiempo de hacer, como patrocinar asociaciones de numismáticos o ir a visitar leprosarios en un país africano que se está cayendo del mapa. No salen tan caros porque sirven de atracción turística. Y, fíjate, Juan Carlos se opuso al golpe de Estado.

Bueno, es cierto. Por su continuidad histórica y por su función simbólica, las monarquías son como un seguro de vida para ciertas naciones en tiempos de incertidumbre y cambio vertiginoso. Acuérdense en los noventa, cuando estaba el descalabro en Europa del este: las destronadas casas reales de los Balcanes se vieron muy demandadas, Simeón II de Bulgaria volvió del exilio después de añares y lo eligieron primer ministro sin mayor trámite. Y un sondeo de mayo recién pasado entre los españoles indica que un 77% de ellos cree que sin el rey la transición a la democracia no hubiera sido posible. Las coronas, en ciertos contextos territoriales específicos, y por causas que tienen muchas capas de historia encima, proveen de estabilidad a una comunidad estresada, y por eso es que se les perdonan sus castillos y sus tonteras.

Lo que resulta difícil de tragar no es eso sino el potencial de humillación que supone el sentir admiración o respeto por personajes cuyo único mérito ha sido nacer, que no es gran cosa después de todo. La biografía de Carlos en Wikipedia menciona como gran gracia que es el primer príncipe nacido en Inglaterra que intentó seriamente aprender galés. Ajá, qué logro. Y ahora en Chile todos sabemos dónde queda Caleta Tortel porque allí, en la Patagonia chilena, “se fortaleció el carácter del príncipe Guillermo” tras una visita que hizo para aprender heroicamente a cargar troncos y trabajar en el barro. También recuerdo cuando vino el anodino de Alberto de Mónaco y un fogueado músico nuestro dijo que tocar para Su Alteza había sido la culminación de su vida artística. ¡Alberto de Mónaco, que no ha dicho ni hecho nada interesante en toda su vida!

Aquí me contradigo, porque no se supone que las altezas éstas deban hacer nada interesante; su función actual es proveer de buen show y no molestar a nadie. Por eso en el tema de la utilidad y el mérito nos pillamos los dedos: por un lado sabemos que los príncipes de hoy lo son únicamente porque hace siglos un ancestro suyo, piloso y hediondo, se apoderó con violencia de más territorios que sus rivales; pero por otro no podemos evitar funcionar con la lógica meritocrática que nos aplicamos a nosotros mismos. Todos pensamos, o decimos que pensamos, que los privilegios y las deferencias en este mundo deben corresponderse con los méritos personales; si no, ¿para qué estudiamos, somos buenos y nos esforzamos? El problema es que, aunque ahora los príncipes trabajen un rato en serio, o estudien historia del arte (muy útil para la charla protocolar), su futuro no depende de que lo hagan bien o mal, al menos en teoría. Por eso no hay nada admirable en ellos, al menos en teoría.

Una varilla lateral de estos asuntos es la sencillez monárquica como signo de los tiempos. Ahora a los príncipes y princesas europeos les ha dado por vivir “como usted o como yo”, por exhibir su llaneza, abolir el misterio y andar con alpargatas, por divorciarse o por casarse con sus plebeyos personal trainers, como la heredera de Suecia. (Lo que queda por ver es si salen de casa con billetera.) Esto de la sencillez es una gran estrategia moderna porque algo hemos avanzado y cada vez somos menos tolerantes a venerar (y, en sus países, a financiar) a gente más o menos fea que no trabaja y vive en demasiados metros cuadrados más que uno. Curiosamente, también es el mejor argumento para abolir la realeza. ¿Por qué sus súbditos tendrían que reverenciar y jurar lealtad a gente corriente que ni siquiera ha resguardado la pureza de sangre, cualquiera sea el significado de esa obsesión hematológica? Es una pena que sean pocos y se aburran entre ellos –podríamos decir si queremos ponernos recalcitrantes–, pero si quieren seguir existiendo con la cabeza pegada al cuello no deben ser como nosotros. Los tenemos para que sean la guinda de la torta, maniquíes en un desfile vistoso pero sin mayor importancia, y ahí deben quedarse, caramba, sin bajar al bizcocho, que es nuestro terreno y ya está bien copado.

ACERCA DEL AUTOR


Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

Este contenido es solo para suscriptores

Si ya eres un suscriptor inicia sesión acá

Si aún no eres un suscriptor, te invitamos a ser parte del Malpensante

Suscribirme