Esa blanca oscuridad

¿Cómo termina una buena historia?, ¿cómo se construye un personaje fascinante? Revolviendo sus recuerdos, la columnista encuentra un par de lecciones en la realidad.

POR Andrea Palet

© Oliver Eltinger • corbis

 

Ya no era una adolescente, pero tenía ese aspecto entre sucio y etéreo de las jovencitas que encierran algún misterio. No en los libros, en la vida real, me refiero. Debía haber tenido unos veinte años, el pelo le caía rubio y sin gracia por detrás de los hombros, los ojos severos jamás miraban de frente, y la boca, por lo que recuerdo, pasaba la mayor parte del tiempo inactiva. Parecía tener los músculos de la cara permanentemente contraídos, con ese terco mohín involuntario de las personas que caminan con demasiada energía, rápido, rápido, como si fuesen siempre atrasadas a alguna parte.

Aunque tenía el tipo que gusta universalmente a los hombres (rubia, delgada y pechugona), no era bonita, ni fea ni simpática ni graciosa ni nada. Y no me hubiese fijado en esa callada universitaria de no haber sido por un detalle, por algo que la transformó en una especie de leyenda de cuerpo presente: todos los santos días llegaba vestida exactamente de la misma forma. Una blusa y un pantalón blancos. Lo tenebroso es que estoy casi segura de que era siempre la misma blusa, muy liviana, de tela ordinaria, con el sujetador más o menos a la vista, y los mismos pantalones, normales, de estilo vaquero, con botas marrones o blancas. La vi mañana y tarde durante tres años, tres largos inviernos, tres veranos aún más largos, y ni una sola vez cambió de indumentaria, salvo el añadido de un suéter de tejido suelto, como de red, que se plantaba encima de la blusa los días fríos. También era blanco.

No me lo estoy inventando. Por esa época no tenía mucho que hacer y me pasaba gran parte del día en silencio, mirando. Tenía veintidós años y me había vuelto transparente. Estaba sola en un país que no era el mío, no conocía a nadie, no hablaba bien el idioma, era realmente tímida (sigo igual, pero ahora disimulo mejor) y todo me sorprendía porque había cruzado el Atlántico para eso, para sorprenderme. Si alguien no me dirigía la palabra yo tampoco lo hacía, y así podían pasar semanas sin apenas darles uso a las cuerdas vocales. Las salas de clase eran amplias, los estudiantes muchos, y el timbre oficial del país siempre ha sido varios decibeles más alto que en el mío, por lo que aun intentándolo mis intervenciones pasaban completamente inadvertidas. No importa cuánto ensayara mis impostados susurros: nadie me daba bola.

Quizás por eso me fijé en la niña blanca. La Facultad era inmensa y no estaba precisamente desprovista de excéntricos, tribus diversas y gente llevada de sus ideas. Pero para mí, otra silenciosa, el día de estudio no estaba completo si no divisaba en los pasillos a la misteriosa caminando rápido, rápido, siempre sola. Pensaba las peores cosas de ella. Pensaba, por ejemplo: ¿cómo olería? ¿Estaría realmente loca y nadie se había dado cuenta? ¿La encontraríamos una tarde cualquiera en los baños, muerta, muertísima, la ropa ensangrentada y una navaja Victorinox por toda explicación postrera?

Lo primero lo supe una vez que coincidimos en la cola de la cafetería. El fuerte olor acre que emanaba me produjo espanto, aunque no parecía afectar a mis compañeros. Luego me hice de algunos amigos, y aparte de confirmar que no tenían nariz, lo demás coincidía con mis sospechas: también a ellos un repulsivo y contradictorio halo de oscuridad los mantenía alejados de la niña de blanco. Aunque tampoco es que realmente les importara. Me contaron que al principio nadie osaba aventurarse en su enigma. Después se plantearon algunas teorías, más por diversión que por otra cosa. La más fácil: estaba loca. La más cinematográfica: había tenido un accidente gravísimo y había quedado con quemaduras y otras secuelas; el pelo rubio era en realidad una peluca. (Esta hipótesis era problemática porque no resolvía el asunto de la ropa.) La más social: era pobre, quizás de algún país del Este, y no tenía vestuario de recambio. La más feminista: no se cambiaba porque tenía un trauma relacionado con algún tipo de violencia sexual; el sudor seco acumulado tenía por función ahuyentar a cualquier ser vivo en varios metros a la redonda. Mi teoría: estaba loca, había tenido un accidente gravísimo, tenía evidentemente un trauma sexual, formaba parte de una secta obsesionada con la pureza, tenía una enfermedad relacionada con la pigmentación de la piel, su madre había muerto muy joven y era ella quien la vestía de blanco, etc., etc. (Ya dije que por esa época no tenía mucho que hacer.)

Ni siquiera cuando empezó a trabajar en la luminosa biblioteca de la Facultad, entregándonos los libros tras el mesón, pudimos confirmar las hipótesis que explicarían su conducta. En realidad fue peor, mucho peor. Alguno intentó y logró hablar con ella, pero lo que supimos fue como ignorarlo todo, y ése fue el verdadero golpe: no era pobre, no era muda y no llevaba peluca; no pertenecía a ninguna secta ni había tenido un accidente automovilístico casi mortal. Su conversación era perfectamente insípida: eso me contaron, yo nunca me atreví a dirigirle la palabra.

Por alguna razón se vestía siempre igual, pero no nos la iba a decir. Yo había dejado atrás el silencio, pero ella no. Nunca lo hizo; y la vi durante tres años, tres largos inviernos, tres veranos aún más largos.

No hay nada más inquietante que una historia sin explicación, sin final catártico, sin el reordenamiento del mundo que nos permite arrinconar el miedo a lo desconocido. Por eso el misterio de la joven de blanco tenía tanta fuerza: porque su turbia obstinación podía responder a la más banal de las razones. Lo único seguro era que no se nos permitiría averiguarlo.

Me he acordado muchas veces de esa joven catalana, y lo hice con verdadero estremecimiento cuando leí Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides, y varios relatos de Steven Millhauser (como “La hermandad de la noche”, contenido en El lanzador de cuchillos), y The Crucible, la obra de Arthur Miller sobre los juicios de Salem. En esas ficciones las adolescentes se nos pintan puras, ligeras, casi fluidas: blancas. Pero muestran la misma perseverancia en lo impenetrable, y es con la mayor delicadeza que desencadenan una tragedia.

Yo había ido a ese país a sorprenderme y, como dije, todo me sorprendía. Ahora, en cambio, lo veo todo más claro. Al fin y al cabo esa actitud misteriosa, esa determinación quizás trágica pero sobre todo inamovible solo resulta inexplicable para quien nunca ha sido una joven de veinte o veintidós años con una decisión tomada.

ACERCA DEL AUTOR


Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

Este contenido es solo para suscriptores

Si ya eres un suscriptor inicia sesión acá

Si aún no eres un suscriptor, te invitamos a ser parte del Malpensante

Suscribirme