Yo lo vi primero

¿Por qué nos cuesta tanto compartir nuestros fanatismos? ¿Qué pasa cuando nuestros ídolos se vuelven los ídolos de otro?

POR Andrea Palet

© Serge Kozak | Corbis

 

“–Odio a serrat, Sabina, Fito Páez, la Negra Sosa y un etcétera del que podemos hablar en la cena.
–Yo a Benedetti, Cortázar, Galeano, Greenpeace… Esa película, Hombre mirando al sudeste. Las Naciones Unidas completas, Saramago.
–Saramago sí, Saramago mucho, Saramago sí. Y García Márquez, su aspecto de polilla vieja.
–El Dalai Lama. Qué manera de no decir nada este hombre, y durante tantos años. Todos los Nobel de la Paz. Nadine Gordimer. Rosa Montero. Rosa Montero. ¡Rosa Montero...!
–Rosa Montero, claro. Elvira Lindo, los últimos libros de Paul Auster, Baricco, Jostein Gaarder.
–Bono, Paul McCartney, Sting. Y Friends. Y Sex and the City. Aaajj.
–Los Beatles en general, Paul McCartney en particular y Lennon muy especialmente.
–Toni Morrison, Arundhati Roy. Vargas Llosa, Vargas Llosa, Vargas Llosa.
–Adolfo Bioy: casi todo, menos El sueño de los héroes y La invención de Morel… y Alfonsina Storni.
–Rafael Alberti, viejo latoso.
–Noam Chomsky, ídem.
–Naomi Klein, qué pesada que es.
–Y el movimiento de fábricas recuperadas. Y Hunter S. Thompson (peccato).
–¿En serio? Sigamos: Carlos Fuentes. Frida Kahlo. Y Diego Rivera, obviamente.
–Emma Thompson.
–Ay, pobre. Milan Kundera.
–Emir Kusturica en los últimos tiempos.
–Almodóvar.
–Pero por supuesto. Cecilia Roth, Alberto Olmedo, Neruda, Octavio Paz, Barenboim, Jane Fonda. Jack Lemmon.
–Sebastião Salgado, el fotógrafo brasileño. Lady Di.
–En paquete con Elton John.
–Teresa de Calcuta.
–Ah, obvio; a esta sí que la desprecio cordialmente.
–Thelma y Louise…
–Ja, ja, ja, ¡Thelma y Louise!…”.

Este intercambio entre dos amigas que viven en países vecinos (a una la conozco desde que nació, aunque no la termino de entender; a la otra, desde hace unos años y la adoro, aunque tampoco la termino de entender) es real, electrónico, y más largo en odios todavía. Lo recordé a raíz del estreno en Chile de una película sobre Violeta Parra, la autora de “Gracias a la vida” y “Volver a los diecisiete”, una artista brillante –más, más: una genio absoluta, como su hermano Nicanor–, cantante, poeta, folclorista, pintora y más, más. Su legado genuino y popular es importantísimo pero, como suele suceder, hasta el estreno del filme de Andrés Wood la recordaban sobre todo músicos y grupos de izquierda, por ponerlo en corto y en burdo. La película ha sido un éxito de crítica y público y ahora pareciera que por fin, ¡por fin!, todos en Chile, los ricos en su simpleza y los pobres con orgullo, todos hablan de esta artista magnífica que se suicidó en 1967, entre otras cosas porque el proyecto en que estaba comprometida entonces, un centro cultural instalado en una carpa, fue un fracaso por falta de apoyo.

Es en estas instancias de reivindicación masiva o popularidad tardía que surge el fenómeno que me recordó el mail de los odios. La película no llevaba una semana de exhibición y ya habían saltado los irritados de siempre, nerviosos de que su Violeta estuviese en boca de quienes nunca se habían tomado la molestia de admirarla. Los descompone, por ejemplo, que cualquier advenedizo ahora la llame familiarmente “la Violeta”, así con la y sin apellido, como si solo pudieran permitirse este trato los parientes consanguíneos, los que tenían su foto en la pared durante la dictadura y los que se sabían todas sus canciones “desde siempre”.

Es la crispación del fan primigenio, y no es para nada exclusiva de los ex jóvenes en que nos hemos convertido los jóvenes de antaño. Pregunten a sus hijos de camiseta negra por esa banda de nu metal que los tenía locos hace dos años, cuando todavía no le había caído la fama como un mazazo y grababa en un sótano destartalado de alguna ciudad del Midwest. O véanlos cómo arriscan la nariz al mencionarles a Arcade Fire, los adorables canadienses que ganaron el Grammy 2010 al mejor álbum del año: ya no les gustan tanto, ven con horror cómo sus madres tararean “My Heart is an Apple”, o te desprecian con las cejas si no sabes que “Naive Melody” obviamente –obviamente– es un cover de un tema de David Byrne, que por cierto los Arcade tocaron en cbc Radio 3, el 10 de febrero de 2004, como cualquiera sabe.

Yo misma, al enterarme de que en Argentina unos músicos porteños habían formado los Campos Magnéticos, un grupo que imita y homenajea a The Magnetic Fields de Stephin Merritt, personaje que idolatro, lo primero que pensé fue: pero qué atrevimiento. Y lo segundo: deben ser pésimos. Pero no son nada pésimos, la verdad, y obviamente –obviamente– debería alegrarme de que la música de Merritt, rica, profunda, inteligente, libre, juguetona, superior, suene por estos pagos y que más gente pueda escucharla, y en castellano, porque es muy buena. Pero es que… yo lo vi primero.

Otra amiga, no la de los odios, preparando una nota periodística sobre la idea del escritor de culto, se preguntaba sobre esta ilusión de niño grande que acarrea comportamiento ídem: “¿Sucede, como con los rockeros, que cuando el escritor de culto se vuelve popular sus lectores de siempre lo abandonan porque ya es demasiado conocido?”. Sucede. ¿No lo hemos hecho tantas veces? Abandonamos a Vargas Llosa aunque un libro como La guerra del fin del mundo, leído a los diecisiete años, haya destruido, para bien, nuestro pequeño y mezquino mundo. No hablamos ya de Cortázar porque nos da vergüenza haber querido ser la Maga y recoger hebras de hilo rojo de la calle (pero nunca, nunca dejará de conmovernos Berthe Trépat). Torcemos el gesto cuando el tonto del curso ya está leyendo a Bolaño: habrá que ir a buscar por otro lado a la gran esperanza blanca, piensa el fan de la primera hora, íntimamente –incomprensiblemente– traicionado.

El tic o subcultura del yo lo vi primero es intolerante como una secta y, como vemos, actúa de dos modos que a veces se pliegan y colapsan sobre su propia tontería: a) yo lo vi primero y tú no tienes el mismo derecho que yo a sentirte tan cercano, así que con permiso, y b) yo lo vi primero pero ya me cansé, no era tan bueno, te lo cedo. Así, negamos tres veces a un pensador al que hasta ayer habríamos seguido al fin del mundo, solo porque el pobre pájaro salió con ropa de marca en la tapa de una revista comercial. O Frida Kahlo nos parecía una figura interesante hasta que Salma Hayek y las revistas de moda coparon las planas con su drama, sus blusas mexicanas y sus bigotes. El fan adelantado suele estar en contra de la masividad y la globalización, pero porque las entiende de un solo modo: no ve que finalmente también hay democracia ahí. Aquello de que la experiencia estética es siempre privada en último término, bueno, no es cierto en último término ni en el primero.

Y bien, he dado una vuelta larga para una idea muy simple pero siempre difícil de aceptar, que es ésta: si nuestros ídolos se vuelven los de todo el mundo, ¿cómo hacemos para seguir creyéndonos especiales?

ACERCA DEL AUTOR


Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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