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El Malpensante

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Rau

El abogado del diablo

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La culpa es, desde luego, nuestra. Hemos permitido que un ejército de curadores de documentas, comisarios de bienales, directores de departamentos universitarios y editores de revistas especializadas esterilicen la pintura a nuestros ojos con su insistencia en privilegiar las instalaciones, el video o el último grito conceptual, convirtiéndola apenas en un glorioso vestigio del pasado. La conspiración no es ni mucho menos privativa de Colombia, si bien entre nosotros la manipulación burocrática también ha transformado a las artes plásticas en territorio quilapayún. Los exasperados espectadores seguimos asistiendo a las exposiciones que nos proponen —quizá porque la esperanza es lo último que se pierde— pero, además de aburridos, salimos regañados de ellas y con tareas escolares pendientes.

Por fortuna, los fastidios tienen tregua, y por estos días es posible una en la soñolencia artística. Sucede que el Museo Nacional de Colombia y la sección cultural del Banco de la República trajeron a la Casa de Moneda de Bogotá una maravillosa colección de pintura, reunida para nosotros por un exótico filántropo alemán cuya historia personal es novelesca. Gustav Rau nació en 1922 en Stuttgart, ciudad industrial del suroeste de Alemania, y murió allí mismo unos días antes de cumplir los 80 años. Un hijo único que se mantuvo soltero toda la vida, por allá en los años sesenta Rau se halló en posesión de una gran fortuna, derivada de la venta de la fábrica de su padre, quien durante décadas fue proveedor de autopartes para la Mercedes-Benz. El futuro heredero quiso complacer al padre, y finalizada la Segunda Guerra Mundial estudió administración de negocios a despecho de sus dos vocaciones naturales, la medicina y el arte. Recibida la herencia, Gustav optó por dar dos virajes trascendentales en su vida: primero sería estudiante de medicina con la idea, a la postre realizada, de dar salida a su estro filantrópico en África, y de tarde en tarde se acercaría a las casas internacionales de subastas y a las galerías de arte a levantar la paleta o a girar un cheque voluminoso con el fin de adquirir obras de arte, sobre todo de pintura, provenientes de cualquiera de los seis siglos que lleva el turbulento esplendor de la pintura europea. A la hora de apasionarse por un cuadro, Rau se guiaba por el estómago, no por la razón, según sus propias palabras.

La primera vertiente de su nueva vida pronto lo vio graduado de ...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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