Tatuajes y amor

En varios momentos y lugares, las prostitutas han conservado en su piel las huellas de amores y desamores con sus clientes. ¿Qué se puede leer detrás de esas marcas?

POR Mauricio Rubio

Algunos tatuajes de prostitutas, hallados en los estudios de Le Blond y Lucas

 

Alexandre Lacassagne (1843-1924) fue un toxicólogo y médico legista francés. Promotor de la antropología criminal en la línea de Lombroso, se especializó en el estudio de los tatuajes, y dos de sus discípulos, Le Blond y Lucas, se interesaron por los de las prostitutas. Aunque común en ciertos grupos masculinos de la época –militares, marinos y criminales–, la práctica era excepcional entre mujeres. Se consideraba “un indicio nefasto sobre la moralidad del sujeto”. 

Luego de analizar los dibujos que calcaron directamente de la piel de unas treinta prostitutas, Le Blond y Lucas identificaron dos circunstancias que llevaban a esas mujeres a marcar sus cuerpos. La primera era cuando bajo la influencia de un individuo también tatuado y “jurando amor y fidelidad eterna” se dejaban grabar el nombre o las iniciales por el mismo amante. La segunda, menos frecuente, era al sucumbir ante la retórica y el álbum de muestras de un tatuador profesional en algún café.

 


F., antigua lavandera “desviada de sus funciones” a los 18 años, había inscrito en su brazo derecho “amo a mi pequeño hombre. Amada P. L. V.”, sobre dos espadas que indicaban que el elegido era un militar. P. L. V.(“pour la vie”) eran iniciales muy comunes. El mismo tatuaje sirvió para superponerle luego otro nombre. Posteriormente, F. tuvo que recurrir a su brazo izquierdo para el “amo a G. Martin”, también “para toda la vida”.

L., costurera y mujer pública desde los 19 años, tenía dos corazones en su brazo derecho, adornados con flores y palomas sosteniéndolos, bajo un “están unidos para toda la vida. Alphonse B”. Inscripciones similares se repetían, a veces con algún símbolo trágico como un puñal, para indicar que una separación sería terrible.

En su estudio sobre la prostitución en París, Alexandre Parent du Châtelet señala que algunas mujeres eran expertas en borrar tatuajes para poder escribir el nombre de su nuevo amante. “Pude constatar la existencia de quince cicatrices sobre los brazos, el cuello y el pecho de una joven que solo tenía 25 años”.

Las relaciones amorosas de prostitutas con sus clientes no son una peculiaridad de estas francesas que dejaron constancia en su piel. Han sido recurrentes en varios lugares y épocas. Los samuráis exigían de las tayus, mujeres entrenadas para ser amadas pero escondiendo sus sentimientos, pruebas de amor más contundentes que un tatuaje, como arrancarse una uña o incluso cortarse un dedo delante de ellos. A finales del siglo xvii hubo en el Japón una especie de epidemia de harakiris dobles de prostitutas con sus clientes. En los reglamentos de los burdeles ha sido común la prohibición de las relaciones sentimentales, indicio inequívoco de que se presentan. Patricia, travesti “preceptora de la ética de burdel” hace unas décadas en Barranquilla, les daba como consejo clave a sus pupilas, las “collas”, nunca “llorarle a un cliente en parranda” sobre sus desengaños amorosos en el oficio. En la misma Arenosa, en El Palo de Oro, el bolero que “las putas emocionadas cantaban en coro” y más le pedían a Celio González era “Total, si me hubieras querido”.

En una encuesta que hicimos en el Externado a 250 prostitutas de Bogotá en 2008, cerca de la mitad admitió haber tenido una relación estable (51%) o haberse enamorado de un cliente (48%). Entre las veteranas, la proproción alcanza casi tres de cada cuatro. Existe en el oficio un sistema de fidelización cuyo segundo nivel es el cliente especial, seguido del amigo, del novio, del amante y por fin del marido. “Después de hacer muchos servicios con el mismo tipo, es muy frecuente que surja una amistad”, precisa Bruna, escort carioca.

Sophie Day, en una detallada etnografía de prostitutas en Londres, encontró mujeres que hablaban de “una variedad de arreglos en los cuales el sexo ha sido fuente de placer, amor y largo alcance”. Una de ellas, Olivia, opinaba que con sus clientes regulares era más viable establecer una relación sólida que con quienes no sabían nada de su oficio. Pensaba que su “sugar daddy” era más marido que el hombre que había sido a intervalos su esposo, ex y coinquilino.
Es frecuente que con el marido se tengan hijos, y que esa sea una eventual salida de la actividad, tal vez la más buscada. Si la nueva vida no cuaja, se retorna al mercado para volver a intentarlo en un ciclo de ilusión, desencanto y reincidencia similar al de las francesas con sus tatuajes.

Incluso en un segmento empresarial de la actividad, como el de las prepago de lujo, se percibe el rastro de esa atávica inclinación. “Hay que meterle algo de sensibilidad, algo de corazón al rollo, porque si no, no tiene gracia y termina siendo eso: acostarse simplemente por plata... Quiero conocer a alguien con quien formalizar el cuento de la familia. Hacia eso voy en la vida”, confiesa Paula O., paisa instalada en Bogotá.

Nicole Castioni, jueza asesora del Tribunal Criminal de Ginebra y candidata este año en las elecciones a la Asamblea Nacional Francesa, cuenta en su libro Le soleil au bout de la nuit que antes de esa exitosa carrera vivió cinco años como Gisèle, ofreciendo su cuerpo en París. Pudo escaparse de la prostitución gracias a una hepatitis que la obligó a volver por varias semanas a la casa de sus padres en Suiza. Allí también se desenganchó de la cocaína que consumía desde joven. Al recuperarse y buscar trabajo, se dio cuenta de que ganaría en un mes lo que antes se hacía en un día. Estudió derecho y forjó a pulso una carrera. Varios años después de haberse retirado de los andenes, pudo comprobar lo tenaz que es la búsqueda de enamoramiento –o mínimo de una buena alianza– en el oficio. “Quise volver a Saint-Denis, saber de mis antiguas compañeras. Muchas de ellas seguían allí y vinieron a hablarme. Estaban convencidas de que me había casado con un hombre rico. Cuando supieron que era diputada y jueza asesora me dejaron de lado. Eso era traicionarlas mientras que la boda con un millonario no, la boda era el final feliz de un cuento”.

Si un romance puede ayudar a retirarse, al menos temporalmente, otro puede ser la puerta de entrada a la prostitución. Así le ocurrió a Nicole Castioni. Bastante joven se escapó de su casa –donde sufrió por varios años abusos de alguien cercano a la familia– para reunirse con Jean-Michel, de quien estaba profundamente enamorada. “Él me hacía regalos, me llevaba a hoteles de lujo, viajábamos en Ferrari”. La primera vez que su amor le pidió que se acostara con otro fue como un favor, para pagar una deuda. Nicole ya consumía cocaína. Luego, “alternando obsequios, golpes y droga, me hizo saber que yo iba a trabajar en Saint-Denis, que su madre tenía un apartamento allí y que iba a acostarme con los clientes en ese lugar”.

Es indispensable aceptar la posibilidad del enamoramiento para comprender no solo todas las vías de entrada o salida de la actividad, sino sobre todo otro capítulo: el de los misteriosísimos vínculos de algunas prostitutas con sus chulos. “Yo me prostituí por amor”, concluye Nicole. Agrega que “entonces la prostitución era un pequeño negocio pero hoy tiene mucho que ver con el tráfico de drogas y el de armas”.

Los tatuajes son una de las evidencias de ese cambio de vocación del negocio. Lejos están aquellos analizados por los discípulos de Lacassagne, en los que se repetían promesas de amor eterno. Hace unos meses la policía española desmanteló una red de rumanos que marcaban a las mujeres con un código de barras y el monto de la deuda contraída con la organización “como certificado de propiedad”. Esas son las nuevas marcas de la prostitución.

ACERCA DEL AUTOR


Mauricio Rubio

Columnista de El Malpensante y La Silla Vacía. Es investigador de la Universidad Externado de Colombia.

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