Pooh

Donde casi todos vemos un osito sonriente y cursi, un grupo de psiquiatras encuentra un animal microcefálico, obeso, hiperactivo y adicto a la miel. Los diagnósticos de Winnie Pooh y los demás habitantes del Bosque de los Cien Acres –escritos a manera de chiste pero asumidos muy en serio por la comunidad médica– hacen pensar que son otros quienes necesitan ayuda psiquiátrica.

POR Andrea Palet

Bocetos de Winnie Pooh, por E. H. Shepard

 

Una mudanza es estresante, eso está dicho. Al cansancio físico del embalaje y el traslado hay que sumar las decisiones sobre qué abandonar y qué llevarse consigo, más la visión incómoda, desasosegante, de la cantidad inmensa de cosas que uno puede llegar a acumular en cajones olvidados y rincones polvorientos. Entre los veinte y los cuarenta años me cambié muchas veces de casa, y además te lo dicen en las revistas: ya lo sabía. Pero no había pensado en algo que ahora tengo y antes no: hijos adolescentes que destierran de su dormitorio y de su vida los juguetes, los disfraces, los lápices de colores. Hay que deshacerse entonces de cerros de objetos que, al contrario de las tontas tazas cuadradas y los libros malos y los almanaques viejos, tienen adheridas gruesas capas de sentimentalismo del bueno, del mejor.

 

En esos momentos me encuentro: decidiendo qué conservar, a quién legar esos juegos desgastados y tan queridos, esas figuritas de acción en las que también los adultos proyectamos nuestras fantasías más puras. La muñeca favorita de la menor, la capa forrada de Harry Potter que costó una pequeña fortuna, el juego de magia y el juego de química que nunca abrieron, los mazos de Pokémon –un misterio que nunca pude descifrar–, autitos, motitos, camioncitos, y Winnie Pooh y sus amigos.

Pero no; llámenme ñoña, pero el oso Pooh se salvará de la quema.

En su momento no me fue fácil explicar por qué lo único que me traje de recuerdo del londinense Victoria & Albert Museum (un museo enorme, caótico y mundano, o sea un gusto) fueron unas simples y bellas reproducciones de los primeros bosquejos a grafito de los personajes de Winnie Pooh, realizados por el ilustrador británico E. H. Shepard en los años veinte. No sé, mis hijos eran muy nuevos por entonces, unas redondeces de ojos brillantes e infinita curiosidad, una cosa deliciosa, y como muchas madres –y muchos pero menos padres– me especialicé durante una temporada en todo tipo de fantasías animadas de ayer y de hoy, porque era lo que correspondía (y lo bien que lo pasaba). Recuerdo que, del inmenso repositorio de cultura y mercadotecnia infantil donde íbamos todos a abrevar, ese oso “con poquito cerebro” y sus amigos del Bosque de los Cien Acres me parecían de lo más rescatable, o al menos mil veces más digeribles y por cierto más elegantes que el mamón insoportable de Barney, el dinosaurio patoso de esponja, o la anoréxica caterva de Barbies con sus repelentes novios modelo surfista californiano.

La adoración por Winnie Pooh me duró un buen rato y no se limitó al coleccionismo de peluches, platos, películas, pelotas y cuanto adminículo inútil empezara con pe y llevara su impronta; no, fue peor: me dio por imitar el melancólico balanceo de Igor, o la vocecita de Piglet (“soy un animal muuuy pequeño”), por supuesto con la excusa de entretener a mis niños, los que en verdad nunca han necesitado que los entretengan, y menos un adulto infantilizado haciéndose pasar por un burro deprimido o un chancho flaco y victimizado.

Me parece que lo que me atraía de esos personajes y sus historias –aparte del trazo delicado, tierno, algo anticuado de las figuras– era que parecían verdaderamente tener personalidad, y preocupaciones, pequeñas pero preocupaciones, y que en el Bosque de los Cien Acres había rasgos reconocibles de nuestra histeria moderna. Por eso me hizo tantísima gracia, hace unos años ya, toparme con un artículo académico titulado “Pathology in the Hundred Acre Wood: A neurodevelopmental perspective on A. A. Milne” (CMAJ 2000; 163: 1557-1559), firmado por pediatras y neurólogos canadienses en perfecto dominio de sus facultades mentales, y publicado en una revista médica muy seria, la Canadian Medical Association Journal, fundada en 1911. Oh, las conclusiones eran devastadoras: según estas buenas gentes, el osito Pooh, microcefálico confeso, sufría de menoscabo cognitivo comórbido, lo que, sumado a su déficit de atención y trastorno hiperactivo, lo convertía en candidato a desarrollar el síndrome de Tourette. Además es obeso, y claramente un adicto (a la miel). Un comentarista del artículo especuló sobre una eventual infancia violenta que explicaría un síndrome del osito golpeado, o bien que todo podía ser a causa de un hipotiroidismo; en todo caso, no se recomendaba una terapia con estimulantes pero sí rehabilitación, quizás con metadona.

Conejo es un caso obvio de trastorno obsesivo compulsivo. Christopher Robin, al carecer de toda supervisión parental, podría en el futuro experimentar problemas de identidad de género, aventuraban los especialistas. En cuanto al impulsivo e hiperactivo Tigger, ese patrón recurrente de conductas de riesgo hacía sospechar un daño de la corteza cerebral, específicamente en los lóbulos frontales. Búho, un narcisista redomado, tiene una mente brillante pero opacada por la dislalia. O quizá solo es un Asperger demasiado lejos de Silicon Valley.

Piglet sufre un trastorno de ansiedad generalizado, eso está más que claro, y los especialistas, junto con recomendar paroxetina para sus crisis de pánico, advertían del peligro para su frágil autoestima que implica la cercanía de Igor, ese animal triste y azul. O distímico, en palabras de estos médicos, que no detallan si la anhedonia o incapacidad de experimentar placer del burro se debe a una depresión endógena o a cierto trauma infantil relacionado posiblemente con su cola.

El artículo era una parodia, por supuesto, género de escasísimo éxito entre la grey académica, que suele aquilatar la jerga más obtusa como una medida de su propia importancia, en los mejores casos, y como enmascaramiento de su mediocridad, en los peores. Por eso estaba bueno que el texto tuviera comentarios de pares lamentando que se hubiese dejado fuera a Cangu y a Rito, cuando era muy probable que, como madre soltera y sobreprotectora, Cangu fuera un caso de síndrome de Münchausen por poder.

Con este diagnóstico de fantasía los autores querían hacer pensar un momento a sus colegas sobre los absurdos de la medicalización excesiva de la experiencia humana, asunto que se desvía por completo de mi mudanza pero que me gustaría que recordaran cuando se publique, muy pronto, el DSM-5. Dicen que en la nueva versión de la biblia de los trastornos mentales hasta mi natural nostalgia por el paso de la vida será una enfermedad. Vaya gente con poquito cerebro, Pooh.

ACERCA DEL AUTOR


Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel