Me acuerdo

En un ejercicio nostálgico de la memoria, la autora vuelve sobre sus más diversos y valorados recuerdos de un pasado que comienza a alejarse. 

POR Andrea Palet

Antigua caja en estaño de Heno de Pravia


Me acuerdo de cosas que parecen más viejas de lo que eran. Creo que es culpa de Instagram. O quizás es que todo lo importante pasó hace mucho. Me acuerdo de acompañar a mi madre a comprar telas. Sabía coser y nos hacía faldas, blusas; nos vestía iguales a mi hermana y a mí. También se usaba regalar “un corte de género”. Ahora ya no venden telas sino la ropa ya hecha, lo que no me importa mucho en verdad, salvo por el sonido de la tela cuando el vendedor –circunspecto, de traje– medía los dos o tres altos con un metro de madera, marcaba con tiza donde tenía que cortar, hacía un pequeño corte con la tijera y luego sssssssshhhh, rasgaba la tela con las manos y el corte quedaba derechito.

Extraño ese sonido.

 

Me acuerdo de la hiena Tristón y su “¡Ay, Leoncio, cómo quisiera estar en mi granja de Massachusetts!”. No fui una niña triste, para nada, pero me quedé con el retraimiento de la hiena y no con Leoncio, ese emprendedor avant la lettre. Y bueno, yo también creía que Hanna Barbera era una señora alemana que trabajaba en los dibujos animados.

Me acuerdo de lo que en mi cabeza es la literatura del hambre: la picaresca española, las historias de la posguerra europea, los campos de concentración, la Irlanda de las hambrunas. Y solo veo repollos y berros y “mondas de patata” (en las extrañas traducciones españoladas). Qué bueno que ahora se puede decir cáscara de papa.

Me acuerdo de comidas que ya no están de moda. El pollo a la indiana. El pie de tocino. La torta de galletas. Y de pensar, cada vez que tengo que volar y ya estoy en la cabina, ¿qué hacen las aerolíneas con la comida que sobra de los aviones?

Uno de mis primeros cortometrajes mentales es sobre el avión Canso que si había incendios forestales iba a sacar agua de la laguna mientras los niños nos bañábamos: obviamente, salíamos disparados hacia la orilla. Me parecía una historia matadora, pero después supe que hay una leyenda urbana sobre un buzo con escafandra que aparece en un bosque quemado. Perdí originalidad.

Me acuerdo de la letra de “Far from me”, de Nick Cave. Y de los dibujos de Doré para La balada del viejo marinero. Y del momento –glorioso– en que mi hijo metalero me dijo que conocía el poema, por un disco de Iron Maiden.

Me acuerdo de creer que Un paso adelante, dos pasos atrás de Lenin era una máxima, un lema, y de hallarla por supuesto incomprensible (¿así cuándo íbamos a llegar?).

Me acuerdo de mi primer trabajo remunerado, recepcionista en una oficina del centro de Santiago. Mi jefe era el padre de una amiga, un político importante que no podía trabajar de político porque estábamos en dictadura, entonces tenía negocios. Nunca entendí cuál era el giro de esa oficina, pero no porque hubiese nada extraño sino porque tenía veintiún años y era una ignorante. Se llamaba Comercial Avellaneda. Mi novio llamaba a la oficina y preguntaba: “¿Estará la señorita Avellaneda?”. En ese entonces se leía La tregua y a uno le gustaba.

Me acuerdo de mis padres contando cosas de sus tiempos universitarios. Se les sonríe la cara cuando lo hacen. Mi madre dice que en las asambleas de los años sesenta bastaba que alguien gritara “¡Juicio de valor!” para invalidar un argumento. Y que era obvio para todo el mundo que la policía jamás pisaría la Universidad, porque no se podía.

Después se pudo. Me acuerdo de pasar cinco días en una comisaría con otras universitarias, por una toma. No conocía a casi nadie, pero no fue terrible. Nos creíamos tan valientes, y no nos pegaron, una vez cantamos el himno nacional, yo entré con una radio en el bolsillo, todo muy de documental. Como habíamos entrado a la toma cuoteadas por partido, a cada una la iban a ver los dirigentes respectivos; a mí, que no militaba en ninguno, me iban a ver de dos, así que junté el doble de cigarrillos. Mi novio, con el que vivía, no se apareció. Mis viejos sí. Cuando salimos, en vez de irme con ellos, que habían hecho guardia afuera de la comisaría, de pie, todos los días, me fui donde el Avellanedo. Qué tonta es una cuando joven.

Me acuerdo del agente 13 de Superagente 86, siempre escondido dentro de un mueble. Me acuerdo del terror que me produjo Baba Yaga, la niña bruja del cuento ruso. Tengo encajados en algún terminal interno sus dientes de oscuro metal: qué miedo me da lo ruso.

Me acuerdo del pollito Calimero; es igual a Patricio Pron.

Me acuerdo de Heno de Pravia, y de mi abuela leyendo el diario del domingo con guantes. Mi abuela vivía en un hotel, siempre en la habitación número 1. Se hacía traer de España la monárquica revista Hola y al mismo tiempo estaba muy orgullosa de su catalanidad. En todos sus armarios había dulces. Tenía obsesión por la limpieza y era del tipo se-viene-al-mundo-para-sufrir, pero me cuidó cuando estuve muy enferma y no podía comer sal, y me enseñó a hacer las bastas de los pantalones.

Me acuerdo de ver llorar a mi madre. Me acuerdo de ver llorar a mi padre.

Me acuerdo de los lagos de África en este orden: Victoria, Tanganika, Niassa y Chad. No puedo haber tenido más de doce años y me los aprendí así porque un personaje de un libro se los aprendía así: Victoria, Tanganika, Niassa y Chad. Creo que era uno de Puck, “cabecita loca pero gran corazón”: esa me gustaba.

Me acuerdo siempre de tres versos: “Un día feliz con pan de sobra” (Brodsky), “Nieve es una extraña palabra blanca” (Rosenberg) y “Morir, eso no se le hace a un gato” (Szymborska). Me acuerdo de una frase de un cuento de Lorrie Moore: una mujer piensa que tener un amante, o mejor, ser una amante, “es como sacar un libro de la biblioteca. Es como tener constantemente un libro de la biblioteca”.

Me acuerdo de llamar muy temprano a otro país, despertar a un hombre y proponerle matrimonio. Qué osadas somos las tímidas. Me dijo que sí.

Me acuerdo del día en que mi taxista amigo me preguntó “¿Y usted cree que se va a acabar el mundo? Porque usted se dedica a la ufología, ¿no?”. Me acuerdo de lo raros que me parecían, en El mundo al instante, esos gringos que construyen búnkers en el patio y guardan agua en lata, linternas y barritas de cereal: si sobreviene la hecatombe, ¿para qué quedarse a ver?

Me acuerdo del día en que mi hija cumplió seis años y dijo: “Oh, voy a extrañar mis cinco años”. Yo sé que pensé esto: no hay derecho, no tengo derecho a vivir este momento tan increíble en la historia de la Humanidad. Años después ella, que se llama Sol, inventó un país, Solcovaquia, donde hay una laguna Palet (pero no incendios forestales) y una tienda de recuerdos donde solo hay cajas vacías. No tengo derecho.

Tengo muchos recuerdos que me gustaría que alguien contara por mí. Son buenas historias: hay ridículo y hay drama. Pero nadie va a hacerlo, porque son cosas que nunca he dicho. Y los voy a perder. No sé cuándo, pero los voy a perder. Porque así son los recuerdos, se mandan solos.

ACERCA DEL AUTOR


Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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