Ese espinoso o espinudo tema

Días antes de que la Academia Sueca anunciara el nombre de la ganadora del Premio Nobel de Literatura, la autora de este texto exploraba el clima mental generado por las cábalas.

POR Andrea Palet

    

" Todos los días son vísperas de algo".

                                                                           Jorge Díaz

 

Escribo dos días antes de que anuncien el Nobel de Literatura de este año, y como ningún informático anarco-confundido se molestaría en hacer un wikileaks de estas cosas, no tengo por supuesto la menor idea de quién ganó la carrera. Siento sí el minivértigo de escribir no sobre sino desde el pasado, y de saber que todo lo que estoy a punto de decir, además de ser un poco tonto, puede estar ya desmentido u obsoleto: imagínense que se lo hubiesen dado a alguien como Lydia Davis. O a Hebe Uhart. O a Rubem Fonseca (ah, qué emoción si se lo dieron a Rubem Fonseca). O que no hubiesen escogido a Haruki Murakami, qué felicidad. O que hubiese ocurrido algo radicalmente inesperado, un cisne negro, algo que compitiese en los recuentos de fin de año con la renuncia del papa alemán: una equivocación épica, la filtración de una pelea a golpes en la Svenska Akademien (qué aburrido), o mejor un cambio secreto y retrospectivo de las reglas para dárselo al guionista de Breaking Bad, o a Foster Wallace.

Esta mañana puse en Twitter, solidarizando sobre todo con los fans de Philip Roth, que todos los años lloran por estas fechas: “Esta es la semana en que nos enojamos por el Nobel de Literatura”. Después puse: “Yo ya estoy enojada, preventivamente”. No era cierto, claro, en el fondo qué me importa a quién le den un premio allá lejos, y por algo que es imposible de medir. Si fuese periodista de cultura en algún diario (¿quedan?) sí me tendría que importar, qué diablos, incluso podría suponerme un par de noches en vela leyendo a toda velocidad, o tratando de descifrar reseñas en cirílico de la inencontrable novela de ese escritor kazajo que nadie sabía que existía. Si fuese editora o más bien gerente comercial de una casa editorial que publique traducciones de gente nacida y criada el siglo pasado también podría haber estado como loro en el alambre, esperando la suerte improbable de un milagro sobre la cuenta de resultados. Como no somos ninguna de las dos cosas, lo que hay cada año es un revuelo menor, brevísimo y situado, una oportunidad para sacar a pasear tus gustos literarios, para poner carita de desdén o para, los incombustibles, intentar todavía sorprender a los despistados con la inmortal paradoja de que el inventor de la dinamita haya sido quien, etcétera.

Participamos, por juego, en las apuestas informales y hablamos de “mi candidato al Nobel”, pero cuando nos piden una opinión ya más en serio sobre el asunto es cuando caemos en el shock anafiláctico, porque junto con el enésimo apronte hípico para esta exhibición anual de lugares comunes, egos puertas adentro y día feliz en las librerías viene la pregunta de pata pesada, aquella que trata de abordar en general el tema de los premios literarios. (Aquí como que le venía poner “espinoso”, o incluso “espinudo”, lo he leído mil veces: el espinudo tema de los premios literarios. La guerra contra el cliché no siempre se gana, pero se ha de perseverar en el apostolado.) Y es complicado porque las distinciones a artistas ya están tan naturalizadas como el marcapáginas o el gesto de arrodillarse para rezar. Pero hay que recordar que no son tan obvias como las deportivas o las matemáticas, donde el primero que llega a la meta o resuelve el condenado teorema de Fermat se lleva la copa y ya. Las obras literarias, el arte, no tienen meta, y no deberían relacionarse con ninguna idea de progreso; acerca de su calidad y belleza nunca nos vamos a poner realmente de acuerdo, y qué tanto, hay cosas mejores en las que ocupar el tiempo.

Los premios literarios tienen un propósito en el ordenamiento del mundo, sí, y es ser una señal de tráfico, una flecha que te muestra el camino que algunos legitimados han decidido por ti: este es mejor que los demás, síguelo (cómpralo), coronémoslo. En lo más básico, es una de las estrategias que nos hemos inventado para combatir la ansiedad que nos produce el que haya demasiado de todo y a cada momento tengamos que escoger. La idea, la lógica de los premios –vista desde el lado nuestro, no desde el ungido– es ser una guía, una garantía, un descanso en la tarea de elegir en un cardumen la mejor pieza. No digo que el resultado de esta estrategia no sea a menudo una ilusión; digo que aquella es su función. Más que bueno o malo, es ya inevitable en una cultura que lo personaliza todo, que necesita caras, historias de vida –pero pocas: no podría haber un premio para los mil mejores escritores, por ejemplo–, y por lo demás hay muchos lectores ocasionales y gente buena que espera este momento para conocer a un nuevo autor, o para decidirse por fin a leer un libro este año. ¿Qué es lo que nos irrita entonces del ritual? ¿Y por qué tiritamos de desprecio al imaginar a una animadora de televisión en lentejuelas que abriera un sobre con música de suspenso, hiciera una pausa y luego, tras abrir el sobre con la bromita de rigor, anunciara frente a los tuxedos del público en el estudio: “¡Y el poeta del año es…!”?

Qué feo citarse, pero algo dije ya sobre esto último (en “Yo lo vi primero”): cuando el tonto del curso ya está leyendo a Bolaño, habrá que ir a buscar por otro lado a la gran esperanza blanca, piensa el fan de la primera hora, íntimamente –incomprensiblemente– traicionado. Agrego que, quizás más que las cegueras del pasado y las consideraciones geopolíticas de la Academia Sueca, que ya son casi leyenda urbana, tal vez sea el rudo encuadre de la carrera de apuestas lo que hiere más susceptibilidades: a los escritores más quitados de bulla, o más soterradamente egocéntricos, y sus seguidores les deben rechinar los dientes al ver en las listas de favoritos de la casa Ladbrokes su nombre junto a colegas regiamente avenidos con los modos del mall y la corte; entonces es cuando salta al ruedo el ya clásico “¡Pero qué vulgaridad! ¡Esto no es una carrera de caballos!”. Con lo lindas que son las carreras de caballos.

Ni tanto ni tan poco: eso quería decir, y perdón si lo dije largo. El Nobel y otros premios literarios básicamente honestos (los arreglados no caben aquí: son un crimen y así hay que tratarlos) sirven a varias industrias, entre ellas la de la costumbre, y son una tradición inocua siempre que no se asocien con una idea pura de justicia. Los lectores frecuentes y aquellos que viven en o de la alta cultura podemos continuar con nuestras vidas y ego sin mayores trastornos, y los que piden alguna guía agradecerán esta cuyas instrucciones de uso son muy fáciles de aprender. La convergencia, teóricamente, no es imposible. Mientras tanto, después de todo este esfuerzo por empatizar con el gusto ajeno, y siguiendo mi costumbre de desautorizar todo lo que acabo de decir, confieso que me reí a gritos con este tuit de un tal @Tulipano:

“–Murakami merece el Nobel. –Señora, ya deme mi crema de Avon”.

ACERCA DEL AUTOR


Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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