Brain Candy

Varios espacios digitales han entrado en el juego de hacer grandes preguntas a grandes personajes. Este ejercicio ha permitido asomarse al talante de científicos, artistas, empresarios y líderes políticos de estos tiempos. Sus respuestas oscilan entre la genialidad, las perogrulladas y la tontería.

POR Andrea Palet

 

 

A veces las ideas tardan un poco en hacer su trabajo. Hace ya 52 años que la famosa conferencia de C. P. Snow en Cambridge sembró la semilla de la “tercera cultura”, un ideal de convergencia que busca unir lo que la especialización ha separado, que sufre por la incomunicación entre las ciencias y las humanidades porque esa grieta perjudica el pensamiento, la educación y la formulación de políticas eficientes y justas para todos.

 

En la academia, en general (repito: en general), este llamado a tender puentes entre las “dos culturas”, y entre ellas y la vida pública, se lo pasan por el interglúteo pues lo que prima es el guirigay de los expertos que se hablan entre ellos. Arropados por la seguridad de sus algoritmos y sus revistas ISI, muchos desprecian el mundo más allá de sus laboratorios y ocultan sus nulas destrezas comunicativas y de priorización oponiéndose a participar del debate social por temor de que se trivialice su trabajo, o derechamente porque no les interesan los legos, estos pobres humanos a medio cocer que vagamos por el ancho mundo asidos de unos precarios hilvanes de conocimiento, presas fáciles por eso mismo de las más bajas pasiones e ilusiones, no como ellos. Como si no medraran los veleidosos, los torvos, codiciosos y banales en la composición del star system científico universal. “Los científicos subliman sus pasiones en su empeño por desentrañar los secretos del mundo natural”, decía por ejemplo la gran bióloga Lynn Margulis en Peces luminosos, una crónica aburrida y presuntuosa donde sin querer ella demuestra precisamente lo contrario.

Pero, bueno, a lo que iba: la comunidad de pensadores orientados a la tercera cultura corre entonces mayormente por fuera de los campus, y sabemos de ella por asuntos como las conferencias TED y el proyecto Edge. Este último hace anualmente una pregunta desafiante a un centenar de “mentes brillantes” y publica sus respuestas en edge.org y en una colección de la que me hice adicta el año en que la pregunta fue “¿Cuál es su idea peligrosa? Una que le haya estado dando vueltas (no necesariamente suya), y que sea peligrosa no porque se crea que es falsa, sino precisamente porque podría ser verdadera”1. Contestaban físicos, psicólogos, astrónomos, matemáticos, antropólogos, artistas, filósofos, neurobiólogos. Contestaba gente como Helen Fisher, Jared Diamond, Brian Eno, Daniel Dennett, George Dyson, Matt Ridley, Steven Pinker y Richard Dawkins. Contestaban sobre ciencia y religión, sobre ecología y sociedad, sobre estar solos o acompañados en el Universo, sobre la inexistencia o inmortalidad del alma. Y proponían ideas importantes, mareadoras, difíciles de tragar porque fuerzan a pensar más allá de las cómodas certezas de la vida diaria, y porque todavía no hay pruebas suficientes para hacerlas incontrastables. ¿Como qué? Por ejemplo, que los pueblos originarios pueden ser muy perniciosos para el entorno natural. Que no se ha demostrado ninguna influencia parental en la formación del carácter de los hijos. Que nuestro planeta no está en peligro (nosotros sí). Que el Estado se evaporará. Que ciertas drogas pueden estar cambiando los patrones del amor humano. Que los judíos askenazíes sí son más inteligentes que los gentiles. Que el alma no existe; el mal sí, y está en nuestras mentes por adaptación evolutiva. Que el heroísmo es banal en último término (esto me dio un poco de pena). Que dicen los cientistas cognitivos que la ciencia nunca silenciará el poder de la fe (mis padres estarán felices).

El libro que estoy leyendo este año intenta responder una pregunta que, a diferencia de las anteriores, ya adquirió el soporífero estatus de lugar común cuando aún falta muchísimo para darla por zanjada, y en ese sentido es también peligrosa: “¿Está internet cambiando su forma de pensar?”. Esta vez, los mismos de arriba más tipos como Kevin Kelly, Ai Weiwei, Chris Anderson, Jaron Lanier y el pesado de Nassim Taleb hablan del impacto de la red en nuestras mentes y, por implicación, en la conformación de un futuro del que no sabemos muy bien a qué hora va a llegar. Ya se imaginarán el tenor de muchas contestaciones: ay, sí, qué terrible esto de los bárbaros. O al contrario: somos tan felices aquí con los cables que nos salen hasta por las orejas.

Entre los primeros se cuentan no pocos científicos “duros”: preocupados de su propia posteridad, su temor asume la forma de alertas sobre la deriva de la información “segura”, ahora que los intrusos del open access amenazan la comodidad del prestigio ganado en un sistema que nunca ha sido perfecto, pero que lo parecía. Perder el control puede llegar a ser desesperante –que lo diga cierto Nobel de Literatura reciente–, y no saber si se está en el principio o en el medio de una revolución tampoco ayuda.

June Cohen, productora de las conferencias TED, es de los optimistas y dice algo que no sé si me convence pero es hermoso: que la profusión de contenidos en la red es la corrección de una anomalía histórica, más bien el cierre de un paréntesis que lo contrario, pues los medios que hoy llamamos tradicionales –impresos, radio, televisión– son en realidad muy recientes en la historia humana y antes de ellos todo era social media: las charlas junto al fuego, los bardos en plazas y mercados, los mitos y los rumores, todo se compartía de un modo bastante horizontal, o radial. Durante dos siglos dejamos en manos de profesionales la difusión de contenidos que los demás consumíamos pasivamente; ahora solo hemos vuelto a ejercer un talento que nos es natural como especie: el de narrar. Y eso incluye las conversaciones, subir las fotos del nene, el arracimarse en torno de gustos compartidos; en síntesis, el rey león y el ciclo de la vida, solo que online.

De todos modos, en las respuestas más interesantes (ninguna de los artistas, que en general dicen estupideces) late la duda, esa que reconoce que una expansión de grandes dimensiones en la vida social trae nuevas oportunidades de cooperación y altruismo, pero también nuevas presiones cognitivas, y que por ahora es imposible distinguir si los cambios aparentes que experimentamos (la adicción a la distracción, el pensamiento en staccato, la impaciencia ante la lentitud) son espejismos o síntomas, ajustes de prueba o adaptaciones que modificarán pero que muy en serio a la especie conocida hasta ahora como Homo sapiens. Qué vértigo, caramba.

Al final, la sensación, no del todo desagradable, que deja la lectura de estas tentativas de respuesta a una pregunta bien planteada es que no tenemos la menor idea de lo que ocurrirá en un futuro cercano. Pero, en fin, qué es la incertidumbre sino la expresión más palpable de la tierna, inconmensurable y magnífica aventura humana

ACERCA DEL AUTOR


Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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