El camaleón de la radio

Jorge Antonio Vega hace parte de una generación de locutores cuyo cuidado de la dicción era apenas comparable con el respeto por su responsabilidad ante los micrófonos. Miembro de una especie casi extinta –reemplazada por el escándalo, la chabacanería y la payola–, Vega da vida a sus recuerdos de aquellos años dorados de la radio colombiana.

POR María Alexandra Cabrera

Jorge Antonio Vega, fotografiado en su oficina del abrrio Rionegro en Bogotá. 2014 • © Lina Botero

 

Es el primero en llegar. Lleva un pantalón y un buzo gris. Gafas cuadradas en la cara. Reloj plateado en la muñeca. El salón tiene veinte pupitres de madera, un micrófono de los años ochenta y una pequeña mesa sobre la que hay un diccionario Larousse de 2009. Se pasea por un diminuto corredor que divide los pupitres mientras espera a catorce estudiantes, entre los que se encuentran un médico, un ama de casa, un comerciante y dos periodistas. Durante las próximas horas deberá enseñarles los secretos de un buen locutor, pero hoy está preocupado. Su voz, ese flujo hondo y cálido que lo hizo famoso en los años cincuenta, no está en su mejor momento. A los ochenta años tiene la nariz algo tapada, la garganta resentida y los ojos sensibles. Mira el reloj. Son las 6:15 de la tarde. La clase debe comenzar.

 

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En una calle del barrio Rionegro, que huele a pan fresco y pollo asado, se encuentra la sede de Jorge Antonio Vega, Impresos y Publicidad. En el tercer piso de la casa de ladrillos está lo poco que queda de la empresa: una recepción con un pesado escritorio que nadie ocupa y la oficina de Vega, un espacio largo de paredes de madera con otro enorme escritorio, una mesa repleta de libros y un armario con dos máquinas de escribir: una Olivetti eléctrica y una Panasonic.

En las paredes se exhiben decenas de fotografías protegidas con delgados marcos negros. Parte de la vida profesional de Jorge Antonio Vega podría resumirse en esas imágenes en las que él siempre aparece erguido, con saco, corbata y gafas cuadradas. Está el registro de su paso por la emisora La Voz de Colombia, de su relación con artistas como Celia Cruz, Nelson Pinedo, Pedro Infante, Carlos Julio Ramírez y la soprano Alba del Castillo. De su amistad con Hebert Castro, Álvaro Ruiz, Héctor Ulloa, Lucho Bermúdez, Pacheco y Pastor Londoño. En una fotografía está junto a Carlos Lozano y José Alarcón Leal en La Hora Philips, uno de los programas radiales con más éxito en los años sesenta. También está el registro de los diez años que trabajó junto a Juan Gossaín en la básica de RCN –en la foto sale al lado del ex presidente César Gaviria y el empresario Carlos Ardila Lulle–, y de su paso por la televisión en programas como Variedades de las 11:00, que se emitió en 1960, y Noticias UNO, donde trabajó ocho años. Las imágenes demuestran que Vega fue un camaleón de la radio y la televisión, un periodista multiusos. Fue libretista, locutor de noticias, presentador de programas de variedades y noticieros, lector de cuñas, maestro de ceremonias y comentarista deportivo. Todo lo hizo bien.

“Esto fue en 1953, cuando Rojas Pinilla asumió el poder. Yo estoy aquí transmitiendo en la gran parada militar del 20 de julio. Aquí está Leo Matiz”. Toma la foto y señala a un muchacho delgado con una cámara fotográfica que le cuelga del cuello. “Esto fue en 1952, en el Sorteo Extraordinario de Navidad. Fue la primera vez que se jugó el premio mayor de un millón de pesos. ¿Te imaginas?”. En la imagen aparece sonriente al lado de cuatro enormes ruletas. La única foto a color es un registro del grado honorífico que le otorgó el Colegio Camilo Torres en 2002.

En una repisa tiene parte de sus trofeos: Premio India Catalina a Mejor Presentador de Noticias, Premio de la Asociación Colombiana de Locutores como Mejor Locutor de Radio en 2002, Mejor Locutor de Radio y Televisión, Premios Gamma 1987. “Tengo más, es que hay que repartir la petulancia entre la oficina y la casa”. Sonríe con picardía, toma un trapo rojo y lo pasa por la base de los trofeos. El movimiento es rápido y preciso.

 

A inicios de los años cincuenta, cuando se unió al equipo del radioperiódico El País • © Reproducción de Lina Botero

 

>Primera lección

Los diez estudiantes que llegaron a clase permanecen en silencio. “La base de una buena lectura es el respeto a la puntuación”, advierte mientras reparte una fotocopia de una columna publicada por Óscar Collazos en febrero de 2005 en El Tiempo. Antes de que pueda continuar lo interrumpe una estudiante –18 años, pelo amarillo, uñas negras–. “¿Cómo sé cuánto tiempo tengo que esperar en una coma y en un punto seguido?”, le pregunta. “Cuando encuentre punto y coma cuente dos segundos. Para punto seguido cuente tres y para punto aparte cuatro. Así nos enseñaban antes, cuando había que tener licencia para ser locutor. Como ya no existe, por eso se oyen esas vulgaridades en la radio. Hay que pulir el estilo, tratar de decir las cosas con más sabrosura”.

 

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Jorge Antonio Vega nació en Bogotá el 17 de mayo de 1933. Fue el segundo de los tres hijos que concibió Paulina Baquero. Los otros dos son Carlos, quien también fue locutor, y Pedro, quien murió a los 14 años. Su padre, Carlos Vega, nació en Sogamoso y tuvo un almacén de calzado en la calle sexta con séptima, que destruyeron los manifestantes el día en que llegó el cadáver del presidente Olaya Herrera a la capital. “Mi padre era un campesino, pero un hombre de gran voluntad y tremendo lector. Me ponía a leer El Tiempo todos los días y me decía: ‘Interprete, así leen los que no saben’. De niño leí para él El último de los mohicanos, y tenía que interpretar los personajes”.

A los doce años huyó de su casa para alejarse de la rigidez de su padre. Encontró trabajo como mandadero en la imprenta de Carlos Cabrera Lozano, encargado de la página deportiva de El Tiempo y El Liberal, y durante tres años subsistió en diferentes inquilinatos del centro. En 1947, el deseo de retomar el estudio lo motivó a regresar donde su familia. Indago si sus padres fueron a buscarlo, pero la pregunta le genera una seriedad repentina. “Lo importante aquí no es mi vida privada sino mi vida profesional. Esto no tiene por qué interesarle a la gente”, dice mientras zarandea el cuerpo en la silla. 

En 1948, con quince años, ingresó al Colegio Camilo Torres. Allá descubrió su primera pasión: el canto. “El barítono Luis Carlos García Gómez fue mi profesor de música. Escribió esto”, levanta un libro y sacude el polvo con el trapo rojo que permanece en la mano. Sobre el amarillo mortecino de la cubierta se distingue el título: Ciencia y técnica del dominio de la voz.

Con la espalda erguida y la cabeza en alto comienza a entonar: braaaaa, breeee, briiii; blaaa, bleee, bliii. Los labios se mueven de adentro hacia fuera. Se agitan de abajo a arriba con exactitud, como si estuvieran expulsando frágiles pompas de jabón.

 

>Segunda lección

Entrega otra fotocopia: “Futuro”, un poema de Porfirio Barba Jacob. “Vamos a leer con corazón. Esto es poniéndole corazón y garra”. Para demostrarlo, es el primero en hacerlo. Recita con dulzura mientras el brazo derecho se mueve al compás de la lectura. Con la voz diáfana, honda y gentil hace hincapié en la última frase: “Era una llama al viento y el viento la apagó”.

Ahora es el turno de los estudiantes, cada uno debe pasar al frente y leer. Para la mayoría no es una prueba fácil. “Bájenle a la velocidad –les dice–. Van a cien por hora. Vamos a cincuenta, saboreando las palabras”.

Vega motiva, corrige, repite oraciones, verifica entonación y dicción. El ejercicio finaliza y con él la primera etapa de la clase. Luego llega el momento de calentar las cuerdas vocales. Como si estuvieran en una clase de yoga, los estudiantes yerguen la espalda, inflan la barriga y entonan junto a su maestro un largo y vibrante Om.

 

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Descubrió la locución en el colegio. Mientras sus amigos charlaban o jugaban fútbol, él dedicaba los recreos a trabajar en el servicio de perifonía de la institución, donde leía datos de cultura y transmitía los anuncios del rector. Siguiendo el consejo de un profesor y marcado por las palabras de su padre, que le auguraban en la música un destino de chicha y tiple, se presentó al Ministerio de Correos y Telégrafos para pedir una licencia de locución. Allí realizó las pruebas de pronunciación de nombres extranjeros, cultura general, música clásica, gramática, vocalización e improvisación que se les exigían a los locutores de ese tiempo. Su primera licencia, firmada por el entonces ministro Gustavo Rojas Pinilla, le permitió conseguir trabajo como comentarista musical en Radio Cristóbal Colón, con sede en una casa vecina a la Iglesia de las Nieves.

A inicios de los años cincuenta se unió al equipo del Radioperiódico El País, uno de los más prestigiosos de la época. Conseguir el puesto al lado de dos grandes figuras del momento, “Pertinaz” y Humberto Bernal Tirado, tal vez fue un golpe de suerte. Vega relata la anécdota con emoción. “Un día falló Jaime Pardo Parra, el locutor de noticias de Radio Cristóbal Colón, y ahí mismo fui donde el gerente. ‘Yo leo el noticiero’, le dije. ‘No, si usted solo tiene licencia para comentar música’. Eso era grave porque en el Ministerio de Telecomunicaciones chequeaban todo, había oficina de censura. Finalmente lo convencí y cuando terminó la emisión sonó el teléfono. ‘¿Quién leyó ese noticiero?’, me dicen. ‘Yo, Jorge Antonio Vega’. ‘Le habla Jaime Sotomayor López, el jefe de redacción del Radioperiódico El País, estoy necesitando un locutor y es usted porque lo acabo de oír. Lo espero mañana a las diez’ ”.

Vega aprovechó una chance que por esos años era posible gracias al ambiente de bohemia que frecuentaban los periodistas y locutores de la época. En los años cincuenta y sesenta la radio se convirtió en el trampolín de nuevos talentos. “Muchos conquistaron un puesto porque la voz más importante se había trasnochado y tuvieron que hacer el reemplazo –cuenta el historiador Nelson Castellanos–. La licencia de locución medía unos conocimientos de cultura general pero no se exigía formación académica. El sueño de mucha gente humilde era llegar a la radio porque también representaba un ascenso social. Buscaban la oportunidad y, cuando aparecía, hacían una carrera de treinta o cuarenta años. También lo lograron por tener voces muy cultivadas, solemnes, tal vez un poco impostadas pero que supieron ganarse la credibilidad y el respeto de la gente”.

En 1952, Vega ingresó a la emisora La Voz de Colombia, donde realizó una transmisión que catapultó para siempre su carrera: el juicio del italiano Angelo Lamarca, acusado de descuartizar a su mujer y echar sus restos al río Fucha. Desde la sala del juicio informó a una audiencia indignada los pormenores del proceso. Su transmisión también impresionó a los directivos de Emisoras Nuevo Mundo –años después Caracol Radio–, donde comenzó a trabajar en enero de 1953.

–¿Qué pasó después? –le pregunto.

–Después fui el mejor locutor del mundo entero. ¿Te parece poco?

 

>Tercera lección

Le pide a un estudiante que escriba el alfabeto en el tablero. Comienza con las vocales. Explica que cada una tiene un registro sonoro en la bóveda del paladar y que es clave conocer dónde se pone la lengua para diferenciar los sonidos. “Pronuncien i-e; i-e-a; i-e-a-o-u. Repítanlo varias veces hasta que quede registrado”, ordena. Un sonido desigual recorre el salón. Los estudiantes están concentrados, algunos cierran los ojos, otros miran fijamente el tablero como si fuera un amuleto que no pueden soltar.

Es el turno de las consonantes. “Lo vamos a hacer sonoramente con las cinco vocales, empezamos con la A: aa-ba-ca-da-fa-ga-ha-ja... Ahora vamos a poner las vocales antes: ab-eb-ib-ob-ub; ac-ec-ic-oc-uc... Estas cosas hay que hacerlas todos los días y por diversión. Díganme con sinceridad, ¿ustedes habían hecho esta pendejada antes?”. Con la pregunta consigue la primera carcajada de la clase.

El asadero Mega Pollo, vecino de la imprenta, emana un olor a grasa trasnochada. Vega aparece con un buzo café que le cubre parte del cuello. Sube a la oficina con la agilidad de un adolescente y muestra el arrume de libros que tiene sobre la mesa. Toma el trapo rojo y, con un movimiento automático, lo pasa por las cubiertas. Primero por el Diccionario de la conjugación, luego por Español de hoy y finalmente por la primera edición (1954) de Los días enmascarados, de Carlos Fuentes.

Busca “En defensa de la trigolibia” –uno de los seis relatos del libro–, levanta la espalda y aborda un texto que parece saberse de memoria: “Cuando los nusitanos se trigolibiaron de los terribrios lo primero que hicieron fue redactar un acta de trigolibia y una declaración de los trigolibios del hombre? El hombre solo es trigolibo en la trigolíbica trigolibia de la nusitania, cualquier otra trigolibia es apócrifa”. Termina sin haber cometido una equivocación. Cierra el libro y desliza el trapo rojo por el lomo negro.

Le pregunto por los veinte años que combinó su trabajo en la radio con el de creativo de Atlas Publicidad. “Yo animaba los programas en Nuevo Mundo y siempre hice gala de la chispa. En 1954 don Jorge Valencia, dueño de Atlas Publicidad, me ofreció trabajo ahí porque quería montar un departamento de radio para producir sus propias cuñas. Le dije: ‘Yo no sé de publicidad, pero ensayemos’. Luego me llevé a Otto Greiffenstein, a Julio Echeverry Saavedra, a José Alarcón, éramos como siete tipos produciendo ideas”.

Para su primer cliente, el fabricante de carros Studebaker Corporation, escribió: “Cuando vaya a adquirir un automóvil tenga sentido común”, el eslogan que durante años identificó a la marca estadounidense. Después llegó “Oiga vecina, cuente cabezas y destape Andina”, para la cerveza Andina. “Purísmo, no te dejes pasar por manteca”. “Para su mesa y su cocina, Margarina Vitina”. “Lotería de Boyacá, de pobre lo sacará”. “Tarde o temprano su radio será un Philips”. “Frotando, frotando, Yodosalil lo va aliviando”. También fue el responsable de la propaganda política de tres campañas de Belisario Betancur: “En Colombia, Belisario es necesario”.

En 1961 creó La Hora Philips, uno de los programas de concurso más famosos de la historia de la radio. En una época en la que el consumo de televisión no era masivo y la radio aún era la reina del entretenimiento, el show se convirtió en un verdadero boom publicitario que desplazó en popularidad a programas institucionales como Coltejer toca su puerta, Bavaria invita y El precio Fabricato.

En esos años de crecimiento económico, de un país más urbano que rural en donde compañías como la Philips lideraban el mercado de consumo de bienes masivos, Vega ideó para la marca holandesa un show diario en el que se presentaron los artistas más importantes de la primera mitad del siglo XX, junto a una orquesta de planta que los primeros años fue dirigida por Lucho Bermúdez y luego por el maestro Manuel J. Bernal. El programa, emitido de lunes a viernes a las ocho de la noche, resultó ser un éxito. El presupuesto se estableció para diez emisoras. A los dos años se transmitía en más de cincuenta.

Aunque el espectáculo central siempre estaba a cargo de un artista reconocido, La Hora Philips también tenía una sección de concurso en la que se premiaba a los oyentes con productos de la marca, y una de humor por la que pasaron varios comediantes, Hebert Castro el más recordado de ellos. “Castro le tomaba el pelo a Vega y él le seguía el cuento con mucha gracia. Parte del atractivo del programa era la dinámica que existía entre los dos, con un humor muy fino, muy refinado”, cuenta Estela de Aroca, quien asistió en varias oportunidades al radioteatro de Caracol, en la calle 19 con octava, donde las filas de gente que esperaba ver el espectáculo eran enormes.

Vega busca un libro de biografías y canciones, y empieza a examinar el índice para dar algunos nombres de los artistas que pasaron por el programa. Durante los siguientes veinte minutos anota en un papelito naranja una lista detallada. Hay 43 nombres, entre ellos Charles Aznavour, Agustín Lara, Joan Manuel Serrat, Alejo Durán, Libertad Lamarque, José Alfredo Jiménez, Celia Cruz y Leo Marini.

Le pido que me cuente anécdotas con los artistas, pero se niega. “Usted sí pregunta unas cosas, sumercé”, dice antes de ceder. “Le voy a contar lo que me pasó con Chavela Vargas. Resulta que ella vivía borracha y llegó a La Hora Philips a cantar así y la suspendí. A los dos días me llamó Alfonso López Michelsen a reclamar: ‘Cómo no la dejan cantar, si ella es lo más grande de México, además ella vive así, con tragos. Esa señora es mi amiga y canta porque canta’. Usó su influencia y me tocó dejarla cantar”.

Le nombro a varios de los artistas que aparecen en su lista, le pregunto cómo fue la relación con ellos, cómo los escogían, qué recuerda, pero Vega opta por la prudencia y el pudor. Únicamente cuando llego a Charles Aznavour suelta algo. “Era francés”, dice para exonerarlo. “Exigió que yo lo recibiera en el aeropuerto con un maletín donde debían estar los dólares que cobraba por presentación, si no lo hacía se regresaba inmediatamente”.

Edgard Hozzman, productor artístico de la Philips en ese momento, recuerda que la mayoría de artistas cobraba unos 2.000 dólares por presentación, una cifra altísima que en aquella época solo La Hora Philips podía darse el lujo de costear. “La cuenta de la marca la manejaba Atlas Publicidad y ellos invertían cualquier cantidad de plata para traer un buen cantante”. Según Hozzman, Vega tuvo mucha injerencia en la selección de los artistas. “Era él quien se comunicaba con los agentes y los convencía de que le vendieran una fecha”.

Durante los diez años que duró el programa, Vega solo la embarró una vez. Sucedió en una de las presentaciones de Pedro Vargas. Al dar la bienvenida al show, momento en el que siempre anunciaba a los patrocinadores, en vez de decir “Pielroja, su fama vuela de boca en boca”, dijo “Pielroja, su fuma vuela de vaca en boca”. No se dejó atolondrar y, como buen presentador, continuó con el espectáculo.

Para ese entonces Jorge Antonio Vega era una gran estrella. Su autonomía en el micrófono, su gran capacidad de improvisar, su léxico, su señorío, sobriedad y simpatía marcaron su estilo y le aseguraron el cariño del público. “Es, junto a Álvaro Monroy Guzmán, el maestro de ceremonias más grande que ha tenido Colombia”, afirma Hozzman. “Los locutores como Vega antes eran ídolos. Tanto, que a veces los artistas se sentían desplazados”. 

Con Carlos Lozano y José Alarcón Leal en La Hora Phillips, uno de los programas radiales con más éxito en los años sesenta.

 

En 1966 nació La Orquídea de Plata Philips, el primer concurso radial que buscaba voces y estrellas nuevas por todo el país. Las eliminatorias, que se hacían cada semana, duraban un año. De ahí salieron Silva y Villalba, Christopher y Claudia Osuna. Rodrigo Silva cuenta que, antes de las presentaciones Vega se reunía con los artistas para tranquilizarlos. “Él era un profesional. Nos ayudaba mucho con este consejo que siempre daba: ‘Hagan de cuenta que ya son estrellas, que ya saben’ ”.

En 1971, una reglamentación del gobierno que exigía a las empresas extranjeras nacionalizar el 51% de su capital terminó con ambos programas. Para Vega, parecía que todo había acabado. “Me hice un examen de conciencia, dije no más y monté una editorial porque siempre tuve vocación de editor, de niño fui cajista de tipografía y conocía el negocio. Pero ya vendí casi todo porque esto como industria se vino abajo”.

Editó afiches, revistas como La Perla del Norte, que se distribuyó en Cúcuta; libros de poemas, ficción y cuentos, entre los que se destacó una reedición de los ganadores en un concurso de radio dirigido por Alfonso Lizarazo, y que contaba con plumas como la de Piedad Bonnett y Humberto Dorado. También publicó la colección de libros educativos del Instituto Alberto Merani y los boletines de la Asociación Colombiana de Locutores.

Estuvo alejado de los micrófonos tres años, hasta que Jaime Parra lo invitó a unirse al equipo de noticias de Radio Súper. En 1978 trabajó junto a Yamid Amat y Juan Gossaín en 6AM-9AM; luego pasó a Todelar, donde presentó el programa La noche con amigos, y en 1990 llegó a la básica de RCN para acompañar durante diez años a Gossaín como lector de noticias en el programa de la mañana. “Cuando me nombraron director de RCN lo primero que hice fue llevarme a Vega porque es el mejor lector de noticias que yo haya oído en mi vida”, dice Gossaín. “Es el único locutor al que se le nota cuando está citando entre comillas; además es un lector formidable y con una cultura bastante sólida, lo cual da mucha seguridad al aire. Cuando leía una noticia, el oyente sentía que había que ponerle atención, que era verdad”.

Cuenta Gossaín que jamás lo vio de mal genio y que siempre se caracterizó por su profesionalismo, compañerismo y prudencia. El día en que el presidente César Gaviria visitó la cabina del programa, a él se le ocurrieron algunas de las mejores preguntas que se formularon esa mañana. Por discreto, sensato y respetuoso, se limitó a escribirlas en un papelito y a pasárselas a su jefe por debajo de la mesa.

También se destacó por ese humor refinado que a veces lo tentaba a hacer un chiste en medio de una tragedia. En una ocasión, mientras un colega informaba que había sido detenida una señora por llevar cocaína dentro de las nalgas, no se aguantó las ganas y, al aire, le preguntó a Gossaín: “Juanito, ¿será eso lo que llaman Coca Cola?”. Otra anécdota que no olvidan sus compañeros tiene que ver con la muerte del actor español que encarnó por primera vez a Juan Valdez. Cuando el corresponsal terminó de dar la noticia, Vega comentó: “Ahora sí es verdad que Juan Valdez quedó extinto”.

"El tiempo acaba con todo menos conmigo, carajo" • © Fotografía de Lina Botero

 

Dicen que el drama de todos los locutores es alguna palabra que, por más que intenten, no logran pronunciar debidamente. Según Gossaín, la de Vega fue “aeropuerto”. “Otra con la que no pudo fue con Tamalamequito, un pueblo del Magdalena. Se enredó al aire y, desde ese día, Antonio José Caballero siempre lo llamó Tamalamequito”.

Él, que era más sonido que imagen, dejó la básica de RCN en el año 2000 para presentar un noticiero de Señal Colombia que no funcionó. Hace cuatro años tuvo su último trabajo como locutor en Candela Estéreo. “Alcancé a estar tres semanas, pero empezó tanta vulgaridad que no aguanté. Yo veo mi oficio con otros lentes, como la maravilla de la palabra, como el punto de entendimiento entre la gente. Me hace falta la radio pero las condiciones ya no son muy halagüeñas para pensar que se pueda volver. Antes había cultura, ahora cualquiera coge un micrófono”.

 

>Cuarta lección

Saca del bolsillo una tarjeta pequeña y cuadrada. Les cuenta a sus alumnos que ese fue su único apoyo en una charla sobre el estilo que les dio a varias mujeres de la Escuela de Cadetes. Pero sus discípulos han empezado a perder la paciencia. Los cuerpos embutidos en los pupitres están inquietos, las cabezas giran de un lado a otro. Vega mira el reloj plateado que cuelga de la muñeca. “El tiempo acaba con todo menos conmigo, carajo”, se dice a sí mismo en voz alta. Los estudiantes no parecen escucharlo. Finalmente da por terminada la clase. El movimiento de los pupitres produce un sonido seco al que sigue un largo silencio. Toma el diccionario Larousse 2009. Con el libro en brazos, como si fuera un pequeño tesoro, observa el salón.

 

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Abre la puerta. Me estrecha la mano y sube con prontitud la escalera. Tiene una llamada pendiente. Anota algo en un papel y lo guarda en el bolsillo derecho de la chaqueta.

–¿Qué lleva en los bolsillos? –le pregunto.

–Todo menos plata, porque no hay. ¿Te muestro lo que cargo en los bolsillos?

Entonces saca un morro de pequeños papeles blancos con anotaciones en tinta negra, un papel con participios pasados de verbos irregulares y decenas de tarjetas. Luego me enseña el último boletín de la Asociación Colombiana de Locutores, donde ejerce como presidente desde hace tres años, y desde donde está impulsando la exigencia de un certificado de idoneidad y competencia profesional para los locutores. También señala algunos recortes de periódicos que guarda por interés: un artículo sobre la vida de Sandro, otro sobre la música de Emilio Sierra y otro más sobre la muerte de Barbarito Díaz. Todos los días lee varios periódicos y luego se dedica a su hobby: hacer el crucigrama y el sudoku.

Asegura que no le da miedo la muerte, pero prefiere retrasarla afeitándose todos los días, haciendo ejercicio, trabajando, descubriendo palabras nuevas en el diccionario. “De todas maneras llega un momento en el que uno suena como arpa vieja y se acabó, pero mientras llega eso hay que disfrutar la vida, ser feliz o tratar de ser feliz porque ¡Dios mío, sí que es difícil la felicidad! La felicidad es muy esquiva, sumercé. Es fugitiva”.

–¿Siente nostalgia?

–No. “Algia” es dolor. Yo no siento dolor de lo que pasó; al contrario, me da alegría porque lo que se hizo se hizo muy bien. No hay campo para la nostalgia.

–¿Fue el mejor?

–El mejor locutor no, un buen locutor. Yo soy Jorge Antonio Vega y punto.

ACERCA DEL AUTOR


María Alexandra Cabrera

Estudió periodismo en la Universidad Javeriana. Fue jefe de redacción de la revista Bacánika, y ha colaborado con Bocas, Habitar y El Malpensante.

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