El hombre que halló petróleo en Venezuela

En 1911, cuando Ralph Arnold llegó por primera vez a Venezuela con su equipo de geólogos, el petróleo aún no era sinónimo de riqueza desmedida. Cien años después de abrirse el primer yacimiento venezolano, la historia de aquella exploración remite al origen del agridulce destino del país vecino.

POR Ibsen Martínez

Ralph Arnold en la cubierta de un ferry, en el Lago de Maracaibo, circa 1913 • © Cortesía Fundación Editorial Trilobita

 

I

En 1878, un grupo de caballeros tachirenses que la jerga de hoy llamaría “emprendedores” acordó crear una compañía que se dedicase a la explotación de una concesión otorgada por el gobierno: eran casi cien hectáreas en las que abundaban manaderos de hidrocarburos.

Uno de aquellos señores, don Pedro Rafael Rincones, hombre singularizado por su inteligencia y capacidad organizadora, fue el encargado de ir a los Estados Unidos a adquirir la maquinaria requerida para fundar Petrolia del Táchira.

Cambiando lo que haya que cambiar, que un grupo de hacendados y profesionales liberales venezolanos decidiese dedicar parte de sus esfuerzos a desarrollar una industria que, para aquel entonces, no tendría más de veinte años en el planeta es como si en los noventa del siglo pasado alguien en Venezuela hubiese decidido impulsar otro Silicon Valley en los Andes.

 

Acaso convenga recordar que, en sus inicios, la industria del petróleo fue, casi exclusivamente, industria de la iluminación, y el querosén su primordial producto derivado y verdaderamente comercial.

Desde el fin de la Guerra Civil estadounidense, el querosén comenzó a sustituir, paulatina, sostenida y rápidamente, al aceite de ballena como combustible para iluminación y calefacción en todo el mundo desarrollado hasta la época. Puede decirse, sin exagerar, que la invención del bombillo incandescente pudo haber puesto fin a la industria petrolera de no haber mediado la industrialización del automóvil y, en un plano mucho más general, de los motores de combustión interna.

De modo que los hombres de Petrolia del Táchira lo tuvieron claro desde muy temprano. Era aquel, además de emprendedor, un grupo innovador en la economía de un estado mayormente cafetero. De no haberse interpuesto lo que el historiador petrolero Efraín Barberii llamó “circunstancias más allá de sus esfuerzos”, pudieron haber iluminado no solo una vasta extensión del Táchira, como en efecto lo hicieron, sino extender sus actividades a otras regiones del país.

En menos de diez años, Petrolia refinaba crudo a un ritmo de 2.000 litros por día. Podríamos abismarnos con las cifras duras de aquel emprendimiento que se prolongó por muchas décadas. Baste saber que su ciclo de desarrollo se cierra hacia 1911 y que sus productos, querosén y carbolíneo, llegaron a venderse tan lejos como Pamplona, en el departamento colombiano de Norte de Santander. La concesión, sin embargo, se extinguió en 1934, asfixiada por todo tipo de constricciones legales derivadas del monopolio estatista sobre la riqueza del subsuelo.

¿Por qué se afirma, entonces, que el primer siglo petrolero venezolano comenzó en 1914 en lugar del muy señalado 1878 tachirense? Hay, ciertamente, espacio para el debate académico sobre la “fecha exacta” del comienzo de lo que, para bien o para mal, somos hoy día. Las distinciones específicas estarían, claramente, en la escala de las operaciones, en la temprana vocación transnacional de la gran industria petrolera... y en los efectos que tuvieron los saberes de un hombre llamado Ralph Arnold.

 

II

En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 2001, el escritor británico de origen trinitario, V. S. Naipaul, hablando de su país natal, dijo: “Mis antecedentes son a la vez excesivamente sencillos y excesivamente confusos: nací en Trinidad, una pequeña isla en la desembocadura del gran río Orinoco, en Venezuela. Así que, estrictamente hablando, Trinidad no está en América del Sur y tampoco del todo en el Caribe”.

El señor Ralph Arnold, de Marshalltown, estado de Iowa, debió de dar una respuesta parecida a su joven esposa Winninette, sobre la ubicación de nuestra vecina isla en el mapa, cuando esta, extrañada, exclamó: “¿Trinidad? ¡¿Dónde está eso?!”.

La razón de su extrañeza –y quién sabe si hasta de su irritación– es explicable: ambos habían zarpado de Nueva York, a principios de 1911, con rumbo a Londres en lo que inicialmente era un viaje de placer.

Un encuentro inesperado a bordo del trasatlántico cambió el curso de sus planes y, como consecuencia no previsible, también el curso de la historia económica de Venezuela en el siglo XX. Pero, ¿quién era Ralph Arnold? ¿Y con quién se topó a bordo del trasatlántico?

A los 36 años que por entonces contaba, Arnold ya se había acreditado como un paleontólogo notable por sus estudios de fósiles invertebrados en la geología costera de California y, luego, como un extraordinario geólogo. La vocación por las ciencias de la tierra le venía de niño. Su padre, Delos Arnold, fue un abogado neoyorquino que por un tiempo ocupó una curul como senador estatal en Iowa. Ralph nació, justamente, en la población de Marshalltown, Iowa, en 1875.

El descubrimiento de fósiles crinoideos en las cercanías de su población natal atrajo a su padre al estudio informal de los fósiles. Los crinoideos son una clase de equinodermos, organismos estos últimos exclusivamente marinos, conocidos por todos nosotros: son los llamados “pepinos de mar”, las estrellas y los erizos. Digamos, para simplificar las cosas, que un crinoideo es el fósil de un tipo de organismo conocido como “lirio de mar”, debido al aspecto ramificado de sus brazos. Son el grupo de equinodermos viviente más antiguo y fueron muy abundantes durante el Paleozoico, pero hoy sobreviven poco menos de seiscientas especies.

Con el tiempo, el senador Arnold llegó a juntar, siempre como aficionado autodidacta de elevada competencia, una valiosa colección privada de fósiles, así que el joven Ralph fue iniciado en los estudios paleontológicos a una edad muy temprana.

 Las primeras exlpotaciones en la isla de Trinidad tuvieron lugar en Point Ligure y fueron obra de la Guapo Oil Company • Cortesía Fundación Editorial Trilobita

 

Andando el tiempo, la familia se mudó a Pasadena, California, y nuestro Ralph ingresaría a la Universidad de Stanford, donde en 1902 obtuvo un grado de PhD en geología y paleontología.

Hacia 1900, aún siendo estudiante, Arnold entró a formar parte del llamado U.S. Geological Survey, la agencia federal a cargo del catastro geofísico del territorio estadounidense¹. Arnold permanecería en el USGS hasta el año 1909. Dedicó gran parte de ese lapso al estudio de fósiles y a la publicación de numerosos y muy detallados trabajos de paleontología. Algo que asombra a sus biógrafos es cuán prolíficos resultaron estos años para Arnold, pues, al mismo tiempo que trabajaba en la paleontología californiana, pudo acopiar una sorprendente cantidad de trabajos geológicos centrados, mayormente, en la entonces aún naciente geología petrolera.

Esto ocurría en vísperas del boom petrolero californiano. Arnold y un grupo de compañeros acometieron, a solicitud del gobierno federal, el levantamiento cartográfico de más de 4.000 millas cuadradas del estado de California en cuyo subsuelo había razones para suponer la existencia de hidrocarburos. Durante ese trecho de su vida profesional, trabajando arduamente para el gobierno federal, Arnold tuvo aun tiempo de organizar la División de Petróleo del Buró de Minas de los Estados Unidos. En 1909, nuestro hombre dejó de trabajar para el gobierno federal y se dedicó a abrirse paso en la industria petrolera.

Fue por entonces que, haciendo una pausa en su frenética actividad, emprendió con su esposa un viaje de placer a la vieja Inglaterra, en el curso del cual reencontraría a un viejo condiscípulo de Stanford: Herbert Hoover, el mismo hombre que años más tarde ocuparía la presidencia de los Estados Unidos.

 

III

Al igual que Arnold, Hoover había estudiado geología en Stanford. Arnold era también buen amigo del hermano de Hoover, Theodore, quien había sido su profesor de ingeniería minera, también en Stanford. Durante la travesía, los matrimonios Arnold y Hoover tuvieron ocasión de estrechar lazos de amistad. Por aquel entonces, Hoover ya había amasado una imponente fortuna gestionando minas e industrias de capital estadounidense en el extranjero.

“Al llegar a Londres –recordará Arnold casi medio siglo más tarde–, mi esposa y yo fuimos huéspedes de Theodore Hoover y su esposa, y yo fui invitado permanente de los hermanos Hoover en sus oficinas del Nº 1 de London Wall.

”Un asociado de los hermanos Hoover, de nombre Lyndon Bates, tenía opciones sobre un bloque considerable de terrenos petroleros al sur de la isla de Trinidad, en las Indias Occidentales Británicas. Dichas opciones habían sido ofrecidas a la Goldfields of South Africa Ltd., por entonces una de las mayores compañías mineras del mundo y para la cual Herbert Hoover trabajaba como ingeniero consultor.

”Esta compañía estaba dispuesta a costear el desarrollo petrolífero de las propiedades trinitarias pero, naturalmente, deseaba que estas fuesen sometidas a evaluación por un ingeniero sin conflictos de intereses. Herbert Hoover me recomendó para el cargo y, al mismo tiempo, me sugirió a cuánto deberían ascender mis honorarios. Estos deberían ser de 2.000 guineas, aproximadamente 10.000 dólares de la época, más los gastos. Hoover me explicó detalladamente por qué en Londres todos los honorarios profesionales debían ser calculados en guineas en lugar de libras esterlinas. Había solo 20 chelines en una libra; en cambio, cada guinea equivalía a 21 chelines. Inmediatamente fui contratado por la compañía para llevar adelante la evaluación…

”Luego de unos cuantos interesantes paseos por la campiña inglesa, la señora Arnold y yo nos hicimos de un buen surtido de ropas tropicales. Zarpamos de Southampton, Inglaterra, a bordo del Clyde, de la línea Royal Mail Steam Packet Company, el 7 de junio de 1911…

”Al acercarnos por el norte a Trinidad, lo que más nos llamó la atención fueron las gradaciones del color verde de la vegetación que cubría los flancos de la montaña. Un color rara vez visto en zonas templadas. Al parecer, la combinación de la temperatura y el agua salada cerca del océano produce esas tonalidades del verde. Pasamos por la Boca del Dragón, pequeño estrecho entre Trinidad y la costa de Venezuela. Hay que hacer notar que las formaciones geológicas del Golfo de Paria son, hablando en general, las mismas en ambas costas.

”John Means, quien originalmente investigó las concesiones trinitarias para el señor Hoover, nos recibió al atracar el barco. Nos condujo al Queen’s Park Hotel, uno de los más afamados en todas las Indias Occidentales.

”Un ilustre huésped se alojaba en el hotel mientras estuvimos allí hospedados: el general Cipriano Castro en persona, presidente de Venezuela, derrocado y en el exilio. Pasaba la mayor parte del tiempo charlando con sus partidarios en la terraza que servía de pórtico al hotel. Trataban de organizar una junta de gobierno que lo devolviese al poder. Castro nunca logró su propósito. Si hubiese llegado a desembarcar en Venezuela, no habría podido pasar de la playa. Partió de Trinidad rumbo a Europa en procura de atención médica esperando que Gómez, su antiguo vicepresidente, renunciaría al poder en favor suyo tan pronto regresase. Fue una presunción errada: Gómez se mantuvo en el poder durante todo el tiempo que permanecí en Venezuela”².

La estancia de Arnold en Trinidad duró solo unos pocos meses, pero los resultados de su evaluación de las posibilidades petrolíferas en la pequeña posesión británica en el Caribe dejaron plenamente satisfechos a sus empleadores de la Goldfields of South Africa Ltd.

Con esto, se abrió para Arnold otra puerta en su brillante carrera: la más importante campaña conducida por él sobre el terreno: el inicio de la prospección petrolera en las vastas extensiones de Venezuela.

 

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1.  Creado en 1877, el USGS es un organismo del gobierno federal estadounidense a cargo de la clasificación de los terrenos públicos y el estudio de sus estructuras geológicas e hidrográficas, así como de sus recursos naturales. El usgs surgió de la necesidad de hacer el catastro de todos los vastos territorios incorporados a la Unión norteamericana luego de la llamada “compra de Luisiana”, en 1803, y de la guerra entre México y Estados Unidos en 1848. Se trata de un organismo esencialmente científico sin potestades reguladoras en las áreas de geografía, geología, hidrografía y biología.

2. Ralph Arnold, George A. Macready y Thomas W. Barrington, The First Big Oil Hunt: Venezuela, 1911-1916, Nueva York, Vantage Press, 1960, pp. 23-24.

La "caballería ligera de San Timoteo" era el apodo de los geólogos de la Caribbean Petroleum Company • Cortesía Fundación Editorial Trilobita

 

IV

Aquel año de 1911, Venezuela conmemoraba el primer centenario de su declaración de Independencia.

Los festejos populares y las ceremonias oficiales que, al igual que en el resto de las naciones hispanoamericanas, señalaban nuestro primer siglo de vida independiente apenas podían ocultar el grave estado de nuestra economía.

En la primera década del siglo XX, América Latina se hallaba en mitad de una fase expansiva que respondía al crecimiento de la economía mundial. La demanda global de productos primarios y el flujo de capitales que aquellos habían atraído desde mediados del siglo XIX precipitaron grandes cambios en todo el continente. Y no siempre para mejor.

La mayoría de nuestras naciones consolidaron su independencia hacia 1830. Casi desde aquel momento hubo consenso entre las élites hispanoamericanas de que las mejores perspectivas de un rápido crecimiento económico dependerían de una estrecha integración en la economía mundial por la vía de exportaciones de materias primas.

Las propuestas proteccionistas que –con muy poco realismo– hacían énfasis en la promoción de productos manufacturados no hallaron mayor eco en las élites políticas. La “cosa” –dictaba el consenso– estaba en exportar bienes primarios, ya fuesen minerales, agrícolas o pecuarios, estimular la inversión extranjera y, en algunos casos, la inmigración europea.

Pero, ya desde los primeros años que siguieron a las independencias, se vio claro que de parte de las nacientes repúblicas hispanoamericanas –es decir, del lado de la oferta– había numerosos obstáculos al desarrollo por la vía exportadora. El mayor de ellos, sin duda, fue la fragilidad política que en muchos casos impidió implementar con éxito lo que, de lejos, parecía coser y cantar pero que en la práctica resultó a menudo inviable.

Llegados aquí, acaso convenga citar in extenso a Victor Bulmer-Thomas, un destacado estudioso británico de la historia económica de nuestro continente:

“Durante el período que va de la mitad del siglo [XIX] hasta la Primera Guerra Mundial, los temas claves del debate público no fueron tanto económicos como políticos: liberalismo (político) versus conservadurismo; centralismo versus federalismo; relaciones entre Iglesia y Estado; organización social, problemas raciales, la naturaleza de las constituciones, etcétera. Los temas económicos, que tan prominentemente dominarían el debate público durante la segunda mitad del siglo XX, no generaron relativamente controversia alguna en la primera mitad de aquel siglo.

”La cuestión del libre comercio había sido teóricamente zanjada, se consideraba razonable un cierto grado de protección a la actividad doméstica, y, en términos generales, la inmigración extranjera se vio estimulada.

”Esta ausencia de controversia, sin embargo, no debe cegarnos ante los problemas que entrañaba implementar un conjunto consistente de políticas económicas. Los gobiernos sabían, o pensaban que sabían, qué habrían de hacer para promover la exportación de materias primas. Consideraron como ingredientes esenciales fijar impuestos moderados a la exportación, la inversión pública en infraestructura social y la promoción de la inversión extranjera.

”Pero muy pocas consideraciones se hicieron en torno a cómo el crecimiento del sector exportador habría de transformar el resto de la economía, aunque esto último fuese, ya para el comienzo de la Primera Guerra Mundial, mucho más acuciante que lo primero”³.

Así, las políticas económicas de nuestros países –allí donde las hubo– se preocuparon primordialmente del sector exportador, tanto minero como agrícola, aunque su impacto en el resto de la economía permaneciese incierto.

Fue en el curso de este último período, más exactamente, en el que va de 1880 a 1914, cuando Venezuela comenzó a transformarse de una economía agraria, débilmente apoyada en el café y el cacao, en una “economía mineral”; y más precisamente, en una economía petrolera.

Ha llegado, creemos, el momento de preguntarse qué encontraron los geólogos del equipo de Arnold al llegar a Venezuela y comenzar a recorrerla con ánimo explorador. ¿Qué país vieron? ¿Cómo eran sus habitantes? ¿Cuáles sus condiciones de vida, sus vicisitudes y sus anhelos? ¿Cómo era, en suma, Venezuela antes de hacerse productora de petróleo? Luce razonable, tratándose de géologos, comenzar por el terreno y el ambiente.

 

V

Los geólogos del equipo que Arnold armó rara vez pasaron más de un año en el país: el clima y las enfermedades tropicales eran permanente amenaza a la salud. No hubo uno solo que no cayese enfermo de paludismo, tal era la insalubridad del medio tropical. Sin embargo, uno de ellos, Walter R. Nobs, falleció en el curso de su actividad debido a una devastadora enfermedad tropical, y sus restos reposan desde 1913 en un camposanto marabino.

El primero en llegar fue George A. Macready, un experimentado geólogo de gran talento organizativo. Fue él quien coordinó los equipos, usualmente de dos geólogos, que despachaba sistemáticamente desde Caracas a los más remotos destinos dentro del extenso territorio a explorar. El testimonio de Macready se deja leer como una crónica sumamente iluminadora de la absoluta novedad y magnitud de aquel catastro geológico de Venezuela.

Los hombres de Arnold debieron partir casi literalmente de cero, sin contar todavía con los avances de los que hoy dispone la exploración petrolera. Los mapas que el gobierno puso a su disposición eran a menudo incorrectos, con frecuentes errores de escala, inexactitud en las distancias y discrepancias en las toponimias. No pocos señalaban erróneamente el sentido del curso de los ríos. En rigor, la literatura geofísica disponible era fragmentaria y desigual.

En aquel entonces, gran parte del poderoso instrumental que hoy día utilizan los geólogos no había sido inventado. Y las técnicas de evaluación basadas en conocimientos de geofísica, el estudio de la microfauna, la perforación exploratoria, los registros eléctricos o el reconocimiento aéreo no estaban suficientemente desarrollados para su aplicación inmediata en Venezuela. Nada, pues, podía sustituir el proverbial “ir y ver” de los viajeros naturalistas de fines del siglo XVIII, como Cook, Bougainville o el barón de Humboldt.

 

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3. Victor Bulmer-Thomas, The Economic History of Latin America since Independence, Cambridge University Press, 1994, pp. 49-50.

Arnold señala un gran cono de asfalto, en la zona activa del yacimento de los Barrosos, 5 de mayo de 1913 • Cortesía Fundación Editorial Trilobita

 

Un factor que podríamos llamar de “perspectiva gerencial” se añadía a las dificultades del terreno: el cuerpo directivo local de la empresa contratante, la General Asphalt Company, incurrió en el error de considerar la actividad petrolera como un negocio colateral de la explotación del asfalto, actividad esta de características muy diferentes a la estrictamente petrolera.

La vasta campaña de exploración estaba así patrocinada por una empresa asfaltera que, aparte de la región circundante del gran lago de asfalto de Guanoco, en el oriental estado Sucre, desconocía por completo el territorio venezolano. Esta insuficiencia se había dejado ver un año antes, al iniciarse las perforaciones en la vecina isla de Trinidad.

 “Los directivos regionales de la compañía –recordará Macready muchos años más tarde– tenían una visión muy limitada, ya que deseaban explotar el asfalto a bajo costo, con mano de obra no calificada, en depósitos descubiertos por sus predecesores y con los medios de transporte existentes.

”No podían concebir la realización de trabajos en áreas inmensas de miles de millas cuadradas, la necesidad de equipos costosos y pesados, ni el empleo de mano de obra altamente calificada. Tampoco por qué los equipos debían desecharse y ser sustituidos por otros cuando las condiciones del subsuelo cambiaban. Así mismo, no comprendían que, después de haber invertido cuantiosos recursos en un pozo exploratorio, se le abandonase al constatar que no era productivo. No tenían la más remota idea de los riesgos de la producción petrolera”4.

A fines de 1911 se creó la Caribbean Petroleum, una subsidiaria que habría de manejar todas las concesiones de la General Asphalt en Venezuela. El personal subalterno local, en esta todavía muy incipiente etapa de lo que luego sería una industria a gran escala, estaba compuesto primordialmente por peones de hacienda y arrieros venezolanos. El salario era el equivalente a cinco centavos de dólar la hora.

En los testimonios de los geólogos convocados por Arnold a Venezuela es llamativo el consenso en torno a los valores éticos de los que daba muestra la empobrecida población venezolana.

Todos reseñan una incidencia muy baja de robos y delitos contra la propiedad. Y, pese a lo que pudiera pensarse, el alcoholismo era algo muy reprensible para los venezolanos de la época, si bien en las costas eran “temperamentalmente” más acusados el uso de bebidas alcohólicas y los crímenes pasionales.

“En muchas ocasiones –recuerda Macready– me sorprendió la forma en que se podía confiar dinero en efectivo a los mensajeros. A menudo se les entregaban cantidades superiores a los cien dólares sin que existiese peligro de pérdida, a pesar de que tenían que recorrer descalzos muchas millas de distancia para llegar a su destino, y recibían salarios inferiores a un dólar diario”5.

En noviembre de 1912, cuando aún faltaban dos años más de trabajo sobre el vasto terreno adjudicado, Arnold envió un informe preliminar a las oficinas de la General Asphalt, en Filadelfia. Con el tiempo, recordaría cómo su halagüeño informe se ofreció a muchas compañías en los Estados Unidos, puesto que la General Asphalt carecía de los recursos para desarrollar la explotación en gran escala.

“Ninguna manifestó interés”, contará, ya en 1960. Como último recurso, un tal James Clarke Curtin, representante de la compañía, llevó el informe a Londres para mostrarlo a la Royal Dutch Shell.

Muchos años después, el legendario forjador de un imperio petrolero, sir Henri Deterding, presidente de la Royal Dutch Shell, hombre osado y aficionado a los juegos de azar, recordaría aquel momento: “¿Por qué razón decidí afrontar ese riesgo tan grande? Tengo que admitir que el informe preparado por Arnold me impresionó por el valor potencial de esos inmensos territorios… Hay que tomar en cuenta que hasta ese momento no existía ningún pozo en producción en Venezuela y que, antes de contar con la seguridad de que estos pozos llegasen a existir, teníamos que invertir, obviamente, una suma colosal de dinero. Este negocio era riesgoso, sin duda alguna. ¿Por qué, entonces, decidí acometerlo? Sencillamente porque pensé que esta gran oferta en Venezuela, aunque implicaba un enorme azar, estaba justificada. Y así ocurrió”.

La Royal Dutch Shell adquirió entonces el 51% de las acciones de la Caribbean Petroleum. Dieciocho meses más tarde, en julio de 1914, el pozo Zumaque 1, sito en una sabana anegadiza de la ribera oriental del Lago de Maracaibo, comenzaba a producir crudo a razón de 40 metros cúbicos diarios.

Así, un episodio sin duda relevante en la historia empresarial del gran grupo petrolero anglo-holandés entroncó para siempre en la historia económica y social de un pequeño país otrora cafetero llamado Venezuela.

El reventón de Zumaque 1, pozo cuyo balancín aún entrega simbólicos veinte barriles diarios –y por ello, técnicamente, es el pozo activo más antiguo del país–, marcó el Año I de nuestro siglo petrolero.

 

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4. Ralph Arnold, George A. Macready y Thomas W. Barrington, op. cit., p. 47.

5. Ibid., p. 49.

ACERCA DEL AUTOR


Ibsen Martínez

Tiene una columna semanal en El País de España. Su última novela es "Simpatía por King Kong".

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