El misterioso encanto de las trans

En tiempos de cruzadas morales y policiales contra las prostitutas, los transexuales parecen vivir una suerte excepcional en medio de la persecución. Además de la discreta diferencia física, ¿qué hay de particular en esta comunidad?, ¿qué tan antiguo y extendido es su oficio?

POR Mauricio Rubio

© This is not me | Corbis

 

“Un transexual no es más que la proyección de lo que un hombre cree que es una mujer. Por eso a los hombres heterosexuales les gustan tanto los transexuales. Porque en estos tiempos son lo más parecido que encontrarán a su ideal femenino”. Esta sentencia de Gabriela Wiener en Sexografías es una bocanada de aire fresco en medio del activismo que solo ve odio y violencia contra quienes viven de lo que los hombres les pagan por un rato de amor furtivo.

 

“Vanesa tiene un bonito cuerpo y, como es pequeña, puede pasar por una mujer. En cambio, la brasileña es mujer pero se comporta como un travesti” para atraer clientes en el Bois de Boulogne. “Los que van al Bosque quieren saber qué tienes entre las piernas… algunos piensan que eres mujer pero cuando descubren que no lo eres les da lo mismo, es más, se ponen más viciosos. Su fantasía es decirme que es su primera vez. No me opero porque si lo hago no sale el negocio. Me operaré cuando ya no me funcione”, le confiesa a la periodista su amiga establecida hace varios años en París. Allí se quedó cuando iba hacia Milán, que para una transexual latina es “como ir a Harvard para un estudiante de derecho”.

Algunas trans peruanas hacen fortuna en Europa y vuelven cual “divas del cine italiano” a descrestar con sus enormes camionetas, sus joyas y perfumes, sus residencias con piscinas y jacuzzis construidas en los mismos barrios populares donde crecieron, y sobre todo a convertirse en madrinas de una nueva cohorte de colegas a quienes les prestan para los gastos de viaje y las contactan con una red de migración ilegal. La ostentación y el apoyo a las sucesoras blanquea la vergüenza de una juventud afeminada y les da estatus. “Cuantas más hijas ostenten, su prestigio en el mundo de las mariconas será mayor”.

Lovaina es un barrio de Medellín famoso por haber tenido los primeros burdeles de travestis, esas “nuevas mujeres inventadas por Dios”. Leonidas, antiguo dueño de un prostíbulo trans, cuenta en Zoológico Colombia, de José Alejandro Castaño, que sus bellezas son ahora hombres viejos que “llevan faldas largas y blusas de mujer, pero nada muestran, ya no”. Guarda la imagen de la virgen “patrona de los travestis” que las salvaba del infierno. Llegó a tener veinte, “todas lindas, culonas y dotadas”. Como Vanesa, sabe que sin dotación no hay negocio. “Con buena ropa y maquillaje uno disimula todo, pero llegado el momento, el putón tiene que mostrar lo suyo”. No hacerlo las dejaría como “Tarzán sin bejuco o Superman sin capa”.

Muchos de quienes, jóvenes y amanerados, llegaban a su negocio eran campesinos volados de sus casas. “Eran lindos y tenían más morbo que el lobo de Caperucita”, recuerda Leonidas acariciándose los labios. Sin silicona ni hormonas, “simulaban senos usando trapos y llevaban sombreros para esconder la falta de cabello”. El auge travesti fue en los ochenta, la época dorada del Cartel de Medellín. Gracias al chorro de dólares “ganaban fortunas. Muchos pudieron ponerse silicona y respingarse la nariz. Había plata de sobra”. Con clientes ricos locales, no era necesario emigrar. Importaban de Europa y Estados Unidos las hormonas para “afeminar la voz, hacer crecer las caderas y eliminar el vello”. Traían trajes de lujo y joyas desde Panamá. Según Leonidas, varios sicarios de Escobar, hombres duros con temibles alias, fueron “mansos clientes” de su negocio. Algunos, enamorados de un travesti, “se lo llevaban a vivir lejos para no compartirlo”. Uno de los más famosos, La Juana, era un banderillero retirado que no se perdía temporada taurina con su séquito de hombres rudos. Se dice que la mataron porque “terminó compartiendo su amor con dos sicarios y uno de ellos la descubrió”.

La vocación temprana de las trans también aparece en algunos testimonios de ¡A mí me sacaron volada de allá!, de varias autoras. Xiomara tenía once años cuando el papá la vio “con una blusita y unos tacones” y ella le confirmó que siempre iba a vestirse así. Se voló de la casa y llegó a Bogotá a los trece. El primer día, sola en la calle, “entré con un hombre y me regaló 80.000 pesos y yo dije: ‘Ya acá los hombres quieren conmigo’ y me comenzó a ir bien”. Todas sus relaciones amorosas han sido con antiguos clientes. También desde los once años, Débora sabía que “yo debía salir a la calle era a prostituirme”, y así lo hizo en Cúcuta. Cuando estuvo en la cárcel, se dedicó “a servirles a los que mandaban en cada patio”. Desde muy pequeña, Valeria supo “que no se sentía igual a sus compañeros”. A los doce se fue de la casa, llegó a Bogotá y en el sitio “donde iba a mirar a las mujeres trans” conoció a una amiga peluquera con la que vivió unos meses. Al barrio Santa Fe llegó “así como a los catorce años y desde el primer momento pues… empezar la prostitución, porque, ¿qué más?”.

Sugiriendo que era un fenómeno corriente, las referencias bíblicas más antiguas a las trans hablan de represión. Moisés condena al hombre que se vista como mujer, use maquillaje, ornamentos femeninos, o que se depile el vello púbico. Cuando Constantino elevó el cristianismo a religión oficial, reprimió lo pagano y lo trans. Sus sucesores hicieron explícito que “no podemos tolerar que la ciudad de Roma, madre de todas las virtudes, se vea manchada por la contaminación de hombres afeminados”. Hay quienes ven en estas leyes solo misoginia y homofobia. Pero es claro que buscaban ante todo erradicar la prostitución. El mismo edicto del siglo VII que condena el travestismo ataca los lupanares como el que siglos después regiría Leonidas en Medellín: “Aquellos que han llegado a la infamia de condenar su cuerpo varonil, de transformarlo en uno femenino, caen en prácticas reservadas al otro sexo, no se distinguen de las mujeres, y atienden –da vergüenza decirlo- en burdeles masculinos”.

Personas nacidas hombres que asumen roles femeninos, con frecuencia criadas así por sus familias, se conocen como kathoeys en Tailandia, hijras en India o muxes en Tehuantepec, México. En todos estos casos es corriente la prostitución. La tradición de las hijras se remonta a muchos siglos, y quienes se sienten mujeres ingresan muy jóvenes a esa comunidad para recibir entrenamiento y protección. Como en Perú, existe el esquema “madrina y ahijadas” para la transmisión de los saberes del oficio. Los tailandeses aprecian tanto a las ladyboys que una marca de ropa se inspiró en ellas para una colección; con algo de chovinismo la publicidad afirma que Bangkok es el “único lugar del mundo en el que los hombres heterosexuales se enamoran de los de su propio sexo”.

Insólitamente, este segmento dinámico y tal vez creciente del mercado del sexo ha permanecido inmune a la cruzada contemporánea contra la prostitución. Tras el ataque francés al sexo venal callejero, en el Bois de Boulogne “solo quedan algunas mujeres y cientos de transexuales”. En el portal del mayor burdel virtual español, por cada cinco escorts hay una travesti o shemale. Si sobre los clientes de las mujeres se sabe poco, sobre los de las trans el misterio es total. Sugiriendo una constante renovación, o alimentando la fantasía de la primera vez, mencionada por Vanesa, los anuncios españoles abundan en ganchos como “experta en iniciación” o “especializada en principiantes”. También es estándar ofrecer el servicio de “despedida de soltero”. El clasificado de Paola, una travesti brasileña, da una pista sobre sus asiduos: “Ahora que tu mujer se va de vacaciones, estoy yo”. Coincide con un trabajo hecho en Yakarta, donde se encontró que tres de cada cinco de los clientes de las warias tienen simultáneamente esposa y novias casuales. Como señala Gabriela Wiener, son muchos los hombres que aprecian esos encantos.

ACERCA DEL AUTOR


Mauricio Rubio

Columnista de El Malpensante y La Silla Vacía. Es investigador de la Universidad Externado de Colombia.

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