Los expedientes judíos de la cancillería

Hasta mediados del siglo XX, la postura oficial del gobierno colombiano en torno a la inmigración era abiertamente xenófoba. En el Ministerio de Relaciones Exteriores reposan archivos con las historias de un sinnúmero de judíos que, huyendo del nazismo, buscaron establecerse en nuestro suelo. El manejo de esos casos por parte de la Cancillería fue una suma poco disimulada de trabas y abusos, muy propia de nuestros tejemanejes burocráticos.

POR Camilo Sánchez

Los expedientes judíos de la cancillería

Alexander Sienkiewicz. Fragmento de un cartel que promocionaba uno de sus conciertos en Brasil. © Fotografías del archivo personal de la familia Rechnitzer.

 

Brasil salvó la vida a un virtuoso del piano. Alexander Sienkiewicz tuvo que abandonar sus estudios en el Conservatorio de Berlín para refugiarse en Suiza de la macabra mano negra del nazismo. Su maestro Ignacy Paderewski, líder de la disidencia polaca en el exilio y uno de los grandes compositores del siglo pasado, lo hospedó en su casa, a escasos pasos del lago Lemán, donde las interminables partidas de ping-pong eran la única forma de amortiguar el helaje producto de la escasez de carbón y leña que atizaba a Europa. Uno de los destinos posibles para la huida fue una nación remota llamada Colombia. El músico polaco dirigió una petición manuscrita, fechada el 12 de junio de 1941, al Ministerio de Relaciones Exteriores para viajar en calidad de profesor de música. Las autoridades nacionales respondieron el 21 de agosto en un párrafo apretado, donde comunicaban la negativa a su petición de entrada al país debido a “las actuales restricciones migratorias”.

La fecha de nacimiento de Sienkiewicz no está clara. En la ficha consular brasileña consta que fue en mayo de 1898. Otras fuentes señalan junio de 1903. Todas coinciden, sin embargo, en que fue en Kazimierz Dolny, un pueblo de graneros con techos escalonados que miran sobre los márgenes del río Vístula. Su número de expediente es el 136 y forma parte de la lista de ciudadanos judíos de toda Europa rechazados por Colombia durante los años más espinosos del Tercer Reich. Se habla de alrededor de 20.000 solicitudes entre 1933 y 1942. La Enciclopedia Judaica indica que en ese lapso ingresaron 3.595 judíos al país. Otros estudios suben la cifra a 6.000. De cualquier forma, los números son engañosos y dejan vacíos, si se tiene en cuenta que muchos entraron con documentos falsos o por otro puerto suramericano antes de cruzar la frontera ilegalmente. Como el galerista e historiador de arte Kazimiro Eiger, quien además de haber tenido que renegar de su fe, y como tantos otros declararse católico, pasó estancado una temporada larga en Curazao antes de entrar al país en el 43.

La llegada masiva de refugiados judíos a América, ante el asedio nazi, dejó al descubierto los lineamientos de las políticas migratorias colombianas. Si nos remontamos a los años veinte es posible rastrear algunas de sus raíces. En aquel entonces el debate entre políticos, médicos e intelectuales de línea dura, tanto liberales como conservadores, giraba en torno a la eugenesia, o teorías cercanas a un pretendido “mejoramiento de la raza mestiza”. Entre los postulados que barajaban los pensadores locales, incluido el más tarde canciller Luis López de Mesa, uno de los precursores de la sociología en Colombia, o el futuro presidente conservador Laureano Gómez, surgió un proyecto que buscaba incentivar la inmigración de europeos que cumplieran con los mismos rasgos físicos que encumbraba la ideología aria de Hitler. Una corriente en la que pululaban los peores vicios del antisemitismo europeo, y a la que se sumaba un viejo prejuicio católico: el deicidio. Es decir, la responsabilidad achacada a los hebreos por haber dado muerte a Jesús.

Todos estos elementos se fueron materializando en una cerrazón migratoria a partir del primer gobierno del liberal Alfonso López Pumarejo (1934-1938). Primero fue el decreto 397 de 1937, que imponía el pago de un depósito considerable para los visados de chinos, hindúes, libaneses, lituanos, palestinos, polacos o turcos, entre otras nacionalidades. No es extraño que en ninguna ciudad del país haya prosperado nunca un barrio chino donde se festejara el Festival de las Linternas, o uno hindú donde el olor a curry y otras especias impregnara ferozmente los mercados de domingo. Colombia procuró evitar también la llegada de dos de las corrientes migratorias más grandes del mundo. De nada sirvió el cercano ejemplo de Brasil y Argentina, donde parte importante del auge científico, tecnológico y cultural fue espoleado por esa diversidad de nacionalidades que los políticos colombianos se obstinaban en desviar hacia otros destinos.

Al mes de haber tomado posesión, el presidente Eduardo Santos (1938-1942) estampó su firma en el decreto 1723 de 1938, que serviría como mapa de navegación en asuntos migratorios durante buena parte de la primera mitad del siglo pasado.

La norma desautorizaba a los funcionarios “visar pasaportes de individuos que hayan perdido su nacionalidad de origen, o no la tengan”. El parágrafo es muy escrupuloso en no utilizar la palabra “judío”. Tampoco era necesario. Las leyes de Núremberg privaron de la nacionalidad alemana a los judíos del Tercer Reich a partir de 1935. El diseño del decreto tiene la impronta del presidente Santos, tío abuelo del actual presidente, y de su canciller, Luis López de Mesa, un psiquiatra quindiano que se ufanaba de ser descendiente del Cid Campeador y cuyo nombre designa la hemeroteca de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Un cablegrama dirigido al Consulado en Ginebra nos acerca un poco más a los pilares de su ideario (que no variaba mucho en temas de indígenas y negros): “Somos francamente adversos a la venida de buhoneros, comerciantes al detal, comisionistas, y demás integrantes no productivos... ni nos entusiasma prospecto de que gobiernos de Europa central busquen solucionar el problema de elementos que no han podido asimilar enviándolos a este continente”.

 

Wilhelm y Rosa Rechnitzer junto con su hija Hanna en Austria, antes de su exilio en 1938

Ese fue el panorama contra el que se estrelló el joven pianista Sienkiewicz. Un Estado que admitía las solicitudes de entrada a cuentagotas. Las pocas visas que se concedieron desde 1938 fueron para familiares de judíos que ya llevaban años en el país y que por lo general ya tenían la nacionalidad colombiana. Siempre a un costo alto. El escritor y académico Azriel Bibliowicz conserva el pasaporte de David, su papá, comerciante polaco que llegó a Puerto Colombia el 10 de julio de 1937. En el estudio de su casa en Bogotá, desde donde se aprecia una faceta arbolada de la capital, muestra un sello estampado que acredita el pago de mil pesos como impuesto de entrada, suma equivalente a unos diez millones de pesos actuales. “Una clara injusticia”, afirma, “si se tiene en cuenta que se trataba de gente desposeída de cada centavo de su patrimonio e incluso de su lugar en el mundo: su nacionalidad”. ¿Cómo lograban pagar las familias numerosas?

En otras ocasiones, muy pocas, se trataba de personas con dinero suficiente y buenos contactos en el alto gobierno o en los consulados. Es un secreto a voces que el contrabando de visas enriqueció a ciertos empleados en las legaciones europeas. No fue, ciertamente, el caso del pianista polaco. Como tampoco el de cientos de ingenieros, arquitectos, farmacéuticos o artistas, que anexaban expedientes completos, el relato de sus vidas traducido al español desde diversas lenguas o en un castellano básico, donde la mayoría de las veces se identifica la indeleble marca de la urgencia por sobrevivir.

En la carpeta de Sienkiewicz se encontraba, por ejemplo, una reseña publicada en el diario parisino Journal des Débats, donde el crítico Maurice Lybert salpicaba de elogios la crónica del concierto ofrecido la noche del 11 de febrero de 1939. Fue en la sala Gaveau, aún hoy en funcionamiento. “Desde el punto de vista instrumental”, escribía, “Sienkiewicz se eleva muy por encima del común”. Celebraba su “virtuosidad triunfante”; recalcaba su juventud y sugería equilibrar aspectos de su ejecución, cosa que de seguro vendría con el oficio. “Ese día”, remataba el reseñista, “el señor Sienkiewicz podrá ocupar un lugar eminente dentro de la pequeña tropa de los grandes pianistas actuales”.

El pianista levó finalmente anclas desde Lisboa con destino a Río de Janeiro. Viajó junto a Helena, su esposa, en marzo de 1942. Brasil acogió entre 1933 y 1942 a 25.000 judíos, aproximadamente. Sienkiewicz se estrenó en el Teatro Municipal siete meses más tarde, donde interpretó a su admirado Chopin. Ese sábado 10 de octubre el Diario Carioca anunciaba su presentación a la vez que titulaba en portada: “Roto el cerco del barrio industrial de Estalingrado”. Polonia, su sobrina y quizás única sobreviviente de la familia, cuenta por teléfono desde Valparaíso que Alexander era el más alegre de los tres hermanos, todos músicos. Los otros dos se establecieron en Chile.

Se refiere al “tío Alejandro” como un tipo “buen mozo, parecía actor de cine”, y cuenta que en Berlín se ganó el diploma de honor del aún prestigioso Premio Chopin. También impulsó el primer concurso internacional de piano de Río. Dirigió la Orquesta Sinfónica del Estado. Y recibió la máxima distinción de la cidade maravilhosa: el de carioca honorario. Polonia recuerda que lo dejó de ver a finales de los años setenta, en los días de la dictadura militar, cuando la llevaba a comprar juguetes a Mesbla, la desaparecida tienda por departamentos.

El “tío Alejandro” dictó clases de piano durante sus últimos años. Murió en 1982. “Era un virtuoso”, concluye Polonia Sienkiewicz.

Por debajo de cuerda

Colombia no fue el único país que interpuso trabas para la llegada de judíos. Casi todos los Estados del continente trataron de amortiguar la oleada a través de cuotas y otras medidas más borrosas. Se organizaron cumbres para tratar el asunto a nivel mundial y regional. De la Conferencia de Évian (1939), donde el representante colombiano fue el político liberal y ex director de El Espectador, Luis Cano, salió el Comité Intergubernamental para los Refugiados. Luego vendrían Panamá (1939), La Habana (1940) o Río de Janeiro (1942), y en todas se concluía con declaraciones humanitarias a favor de la acogida y la libre circulación. En el caso colombiano, de regreso a Bogotá, las iniciativas que se cocían en el Palacio de San Carlos iban en contravía de cualquier gesto de solidaridad. Colombia hizo lo posible por dilatar y pasar de soslayo los acuerdos, actas o pronunciamientos sobre los que manifestaba consenso. Con todo y la presión estadounidense del presidente Roosevelt, cuyo gobierno llegó a acoger a más de 250.000 judíos austríacos y alemanes entre 1933 y 1942, y quien hizo esfuerzos notables para distribuir la llegada de extranjeros.

Una zona difusa de la historia ha sido el grado de responsabilidad del presidente Eduardo Santos en todo este engranaje. El mandatario, y funcionarios como su ministro de Hacienda, Carlos Lleras Restrepo, han quedado eclipsados ante la historia a la sombra del canciller. Hay muy pocos documentos en los que sea patente su visto bueno para limitar y prohibir la llegada de la colonia judía en esos tiempos nebulosos. Aparte de su firma en el mencionado decreto 1723, la mayoría de esos documentos son extraoficiales, muchos de ellos acuerdos hablados que han quedado registrados en circulares confidenciales. Más de un historiador califica a Eduardo Santos como un gobernante de “aguas tibias”.

La tesis de Lina Leal, Colombia frente al antisemitismo y la inmigración de judíos polacos y alemanes, publicada bajo el sello de la Academia Colombiana de Historia, aporta una prueba reveladora que reposa en el Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, dentro de la correspondencia de la legación colombiana en Berlín. Se trata de un informe de 1938, donde el ministro plenipotenciario en Alemania, Jaime Jaramillo Arango, advierte sobre ciertas discrepancias con el cónsul en Hamburgo: “Desde mi llegada a Alemania, el 3 de agosto, le di a conocer las instrucciones verbales que traía de los doctores López y Santos, de suspender las visaciones a inmigrantes israelitas, salvo casos especiales que debería consultar conmigo, hasta tanto se expida la nueva reglamentación sobre la materia, de la que en particular ha hablado el señor presidente entrante (Eduardo Santos)”.

Para Lina Leal, el Ministerio de Relaciones Exteriores, en coordinación con los consulados y embajadas en Europa, fue endureciendo “por debajo de cuerda” la entrada al país a medida que el antisemitismo alemán mostraba con mayor fiereza sus tenazas. La instrucción para las autoridades en Europa era clara: si el pasaporte estaba marcado con una “J” o señalaba que su religión era hebrea, el visado debía ser denegado.

 

Los hermanos Sienkiewicz, en Polonia. A la izquierda, Eduardo sosteniendo el chelo. De pie en el centro, Enrique con el violín. A la derecha, un amigo de la familia con la viola. Y el pequeño Alexander sentado al piano 

En 1942, dos meses antes del inicio de la “Solución final”, que contemplaba el exterminio total de los judíos europeos, el ministro plenipotenciario de Colombia en Polonia solicitó la entrada de polacos establecidos en Francia, quienes de “lo contrario serían entregados a los agentes nazis de Hitler”. La respuesta del Ministerio de Relaciones Exteriores, que se halla en la correspondencia diplomática del Archivo General de la Nación, dice lo siguiente: “...considerando la experiencia que ha tenido el país con la inmigración de israelitas de la Europa central, lamenta tener que manifestar que no cree conveniente admitir nuevos contingentes de tales elementos”.

Entre los cientos de afectados se encontraron los suegros del abogado tributario austríaco Wilhelm Rechnitzer. Su caso está archivado bajo el expediente número 92 de 1939. Condecorado por el ejército prusiano durante la Primera Guerra, Rechnitzer logró abandonar su país después de pasar tres meses en prisión por cuenta de una redada de los “camisas pardas” de Hitler, ejecutada el mismo día de la anexión austríaca a la Alemania de la cruz gamada, el 12 de marzo de 1938. Una vez en libertad huyó hacia Holanda, donde se granjeó un contrato como “propagandista científico” con la farmacéutica Organon y zarpó en agosto del mismo año con su esposa, Rosa Deutsch, y su hija de doce años, hacia Barranquilla.

Una vez instalado en la ciudad portuaria se dirigió al presidente Santos con el fin de solicitar el permiso de entrada para los padres de su esposa, varados en Viena. La misiva del 26 de julio de 1939 dice: “Apremiados por las inquietudes de la vida, la salud y la libertad de nuestros padres, y desazonados por las noticias de Austria que empeoran todas las semanas, repetimos nuestra petición ante Ud., Sr. Presidente, solo su magnanimidad puede salvarnos a nosotros y a nuestros parientes”. Y más adelante apunta: “El pensar en nuestros padres nos roba la tranquilidad, nos daña la salud y entorpece nuestra facultad para trabajar. Hasta en sueños nos persigue la imagen de nuestros padres amenazados nuevamente por el campo de concentración”.

Los Rechnitzer pusieron casa en la calle Caldas, entre Progreso y 20 de Julio. Wilhelm ganaba cien pesos mensuales. Rosa trabajaba en la tienda de moda Aurita. En sus ratos libres atendía una venta de caramelos bajo la licencia número 831. Rápidamente se hicieron un sitio en la sociedad barranquillera. Lo certifican las cartas de recomendación que adjuntaron al expediente. Juan Goenaga, reportero de El Heraldo desde su fundación, se dirige al presidente en carta membretada para abogar por la entrada de “Isidor y Leontine Deutsch, de 63 y 50 años, respectivamente, quienes se encuentran en peligro ahora mismo de pasar a un campo de concentración de los organizados por Hitler”.

El matrimonio también anexó cartas firmadas por el dueño de una agencia de seguros apellidado Borelly y por un médico del Hospital Santa Clara. Todos constataban las buenas relaciones de los esposos austríacos y su vida dedicada al trabajo. La negativa del gobierno llegó el 19 de septiembre de 1939, tan solo un par de semanas después de la invasión alemana a Polonia. Los padres de Rosa Deutsch murieron en la Shoah. Isidor, su padre, ya había sido deportado casi un año antes, en noviembre de 1938, al campo de exterminio de Dachau, 13 kilómetros al noroeste de Múnich. Leontine, su madre, figura como desaparecida en el exhaustivo archivo del United States Holocaust Memorial Museum.

Los esposos Rechnitzer, por su parte, emigraron a mediados de los cincuenta a California, donde terminaron sus días en medio de serias estrecheces económicas.

¿Teoría pura en la Universidad Nacional?

El pasaporte de David Bibliowicz. En la páginas interiores se lee una nota consular que establace el pago de un impuesto de mil pesos (aproximádamente diez millones de pesos actuales) por su entrada al país

Un veterano miembro de la comunidad judía de Bogotá, quien pidió no ser citado, relata que hace unos treinta años llegó hasta su oficina de la capital un anciano polaco que había logrado escapar de la guerra a través de Suiza. Tras una consulta de trabajo, pasaron a charlar sobre diversos temas. El señor le comentó que en medio de los trámites para venir a Colombia se encontró en el Consulado en Ginebra con un tipo “muy fino, que hablaba un exquisito alemán”. El distinguido personaje le contó que era abogado y académico, y que había vivido la mayor parte de su vida en Austria. Una conversación fugaz entre dos desconocidos que esperan. A la salida, una vez aprobado el pasaporte del polaco, se volvieron a cruzar.

El eminente profesor, originario de Praga, le informó que su petición de visa, con la intención de venir a impartir clases en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Colombia, había sido rechazada. Ni siquiera la intermediación de su buen amigo, el internacionalista Jesús María Yepes, cónsul de Colombia en Ginebra, tuvo éxito. “Usted debe saber quién es”, le espetó el anciano polaco a la fuente que pidió no ser citada.

Se trataba de Hans Kelsen, uno de los arquitectos del derecho moderno. Para muchos, el jurista más influyente del siglo pasado e inventor de una pirámide normativa que es parte esencial de cualquier programa universitario de leyes. Un tipo que además de sumergirse en la investigación jurídica se adentró en el estudio de los matices de la democracia. Paradójicamente, Kelsen es sobre todo reconocido como autor de La teoría pura del derecho, libro que sienta las bases para una visión científica de las leyes, independiente de la moral y la política. Hay razones para suponer que las autoridades en Bogotá no tenían claro quién era Kelsen o cuál era el lugar en el mundo del responsable de elaborar en 1920 el borrador de la constitución austríaca. Despierta curiosidad cuál habría sido su aporte al estudio y desarrollo de una estructura jurídica más sólida para nuestro país. El aporte de quien no hizo nada distinto de buscar un orden jurídico cosmopolita, condenando la guerra como medio de resolución de conflictos internacionales, y cuyo trabajo influyó en la acuñación de los crímenes contra la paz como concepto.

El teórico del derecho logró finalmente escapar con la ayuda de un grupo de científicos e intelectuales que se juntaron para salvar vidas a través de una institución llamada The New School for Social Research. La misma que ayudó a salir de Europa a la pensadora alemana Hannah Arendt. El vapor S. S. Washington, donde viajaron Hans, de 58 años, y Margarete Kelsen, de 50, atracó en el puerto de Nueva York el 21 de junio de 1940. Llegaron con la brisa sofocante del verano, unos rudimentos básicos de inglés y el reto de replantearse desde cero. El profesor Kelsen dedicó su vida en Estados Unidos a la misión de compartir sus teorías en las aulas de universidades como Harvard o Berkeley.

Los klappers

La primera oleada de judíos llegó a Colombia a finales del siglo XIX y principios del XX. Se trataba de sefardíes provenientes de Oriente Próximo. Años más tarde, impulsada por la catástrofe de la Primera Guerra y la incertidumbre de la Revolución de Octubre rusa, llegó una segunda tanda. Esta vez de askenazíes provenientes de la empobrecida Europa Oriental, en gran parte polacos de escasos recursos. Obtener una visa colombiana no representaba entonces mayor dificultad. A decir verdad, tampoco constituía un destino seductor. Era, más bien, una escala en el trasegar hacia Buenos Aires o Río de Janeiro.

Así pues, las ciudades colombianas se empezaron a habituar a la aparición de extranjeros a los que llamaban “polacos”, sin importar su país de origen. En su mayoría eran ciudadanos sin mayores estudios. Obreros o campesinos. No hablaban español. Y su único recurso para sobrevivir era el comercio: la venta de ropa y otros enseres que industriales judíos ya establecidos aportaban. Otras veces se trataba de contrabando que recogían en los puertos. Así lo recuerda, en una tarde nublada del Caribe, Arturo Watemberg, doctor en bioquímica de 81 años, que de niño acompañaba a su papá, un polaco que llegó a Barranquilla en 1929, hasta el antiguo terminal marítimo para reunir los artículos que luego vendían golpeando de puerta en puerta, ofreciéndolos con una novedosa forma de pago: a plazos.

A los nuevos vendedores ambulantes se les bautizó como klappers y, en palabras del ex presidente Alberto Lleras, la ropa que vendían supuso un cambio en el panorama hacia algo “menos pintoresco, más uniforme, pero también más igualitario”. Mucha gente reemplazó las ruanas y las alpargatas por vestidos y sombreros como los que se usaban en Europa. Y adquirieron zapatos y paños nuevos con mayor facilidad. En las capas más privilegiadas observaron con cautela esta suerte de democratización en la forma vestir. El sistema tampoco caló bien entre los gremios de comerciantes, que presintieron competencia desleal y pronosticaron un mayor desempleo. Las Cámaras de Comercio alrededor del país impulsaron campañas en su contra. La figura de los klappers fue estigmatizada.

Un estudio encargado al Comité de Protección del Ministerio de Relaciones Exteriores, sin embargo, señalaba en 1938 que el porcentaje de comerciantes judíos entre la comunidad inmigrante representaba un número inferior al que “se cree generalmente”. Y añadía: “Estos forman solamente un grupo pequeño, en tanto que la mayoría proviene de profesiones que indudablemente pueden calificarse como productivas, habiendo entre ellas varias casi no ejercidas hasta ahora en Colombia”. Se mencionaban algunas de sus actividades: la fundación del primer laboratorio farmacéutico que producía extractos de hormonas de difícil elaboración; una de las primeras fábricas de pinturas de laca en Barranquilla; una refinadora de oro en Bogotá y el primer establecimiento de aceite rojo turco, importante para las fábricas de textiles, entre otras.

Después de 1942, las solicitudes de entrada fueron escasas. En Europa la suerte estaba echada y en Colombia el debate en el Congreso había perdido fuste, a pesar de que las noticias iban desnudando la verdad del infierno en los campos de concentración. El único congresista que cuestionó el decreto 1723 fue el representante liberal Gerardo Molina, quien en un discurso ante el Congreso abrió el interrogante sobre la conveniencia de abrir las puertas a ciudadanos de regímenes totalitarios, muchos de ellos adeptos a los absolutismos, y dejar a su suerte a miles de apátridas cuya religión había sido convertida en delito por Hitler.

La sombra de la norma fue larga. En diciembre de 1945, pocos meses después del armisticio, un funcionario de la Joint (American Jewish Joint Distribution Committee), organización judía de ayuda a los refugiados, corregía una información del 25 de noviembre en cuanto a la supuesta voluntad del segundo gobierno de Alfonso López Pumarejo (1942-1945) de recibir a mil familias hebreas. La misiva da cuenta de que la inmigración judía en Colombia era muy reducida y que la intención era “limitarla a un número de profesionales técnicos”. Y aclara que, por el momento, las autoridades no tenían intención de conceder uno solo de los mil permisos mencionados.

Dos años más tarde, en julio de 1947, el caso de un viejo vapor estadounidense que originalmente transportaba pasajeros entre Baltimore y Virginia formó un jaleo diplomático entre Francia, el Reino Unido y Colombia. Los 4.500 pasajeros hebreos, en su mayoría sobrevivientes del Holocausto, se arracimaron en un puerto cercano a Marsella provistos de pasaportes timbrados con la visa de Colombia. En la madrugada del 11 de julio la nave President Warfield de 2.000 toneladas zarpó con falso pabellón hondureño, en supuesta dirección a Estambul. Un buque y un caza británicos le hicieron sombra desde que empezó aquel atropellado peregrinaje cuyo verdadero objetivo era llegar, ilegalmente, a tierras del protectorado británico de Palestina.

El asunto ha sido algo idealizado, y se relata en varios libros e incluso en una película de 1960 protagonizada por Paul Newman, pero la realidad es algo más turbulenta. Lo que ha quedado bailando en el limbo es el papel del cónsul de Colombia en Marsella, José Dolores Solano, un militar retirado, veterano de la guerra con Perú, sobre el cual las autoridades británicas y francesas desplegaron todo tipo de sospechas como responsable de la presunta venta ilegal de visas. Entre el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, la Embajada colombiana en París y la sede consular en puerto francés no se ponían de acuerdo sobre el origen de los sellos. Los ingleses, además, empuñaban todo tipo de argumentos para no recibir a los refugiados en Palestina, y los franceses insistían en que si los viajeros tenían permisos de entrada a Colombia, ese debía ser su destino último.

Desde Bogotá, el gobierno desmentía cualquier relación con las visas y replicaba a la prensa internacional una vez tras otra que eran documentos falsos y se debía investigar quién estaba detrás del fraude. La orden fue cortar la expedición de autorizaciones de entrada a judíos hasta que se desenredara el caso del buque. Conforme pasaban los días, el lío solo se complicaba. Los pasajeros del antiguo President Warfield, ahora rebautizado como Exodus,  no querían venir a Colombia. Ni tampoco quedarse en Francia. Su voluntad inquebrantable era llegar a Palestina. Entre tanto, rebotaban de un lado para otro navegando por el Mediterráneo.

En medio de la confusión, Solano reconoció finalmente que había expedido “solo 112” de las autorizaciones que según el registro de los franceses cumplían con todos los requisitos para considerarlas válidas. El escritor Yoram Kaniuk completa la crónica en su libro El comandante del Exodus. Tras muchos esfuerzos, escribe, el ex militar colombiano cedió a suministrar algunas visas por una “suma considerable de dinero”. Cuando se enteró de la cantidad de gente que incluía la excursión, propuso que se llevaran los sellos oficiales para que los estamparan ellos mismos, bajo compromiso de que los documentos serían quemados una vez en aguas internacionales. Tras varias semanas de caos diplomático los pasajeros fueron deportados primero a Chipre y después a Hamburgo, previa escala en Francia. Tres personas murieron. La embarcación se convirtió, dentro del imaginario sionista, en emblema del futuro Estado de Israel.

Carlos Holguín Holguín, secretario del Ministerio de Relaciones Exteriores, sentenció en el diario El Siglo del 23 de julio de 1947: “Personalmente tengo la función de autorizar a los cónsules la expedición de visas y no ha pasado por mi despacho visa colectiva alguna, y mucho menos para gentes que pudieran ser profesionales del comercio, porque el Gobierno, dándose cuenta de la grave competencia ejercida contra los comerciantes colombianos, ha restringido totalmente la inmigración de esos elementos”.

Ese fue el horizonte vital de una nación ensimismada en formas caducas de ver el mundo. Un Estado que desatendió la posibilidad de salvar miles de vidas del exterminio nazi. Es la historia de un cuerpo diplomático ineficiente, y a veces ventajoso, inmerso en una de las peores crisis de refugiados del siglo pasado. También es el relato de un aparato de poder embotado en ensoñaciones de pureza racial, prejuicios religiosos y resquemores económicos. La historia de un músico, dos adultos mayores austríacos y uno de los grandes teóricos del derecho es solo el retrato de tres destinos entre miles de proyectos que nunca llegaron a concretarse sobre suelo colombiano.

ACERCA DEL AUTOR


Politólogo y periodista. Colaborador habitual de El País de España.