La poesía medieval que lee Sixto Rodriíguez

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POR Andrés Cárdenas Matute

Decir que Sixto Rodríguez es una leyenda en vida no es una opinión personal. Cualquiera que haya visto Searching for Sugar Man, el mejor documental de 2012 según los Oscar, lo sabe: la historia de ese músico-albañil-poeta de los callejones de Detroit que aparentemente fracasó a inicios de los setenta pero que, sin saberlo, en Sudáfrica era más famoso que los Rolling Stones y se había convertido en un símbolo de la lucha contra el apartheid. Hace pocos meses, el mismo Rodríguez –pronunciado con acento gringo– que, supuestamente, se había suicidado frente al público prendiéndose fuego vino al Gran Teatro de Roma como parte de su gira italiana.

En la reseña del concierto para La Repubblica xl, el periodista cultural Adriano Ercolani establece una premisa clarificadora: artísticamente hablando –dice– estamos frente a la representación de un mito antiquísimo, frente al héroe que regresa al mundo para guiar a su pueblo; así que asistir a un concierto de Sixto Rodríguez, quien está ineludiblemente rodeado del aura de leyenda viviente, genera expectativas destinadas necesariamente a no verse satisfechas. Además es imposible repetir en serie lo que todos vimos suceder en Ciudad del Cabo a través del documental: ese milagro que es escuchar a media docena de estadios coreando de memoria, entre lágrimas, las canciones de un albañil de Detroit. Y sin embargo en el Gran Teatro de Roma nadie sale defraudado. El mismo Ercolani da algunas pistas: detrás de sus letras –y del mismo Rodríguez como persona– siempre corre un nervio de sabiduría, de inocencia, de espontánea y honesta creatividad. Como muestra se puede escuchar “Crucify Your Mind” o cualquier otra canción.

Sandro Veronesi pudo mantener con él, entre filmación y filmación, algo parecido a una entrevista, que después publicó en el suplemento cultural del Corriere della Sera. No es exactamente una entrevista por dos razones. Primero, porque el periodista italiano no entendía el inglés melancólico y en baja voz de Rodríguez, así que se limitó a leer las preguntas de su bloc de notas para después recurrir a un angloparlante que transcribiera el audio. Segundo, porque, aunque el músico sí comprendía las preguntas, se tomaba la licencia de desviarse por ramas más personales, algo parecido a lo que sucede en sus letras. Por ejemplo, Veronesi, citando la última línea de su canción “Cause”, le dice: “Te has graduado de filosofía y tienes más de setenta años, tal vez ahora puedes responder: ‘How many times can you wake up in this comic book and plant flowers?’”. A lo que Rodríguez contesta con reflexiones sobre la existencia del mañana, la esclavitud mental, los niveles del conocimiento humano, hasta decir: “He leído un montón de cosas sobre los antiguos, sobre los griegos y los romanos, tanto que se puede decir que tengo una formación grecorromana, y entiendo a Boecio y todas aquellas ideas. Por eso estoy feliz de estar en Roma”. ¿Entiendo a Boecio? ¿Por eso está feliz de estar en Roma? ¿Quién demonios conoce a Boecio?

Unir el término “grecorromano” directamente a “Boecio” no es de principiantes. Es rescatar de su hábitat de segundo plano a quien, incluso cronológicamente, fue el mediador entre la cultura antigua y la cultura medieval: tenía veinte años cuando corría el año 500 d. C. Además, es recordarnos la historia de ese político-filósofo-poeta que nació en Roma y creció en Alejandría, que fue condenado a muerte cerca de Milán, con una injusta acusación proveniente de las envidias de los senadores que utilizaron unas cartas sediciosas apócrifas. Fue el clásico pacto para eliminar el segundo al mando porque Boecio había llegado a ser, desde joven, la mano derecha del emperador ostrogodo Teodorico, quien dominaba gran parte del caos que era Europa. Boecio preveía la decadencia de su imperio: los invasores bárbaros ni siquiera sabían hablar latín y los bizantinos estaban por cerrar la Academia Platónica de Atenas por considerarla pagana. Así que dedicó su vida a traducir a varios filósofos griegos; a escribir tratados de música, astronomía, teología, matemáticas, filosofía, además de gobernar un territorio no precisamente pequeño.

Boecio no llega a los cincuenta años cuando está encerrado en la cárcel de Pavía esperando un proceso en el que ni siquiera pudo hablar en su defensa. Está casado y tiene dos hijos. Siente el frío aliento de la muerte en su cara, lo que le obliga a enfrentar la escritura desde una perspectiva distinta a la utilizada en sus páginas, por ejemplo, sobre la Santísima Trinidad. Le obliga a ser casi existencialista, a negociar con la melancolía. “Solo puedo entonar estrofas de dolor”, dice en la primera poesía de la obra que escribió allí encerrado, con el cronómetro regresivo en su oído: La consolación de la filosofía. Un cuadro del siglo XVII del pintor napolitano Mattia Pretti muestra a Boecio sentado en su lecho, meditabundo, con la cabeza apoyada sobre su mano izquierda, con los ojos en sombra, escuchando a la mujer que tiene delante. Una mujer luminosa, cubierta por un manto casi transparente que, según el relato, debe estar desgarrado porque algunos –“la turba de epicúreos, la muchedumbre de estoicos y las demás sectas”– se han llevado solo jirones de tela al tratar de poseerla. Ella es la Filosofía que viene a secar las lágrimas de Boecio con el pliegue de su vestido.

El espíritu humano de La consolación de la filosofía es una continua añoranza de algo perdido, llena de recuerdos oscuros, que no cesa de suspirar por algo supremo hacia lo cual no se encuentra la ruta. “Sed uelut ebrius domum quo tramite reuertatur ignorat”, escribió, literalmente, Boecio: como un borracho que no conoce el camino a casa. Los temas tratados en la obra –un ensayo que alterna poesía con prosa– son típicamente medievales: los bienes ficticios que proporciona la fortuna, cómo puede coexistir Dios con el mal, cómo puede coexistir la omnisciencia divina con la libertad humana. El filósofo romano advierte el riesgo de fragmentar en dinero, honor, poder, fama o placeres una felicidad que es originalmente indivisible, sin conseguir ni la parte ni el todo. Horas antes de que estallen sus ojos, Boecio escribe sobre la cárcel en la que nos puede encerrar nuestra propia libertad: de la misma manera como Orfeo perdió a Eurídice por voltear su vista hacia los infiernos.

En el documental Searching for Sugar Man vemos cómo, de la noche a la mañana, un músico-albañil-poeta de Detroit viaja a Sudáfrica para llenar casi una docena de conciertos seguidos. Todo el mundo grita sus canciones. Sus amigos, ya de vuelta a su barrio, entre la mezcladora de cemento y las mediciones de desnivel, no lo pueden creer. Uno de ellos, durante la última entrevista de la cinta, entre risas de cantina, cuenta que Rodríguez demostró cómo siempre se puede elegir: “Él asumió todo ese tormento, toda esa agonía, toda esa confusión y ese dolor, para transformarlos. Es como el gusano de seda, ¿sabes? Toma una materia prima y aparece algo que antes no existía. Algo que quizás sea trascendente, que quizás sea eterno. En la medida en que hace eso lo tengo por un representante del espíritu humano”. Algo parecido a lo que hizo Boecio 1.500 años antes con su muerte y, sobre todo, con su vida.

 

ACERCA DEL AUTOR


Andrés Cárdenas Matute

Ha colaborado con diversos periódicos y revistas en español. Actualmente vive en Italia, en donde realiza estudios de doctorado sobre filosofía del cine. Tiene un blog en el diario El Comercio.

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