El nuevo al-aire de Margaret Atwood


Dos novelas de la escritora canadiense reviven como series y se abren paso con fuerza arrolladora. El formato es otro y el mundo también, pero el mensaje sigue intacto: la distopía más peligrosa carece de robots y rebosa de moralismo.

POR Teresita Goyeneche

Ilustración de Hugo González

 

En 2017 dos producciones han logrado traducir del lenguaje literario al televisivo –con impecable maestría– dos novelas de la escritora canadiense Margaret Atwood. Ambas historias, narradas desde el íntimo flujo de conciencia de las protagonistas, nos hablan del poder ejercido por los hombres sobre las mujeres (sobre nuestros cuerpos y derechos) en el pasado reciente y en un futuro distópico, retratando los miedos de una gran porción de la sociedad, que avanza perpleja frente a los retrocesos que ha tenido la agenda de género en algunos de los países más poderosos del mundo.

Primero fue The Handmaid’s Tale, una serie de diez capítulos en su primera temporada, transmitida por Hulu, una plataforma de streaming por suscripción, y protagonizada por la actriz estadounidense Elisabeth Moss. Se trata de la historia de una mujer norteamericana de clase media alta que, en condiciones de sometimiento, es la criada en casa de uno de los comandantes del nuevo gobierno autoritario que controla la República de Gilead, antes conocida como Estados Unidos de Norteamérica.

En este nuevo Estado fundamentalista cristiano, los daños medioambientales han sido tan graves que se han extinguido casi todas las especies marinas y una epidemia de esterilidad se ha extendido entre los seres humanos. Las mujeres han perdido sus derechos y solo participan en la sociedad como esposas (en el mejor de los casos) o como empleadas del aseo, de la cocina o de la procreación: sus úteros ya no pertenecen al ámbito de su vida privada, sino que son recursos de interés público. Los hombres de alto rango tienen derecho a contar en casa con una criada para fornicar con ella durante sus días de ovulación, en presencia de su esposa y el resto del equipo doméstico, hasta dejarla embarazada . Es lo que Offred, la narradora, describe “la Ceremonia”. Ella, como todas las criadas, recibió su nombre al llegar a su nuevo lugar de trabajo: Offred, en inglés “de Fred”, en honor a su comandante, como se denomina a los propietarios.

La segunda producción es una adaptación homónima de la novela Alias Grace, que cuenta la historia en torno a uno de los casos de asesinato más memorables en Canadá: el de Nancy Montgomery y Thomas Kinnear, el ama de llaves y el dueño de la casa en donde fueron hallados sin vida en 1843. Los autores del crimen, James McDermott y Grace Marks, empleados de Kinnear, fueron juzgados y condenados a la pena de muerte. Aunque McDermott murió colgado cumpliendo su condena, a Marks le perdonaron la vida y después de treinta años fue indultada.

El libro, una pieza que entrelaza periodismo, poesía y ficción, es una reconstrucción trabajada por Atwood a través de archivos, notas de prensa y las memorias de Susanna Moodie, Life in the Clearings versus the Bush (1853), en las que leyó por primera vez sobre el caso. La novela se desarrolla con los detalles que la autora consideró más verosímiles y además presenta un personaje ficticio, el doctor Simon Jordan, un psiquiatra contratado por el ministro de la iglesia protestante local para estudiar la personalidad de la reclusa y determinar si era o no inocente, ya que Marks insistió siempre en que no recordaba haber participado en ninguno de los dos asesinatos.

La miniserie de seis capítulos, protagonizada por la actriz canadiense Sarah Gordon y transmitida por Netflix, despliega la complejidad, inteligencia y talento de Marks para la manipulación. Un personaje que, con el flujo de su conciencia, nos presenta una dinámica interior paralela a lo que va ocurriendo en la pantalla con el resto de los personajes. Así, en la historia se van hilando los motivos que desembocan en el asesinato. Los abusos del padre de Marks cuando ella era niña; la traumática migración desde Irlanda, en la que pierde a su madre; la muerte de su mejor amiga, Mary –otra criada en casa de su antiguo empleador–, causada por un aborto mal practicado después de tener una relación amorosa clandestina con el hijo de sus jefes; y finalmente, la conjunción y materialización de todos sus traumas: la fijación por su jefe, Kinnear, quien tiene una relación de concubinato con Montgomery, su ama de llaves, ahora embarazada, como lo estuvo Mary antes de morir.

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En la edición de septiembre de 2017 de la revista Harper’s, la periodista Seyward Darby escribió un reportaje sobre el ala femenina dentro de la Alternative Right (Alt-Right), o Derecha Alternativa, un movimiento con fuerte presencia y poder en el mundo digital, que busca convertir Europa y Norteamérica en territorios habitados completamente por personas blancas. El trabajo se desarrolla alrededor de la activista estadounidense Lana Lokteff, anfitriona del programa radial Radio 3Fourteen, transmitido en el canal digital Red Ice, fundado hace quince años por quien ahora es su esposo, el sueco Henrik Palmgren. El eslogan del canal es “El futuro es el pasado”.

Lana es una mujer rubia, atractiva, que sobre el final de sus treinta ha logrado despertar simpatía entre mujeres norteamericanas cansadas del sistema. Mujeres que no encuentran espacios solidarios para madres con principios cristianos y conservadores; o que se sienten decepcionadas del mundo académico, porque las universidades admiten a todo tipo de personas (minorías, extranjeros, etc.) que después entran a competir como iguales en el mundo laboral; o mujeres desencantadas que sienten que el feminismo las traicionó vendiéndoles un ideal imposible en el que deben, sin apoyo, ser esposas, trabajadoras, pagar impuestos y criar hijos buenos y saludables. Todas ellas piensan que el rol actual de la mujer occidental, más que potenciar sus capacidades, la ha subyugado.

La Alt-Right promovió con ímpetu la campaña del ahora presidente de Estados Unidos, Donald Trump, haciendo uso de sus herramientas virtuales (campañas en redes sociales, cadenas de mensajes en WhatsApp, difusión de memes e información engañosa a través de perfiles ficticios), un mundo en el que tiene alta ventaja frente a otros movimientos. Stephen Bannon, uno de los hombres de confianza más cercanos a Trump y hasta hace unas semanas jefe de estrategia de la Casa Blanca, es socio fundador de Breitbart News, otro medio de la Alt-Right que promueve información sesgada con contenido racista, sexista, antisemita y xenófobo, y que cuenta con cientos de miles de seguidores.

Durante los meses en los que Bannon ocupó el cargo público, la administración de Trump adelantó una lista de acciones para congraciarse con sus seguidores supremacistas. Entre ellas, se destacan la firma de proyectos de ley contra el programa Planned Parenthood que, entre otras cosas, promueve abortos seguros y el uso de anticonceptivos; a eso se suma la nueva medida que prohíbe a personas transexuales ser parte del cuerpo militar del país. Aunque desde agosto Bannon ya no hace parte del gabinete del presidente, líderes del movimiento como Richard Spencer dicen que la Alt-Right sigue fuerte y creciendo.

Según el reportaje, Lokteff cree que las mujeres no deberían votar y que, en cambio, cada hogar debería representar un voto como una unidad liderada por el hombre. Ella, que considera que tiene un “cerebro de hombre”, opina que las mujeres podrían seguir ayudando a moldear la conversación pública. “Como no somos intimidantes físicamente, podemos decir grandes cosas sin ser una amenaza”, explica. Una contradicción andante a la que Atwood hace espejo con sus personajes. El ejemplo más claro en The Handmaid’s Tale es Serena Joy, una mujer alta, rubia y entrada en los cuarenta, esposa del comandante en la casa donde trabaja Offred. En el presente de la historia, las esposas se encargan de trabajos de alto perfil dentro del hogar, como la jardinería y la costura, pero no tienen voz ni voto en el mundo político. Serena Joy, sin embargo, había sido una de las voces más poderosas en el movimiento que dio como resultado el nacimiento de Gilead; una líder, como Lokteff, de esos Estados Unidos –tan enmarañados como los actuales– en donde ella consideraba que las mujeres debían cumplir su rol de madres en casa, sin voto ni poder financiero. No obstante, durante toda la narración, se presenta como una mujer insatisfecha, infeliz y decepcionada. En ese presente, Serena Joy no ayuda a moldear la conversación pública, porque ya no tiene voz.

En el caso de Alias Grace, Nancy Montgomery es una arista de esta narrativa, de ese pasado que quieren convertir en futuro. Montgomery cree, como nos cuenta Marks, que ella puede estar por encima de la regla en un mundo gobernado mayoritariamente por la fuerza física de los hombres. En ese pedestal deja de ser una empleada oprimida y se convierte en opresora. Marks va develando que el principal motivo para asesinar a Montgomery es lograr equilibrio y justicia para Mary, su amiga, obligada a aplicarse un aborto por falta de garantías sociales, muerta por esas mismas carencias. Montgomery no debe tener lo que Mary no tuvo, o sea, no puede seguir con vida después de parir un hijo ilegítimo del amo.

Pero, de manera contradictoria, Marks envidia y quiere para ella ese poder, así como ganar dominio a través del deseo que los hombres sienten por ella y ser la mujer de alguien rico. El desenlace de esta tragedia es el feminicidio de Montgomery y la condena de Marks a un infierno de treinta años.

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Dos mujeres, una del pasado y otra de un futuro imaginario. Están en casas distintas, una en Kingston, Ontario, y la otra en lo que solía ser Cambridge, Massachusetts, la ciudad que hospeda a la Universidad de Harvard. Ambas llevan tocados en la cabeza, del tipo que uniformaba a las empleadas del servicio doméstico en el siglo XVII. Una de ellas viste de azul oscuro, la otra de rojo. La voz de la mujer del porvenir apócrifo se proyecta desde su cuerpo, sentada y tiesa como está, a contraluz, frente a una ventana de cortinas blancas. La voz de la mujer del pasado es un monólogo mental, una justificación que se maquina en su cabeza ansiosa, frente a la cámara, en una alocución frente a unos jurados que ya no existen. Dos mujeres, ambas blancas, ojos claros, jóvenes.

Margaret Atwood comenzó su carrera como novelista a finales de los años sesenta y desde entonces ha escrito más de una decena de obras que se suman a su trabajo de poesía, no ficción, guion y dibujo, haciéndola merecedora de innumerables premios y reconocimientos. Además, fue presidente de la prestigiosa asociación internacional de escritores pen en Canadá y actualmente es vicepresidenta a nivel global. El cuento de la criada es su sexta novela, publicada en 1984, y Alias Grace, su novena novela, fue publicada en 1996. Desde que el movimiento feminista nació oficialmente en los sesenta, Atwood se ha considerado activista y esa filiación ha marcado su proceso creativo.

Ambas producciones de televisión están enmarcadas en una coyuntura que parece apremiante, y han logrado que las historias, originalmente literarias, alcancen nuevos espacios dentro de la cultura popular de Norteamérica. En un país donde, según cifras de Gallup, cada persona lee en promedio cinco libros al año (en Colombia el promedio es de alrededor de dos libros al año), y en donde, según la misma compañía, el número de no lectores llegó a triplicarse entre 1978 y 2014, es un hazaña lograr crear el puente entre las letras y un sector poblacional cada vez más comprometido con las pantallas. Solo haciendo la suma en los Estados Unidos, Netflix y Hulu tienen alrededor de 62 millones de suscriptores en conjunto. Cada uno de ellos es un individuo, pero también una familia, en un país de más de 320 millones de personas. Todo esto para volver a lo definitivo: 33 años después de haberse publicado El cuento de la criada, la adaptación televisiva ganó ocho Premios Emmy en 2017, entre ellos al mejor guion de drama, a la mejor serie dramática y a la mejor actriz en serie dramática.

No hay que olvidar que se trata de una novela escrita en Berlín Occidental durante la primera mitad de los años ochenta, una alegoría de la vida al borde del fin del mundo en plena guerra fría. Un libro que, además, recurre a una narración en presente, al mejor estilo de Primo Levi en Sobreviviendo en Auschwitz, acerca de estar preso en esa nueva realidad viciada que parece irreversible. La obra es un referente tan fuerte que frases como “El cuento de la criada no es un manual de instrucciones” o “devuelvan a Margaret Atwood al mundo de la ficción” han sido usadas en carteles de protesta contra la administración de Trump.

Para lograr hacer una transición eficaz del papel a la pantalla, debieron realizarse algunas concesiones. En el libro, el personaje de Offred es tan sugestivo, tan impulsado por el verbo “querer” y perspicaz con el lenguaje como lo es en la serie. Sin embargo, y tal vez para capturar la audiencia contemporánea, el personaje televisivo tiene más rasgos de semidiosa y es menos mojigato.

En ambas obras, sin esconderlo, Atwood habla desde el privilegio de ser una mujer blanca y dibuja una realidad pasada y una probabilidad futura para exponer problemas estructurales de una sociedad administrada y legislada por hombres. Siguiendo las premisas entregadas por la feminista francesa Hélène Cixous en los años setenta, la autora canadiense ha escrito novelas de fenomenal literatura sobre mujeres, desde sus cuerpos, y por ende, sobre la humanidad misma. Pero ponerlas sobre el papel no fue suficiente, había que llegar más lejos, había que hablarle, si era posible, al mundo entero. Para eso, las adaptó al lenguaje universal de la imagen. Y así se hizo la luz en las pantallas y se posó sobre antiguas tinieblas. Ahora tenemos rostros para esta heroína y esta villana, ambas criadas, ambas transgredidas y transgresoras. Las dos tienen voz y la usan para decir lo que piensan y quieren; y sí, ahora son escuchadas.

ACERCA DEL AUTOR


Teresita Goyeneche

Fue finalista del concurso Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa en 2017. Es columnista de La Silla Vacía y ha colaborado con medios como Vice y con la cadena Univisión.