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El Malpensante

Ficción

Stol

Un documentalista examina el cielo en la ribera del Inírida, junto a los cerros de Mavecure. Con él, espera un grupo de montañistas y actores. El piloto que transporta los equipos de filmación se acerca con cautela a la pista improvisada.

© Bomba Estéreo | Ruven Afanador | Marca País Colombia

Las cosas no estaban como para recordar lecturas hechas en mi juventud, pero no sé comenzar de otra manera: aunque estaba seguro de que la avioneta no estallaría en llamas, en cuanto pude salir de la carlinga me dejé caer a tierra y me alejé renqueando todo cuanto pude, solo unos pocos pasos, antes de darme vuelta. Entonces vi los cerros sagrados de Guainía y pensé sin palabras ni extrañeza en las penínsulas ovoides que emergen de la bahía de Long Island en El gran Gatsby.

Los cerros del Macizo Guayanés son tres, pero quizá a causa de la conmoción producto del choque me pareció ver solo dos enormes huevos de la era mesozoica.

La mansión de Jay Gatsby está en el Huevo Occidental, el huevo del dinero nuevo. Desde su jardín, Gatsby puede ver, justo al frente, la mansión de Daisy y su marido, Tom, al otro lado del brazo de mar, en la cima del East Egg, el huevo del dinero viejo. Desde allí Nick, el anhelante, el enamorado de Minnesota, ha visto las fiestas que Daisy da a sus amigos trasnochadores.

Todo el jazz del Crack del 29 regresó en tropel, como digo, sin palabras, mientras el dolor ascendía bramando desde la cintura hacia mi nuca y yo comenzaba a sentir un balón de rugby inflándose detrás de mi esternón. Me había fracturado la cadera y la tibia del lado izquierdo. Primero ocurre el trauma; el dolor tarda en llegar. Justo cuando comenzaba a sentirlo y me percaté de la lesión, mis piernas cedieron y los cerros sagrados se despidieron de mí.

El Cessna 182 es el artefacto más razonable y digno de confianza que conozco, diseñado por el hombre, después del sacapuntas Ticonderoga de manivela. Un aparato tan bien pensado requiere un cabeza de chorlito triple a, un tipo como yo, para estrellarlo.

Cuando avisté el claro lindante con una laja ribereña del hondo e impetuoso río Inírida, en cuya margen izquierda el maestro Sosa había asegurado que podía aterrizar, descendí hasta 300 pies para darle el vistazo reglamentario.

La sabanita era una pista natural, no tendría arriba de 400 metros y lucía muy parejamente nivelada, en modo alguno anegadiza como la mayoría de las ...

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