De la autonomía y sus amenazas

La crítica está amenazada por su propio rigor y por ciertas trampas que limitan su autonomía. Es preciso, por lo tanto, aplicar en ella una suerte de contrainteligencia permanente si se quiere ejercerla con provecho.

POR Jesús Silva-Herzog Márquez

© Corbis

 

Por inamistosa que parezca, toda crítica es una oportunidad. Habrá quien la vea, simplemente, como un acto de agresión; otros verán en ella un desafío, una convocatoria a repensar lo hecho, lo dicho o lo callado. En el despoblado de las polémicas nacionales se trata, casi, de un obsequio. Interpelación que llama a un examen de lo propio. Quien decide ignorar un cuestionamiento dejará pasar una ocasión para ejercer la autocrítica, esa responsabilidad crucial de quien aplica a otros el dictamen de su opinión.

A un lado del intenso debate que se ha oxigenado en estos días sobre la libertad de expresión corre una discusión paralela: el debate sobre la responsabilidad. Mi impresión es que el contorno de la responsabilidad crítica se ha transformado de manera importante en los últimos años y merece una puesta al día. El oficio de la crítica se funda, en cualquier tiempo, en distancia e independencia. Sea cual sea el grado de compromiso político, entiendo que el crítico debe cuidar, ante todo, su autonomía. Alcanzo a ver tres amenazas a ese distanciamiento necesario: los embrujos de una causa; las trampas de la vanidad y las ataduras del poder. Trataré de exponer la naturaleza de esas amenazas, advirtiendo de entrada que no hay nadie que pueda declararse definitivamente inmune a estas presiones. Si las señalo es porque creo que es importante tenerlas en mente para encararlas de mejor manera.

Sólo desde la soledad del escritorio puede ejercerse la función crítica de manera cabal. Cuando alguien habla a nombre de algo o alguien distinto a la primera persona del singular, ha dejado de ser un crítico para ser otra cosa: publicista, abogado, párroco o militante. Una misión puede ser un faro de orientación, un estímulo. También puede ejercer chantaje: ver el mundo desde un solo mirador es un empobrecimiento; verlo como una sola causa es un demérito mayor. Tengo la impresión de que el crítico que deja de examinar las cosas desde la duda y las observa desde alguna fe termina atrapado por un prejuicio gratificante. La tarea de discernimiento se pierde cuando el mapa del mundo se ha organizado en blanco y negro: el continente de los buenos y el territorio de los enemigos. Esa épica de la Causa puede convertirse en el nuevo opio intelectual.

La seriedad de la crítica exige que el crítico no se tome, él mismo, demasiado en serio. Supongo que sería atractivo imaginarse salvador de algún país perdido, pero la vanidad de sentirse redentor es el mayor extravío imaginable. Sin cierta ironía, la labor del crítico resulta risible. A decir de Weber, en los círculos intelectuales anida naturalmente una enfermedad profesional: la vanidad. El intelectual es un personaje afectado que tiende a ponerse en el lugar más visible, tiene la certeza absoluta de poseer la razón profunda o la moral verdadera y mira hacia abajo a los otros que vegetan en la comodidad o sobreviven en la penuria. Sólo él, el intelectual, tiene acceso a la verdad, a la razón, a la belleza. Él ve las cosas a plenitud, desde lo alto, desde lo verdadero. Sugería el sociólogo alemán que esos achaques eran inocuos: no lastimaban su obra ni demeritaban su genio. Discrepo de Weber, sobre todo si hablamos de eso que se ha dado en llamar el “intelectual público”. La vanidad será irrelevante para un escultor pero no para un crítico de la política. El envanecimiento no es solamente un espectáculo teatralmente antipático, es, sobre todo, un extravío: abandonar el examen y la duda para subordinarse a un proyecto de autohomenaje. El aplauso puede convertirse de este modo en una coacción tan corruptora como el dinero. La enemistad de un perverso puede ser, también, la medalla más codiciada. Si la crítica reclama una constante búsqueda de distancia, la noción del intelectual-misionero impide definitivamente ese desapego.

La independencia de la crítica ha tenido desde siempre un principio amenazante: el poder político. Gobiernos y partidos como enemigos mortales. Frente a estos dominios, la ruta de independencia parecía bastante clara: rechazar cualquier colaboración, cualquier subsidio, cualquier ayuda. La crítica se legitimaba en su apartamiento de ese imperio. Pero ya no puede pensarse que aquellos poderes políticos sean los únicos que nos someten. En la selva de los poderes privados hay también un cúmulo de intereses efectivamente reinantes. ¿Cuál ha de ser la actitud del crítico frente a esos poderes? Desde luego que debe ser tan punzante, tan severo y tan agudo con ellos como con cualquier otro. El problema es que, con frecuencia, los instrumentos de comunicación pertenecen a los grandes conglomerados de poder económico. El crítico ejerce su labor, cada vez más, desde una casa ajena. Su tribuna no se encuentra en una instancia incolora y neutral, refugiada en los márgenes de la política; por el contrario, se ubica en los consorcios de agentes interesados y políticamente activos. La pregunta sobre la autonomía de la crítica en estos tiempos adquiere, por ello, una complejidad adicional. Una actitud radical llevaría a renunciar a cualquier nexo con intereses no solamente políticos sino económicos. Para evitar la posible traición del clérigo, ¿habría que prescribir el aislamiento monacal? En todo caso, la responsabilidad del crítico seguirá estando en lo que dice y en lo que calla. De ambas labores tendrá que rendir cuentas.

Insisto en que estas amenazas rondan constantemente la labor del crítico. No abundan los santos que carezcan de impulsos de vanidad; ni los paseantes carentes de vocación de influencia; ni los cartujos del aislamiento pleno. Sólo quiero decir que hay que estar alerta ante la embestida de estas trampas.

ACERCA DEL AUTOR


Jesús Silva-Herzog Márquez

En 2013 fue elegido miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Colabora regularmente con el diario Reforma y con la revista Nexos.

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