Crononáutica

A propósito de los viajes al pasado

El historiador es un mediador entre las generaciones pasadas y las del presente y el futuro. Curiosamente, el diálogo que establece con los muertos no comienza en los archivos que visita, sino en el trayecto que lo conduce hasta ellos.


 

POR Daniel Gutiérrez Ardila

Crononáutica

Imagen por Camilo Uribe Posada: @CamiloUribePosada

Los historiadores acceden al pasado gracias a los archivos, pero primero deben llegar hasta ellos. El más importante de Colombia queda en pleno centro de Bogotá, allí donde el  barrio de La Candelaria empieza a transformarse en el de Las Cruces. La clave del emplazamiento parece ser precisamente su carácter fronterizo, el equilibrio virtuoso entre el patrimonio santificado y el presente sin afeites, el llamativo contraste de los encorbatados de las oficinas gubernamentales con los soldados del batallón Guardia Presidencial, los artesanos de los talleres de ebanistería o los negociantes de puertas y ventanas de demolición.

Llegar al Archivo Histórico de Antioquia, en el centro de Medellín, es también un viaje alucinado. Descender las escaleras del metro o apearse del bus es pasar por entre los bebedores callejeros de café tinto y los desempleados del Parque de Berrío, cruzar miradas con los mendigos descalzos que aspiran pegante, encararse con el señor que vive de “calcular el peso” a los transeúntes en una báscula casera y entrar en el edificio neogótico que un arquitecto belga (Agustín Goovaerts) plantó en medio de la ciudad, como si presintiera que había de convertirse en refugio de mundos extintos.

Recuerdo como una ascesis misteriosa el trayecto en el tren de cercanías que me llevaba al Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia en un vagón atestado de inmigrantes, cuyas pugnas cotidianas desprestigiaban la capital cercana como mero espejismo o endeble artificio turístico.

Cada vez, entonces, la primera etapa del viaje al pasado consiste en una colisión con realidades ajenas a la universidad y al barrio residencial. Para remontar el tiempo hay que incorporarse primero al barullo, entrar de lleno en el hervidero, hacer parte del movimiento de todos los seres. Solo entonces se obtiene el visado de silencio que permite a unos pocos dialogar con los muertos en la sala de consulta.

Sí: algo se descompone en ese trayecto que disuelve en la inmensidad de la ciudad la casa y el desayuno. Lo cotidiano pierde sentido, la familiaridad se resquebraja, la identidad misma tambalea, como si de eso dependiera el intercambio con lo que fue. No es solo una percepción nítida de la fugacidad del tiempo o del espectáculo hormigueante del mundo. Es también una advertencia oportuna acerca del pasado que nos intriga y al que conoceremos solo a través de fragmentos mínimos, tan elocuentes entonces por lo que dicen como por lo que callan. ¿No estaba ahí toda esa gente hace un instante, gesticulando en mil idiomas distintos? La crononáutica propicia así una actitud favorable a los coloquios de ultratumba. Las manos tocarán después un papel tan longevo como ciertos árboles. La lectura dará nueva vida a las palabras que hibernaron por décadas o siglos. A veces, incluso, aparecerá en el folio la arenilla que se usó para secar la tinta, con el brillo de una coagulación reciente.

Los verdaderos archivos, aun los más humildes, tienen siempre una solemnidad que intimida y estremece. En las notarías pueblerinas, por ejemplo, se puede asistir a la representación de la misma escena con siglos de intervalo. Las escrituras de los tomos jubilados tuvieron también como antesala estas conversaciones destinadas a concretar la venta de una finca o a otorgar un testamento. Esta comunidad patente con los difuntos solo se explica por el cumplimiento de un milagroso itinerario sembrado de peligros. En la Casa de la Convención (en Rionegro, Antioquia), se paliaba hace unos años la falta de atriles con directorios telefónicos y las goteras del techo amenazaban manuscritos centenarios, que se revelaban nítidamente como sobrevivientes victoriosos de muchos embates. 

Los archivos nacionales suelen requerir edificios majestuosos, capaces cuando menos de albergar en sus depósitos decenas de kilómetros lineales de documentos. El Archivo General de la Nación resguarda así tomos y cajas cuyos lomos puestos en fila india ocuparían los 130 km que hay entre Bogotá y Girardot. Pero, la solidez de estas construcciones no las aísla del mundo. De hecho, por los ventanales de la sala de consulta se cuela el ruido de la vida: los carros que frenan, los buses que pitan, las ofertas del vendedor ambulante de aguacates o de baratijas (a mil, a mil)... Uno levanta la mirada del manuscrito y piensa que entre aquellos hombres que ha convocado hoy y los que son puro gerundio y estruendo hay una relación innegable, a pesar de las apariencias. La historia que se escribe no podrá ser entonces pintoresca, quiero decir, recorte puritano, idealización inmaculada, museo de esquematismos, categorías estancas, tipos ideales y atajos panfletarios. El pensamiento maniqueo es un paisaje de consolación que se fabrican quienes se empeñan en corregir el universo.

El antropólogo francés Maurice Godelier recordaba en 2007 que las diferencias con los demás ("alteridad") son siempre relativas, nunca absolutas, y afirmaba que por eso mismo podemos comprender individuos o grupos humanos distantes en el tiempo o en el espacio. Para lograrlo, insistía el antropólogo, es necesario un distanciamiento con respecto a nuestro yo íntimo y social y la elaboración, con el concurso de los instrumentos teóricos y prácticos de las ciencias sociales, de “un Yo cognitivo”. Los artistas consiguen un extrañamiento semejante. Thomas Mann al celebrar las xilografías de Frans Masereel se refirió al talento que este tenía para observar el mundo cercano como un forastero y alabó la libre afectividad con que escrutaba la realidad, insistió Mann, como si no perteneciera a ninguna clase social.

El historiador viaja en el tiempo a través de documentos muy diversos: si puede leerlos y entablar relaciones con hombres por lo general desaparecidos es porque él también hace parte de una sociedad humana. Cuando sus ojos se deslizan por periódicos preservados de milagro o por las palabras compuestas tiempo ha por el escribano o la mecanógrafa, algo inerte se conmueve y pulsa. Es como si un pez invisible surcara de repente las profundidades o como si una luz escasa espejeara de pronto. En nuestra experiencia cotidiana retumba la vida pretérita y en los rastros del pasado sentimos el vértigo de ser por un instante.

batipelágico

Ilustración de Camilo Uribe Posada


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ACERCA DEL AUTOR


Daniel Gutiérrez Ardila

Historiador. Especialista en el período independentista colombiano. Ha publicado tres libros sobre su tema de estudio y, en 2019, una historia narrativa sobre la campaña libertadora. Docente e investigador de la Universidad Externado de Colombia.

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