De cierta manera: Historia y matices

Saporta y Bernabéu: la delantera sefardí y franquista del Real Madrid

 

Una columna de Javier Ortiz Cassiani.

Recordado por ser uno de los directivos más importantes en la historia del equipo merengue, Raimundo Saporta siempre ocultó su origen sefardí. Y así se fue urdiendo la paradoja de un judío que engrosó con descaro las filas del franquismo y quien fue la mano derecha –o, más bien, ultraderecha– de Santiago Bernabéu.

POR Javier Ortiz Cassiani

Saporta y Bernabéu: la delantera sefardí y franquista del Real Madrid

Visado de entrada a Brasil de Raimundo Saporta en el que consta París como ciudad de nacimiento.

 

Ortega y Gasset –que escribió cuando el bollo salía del horno– dijo que el fascismo era el resultado del descuido de la democracia y el liberalismo más que de la coherencia de sus principios. Ni siquiera llevaba dentro el germen de su propia destrucción: “Su verdadera naturaleza está fuera de él, detrás de él”; administraba “una fuerza negativa, una fuerza que no es suya”, de modo que su poder no se fundamentaba en su acción, sino en la pasividad del sistema de libertades que debía hacerle frente. “Por cualquier parte que tomemos el fascismo –apuntó en una frase de tuitero avant la lettre–, hallamos que es una cosa, y a la vez la contraria, es A y no es A”. La paradoja es que pocos años después, las mismas letras de Ortega y Gasset servirían de levadura para amasar el bollo del fascismo español, compuesto por una masa maleable en la que cabían el aprecio a la monarquía, un catolicismo ultramontano, los principios de los juristas y teólogos españoles del siglo XVII, el desprecio a los principios revolucionarios del XVIII y la pedagogía teatralizada de Mussolini y Hitler.

En medio de este totalitarismo –matizado por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial–, se movió con éxito un judío sefardita banquero, pero sobre todo un destacado dirigente deportivo. Se llamaba Raimundo Saporta Namías. Sin duda, cualquier español sabe quién fue porque su desempeño era de público y notorio conocimiento: vicepresidente del Real Madrid en los tiempos de Santiago Bernabéu, gerente de la organización del Mundial de Fútbol España 82 y directivo destacado del baloncesto ibérico, europeo e internacional. Lo que pocos conocían era que quizás se había salvado de terminar en un campo de concentración nazi junto a su familia gracias a unos curas claretianos de la Misión Católica de Lengua Española en París. Un reportaje publicado a comienzos de octubre del año pasado en El País Semanal cuenta que entre 1940 y 1944, durante la ocupación alemana de Francia, estos sacerdotes habían realizado 155 falsos certificados de bautismo y matrimonio a familias de judíos sefardíes en su mayoría, para evitar que el gobierno de Vichy –en plena vigencia del Estatuto de los Judíos– las arrestara.

 En esa lista estaba Raimundo Saporta y su familia: Jaime Saporta, su padre; la madre, Jimena (Simone) Nahmias (la h se fue perdiendo en el proceso de asimilación), y su hermano mayor, Marcelo Saporta. Raimundo tenía 16 años. A mí me asaltó el morbo y la paradoja histórica: ¿cómo había terminado un judío –convertido en volandas al catolicismo a través de una protectora farsa sacramental– siendo el hombre de confianza de Santiago Bernabéu para la administración del club de fútbol más poderoso de España, al que siempre se asoció con el franquismo? Hay tela para cortar, o mejor, para hilar retazos de diferentes colores y texturas.

 Habían pasado los tiempos de la exhibición de la pata de jamón en el dintel de la puerta como símbolo de conversión, pero eran los del señalamiento con una estrella amarilla en la solapa. Cuando los Saporta llegaron a Madrid en 1941 ocultaron su origen judío. Se sabe que el padre de Raimundo murió arrollado por un tranvía y que la madre le guardó luto eterno, sin señas hebreas, con la actitud de una refinada dama francesa, viuda de un banquero español. La cosa era compleja. Los Saporta son descendientes directos de los judíos sefardíes expulsados de España en 1492, y si la curiosidad nos lleva a los orígenes, encontraremos que uno de sus ancestros había sido el médico de Abderramán III (929-961) y de Al-Hakam II (961-976) durante dos de los períodos de mayor esplendor del Califato de Córdoba. Raimundo siempre dijo que su padre era español, su madre francesa, que él también había nacido en Francia y que se fueron a España durante la Segunda Guerra Mundial. Digamos que el padre era español de cierta manera: en 1924 se había acogido al decreto “sobre concesión de nacionalidad española por carta de naturaleza a protegidos de origen español”, promulgado por la dictadura de Miguel Primo de Rivera. En realidad, había nacido en Salónica –principal refugio de los judíos expulsados en 1492–, el 27 de septiembre de 1887. Raimundo y su madre no eran franceses de ninguna manera: ella nació en Constantinopla el 8 de febrero de 1902 y allí mismo lo parió a él, el 16 de diciembre de 1926. Tres años antes había nacido su hermano Marcelo. Con la anexión de Salónica a Grecia en 1912, muchas familias judías se trasladaron a Constantinopla, lugar donde Jaime y Jimena se conocieron y luego se casaron. En 1929 la familia se iría a Francia.

Los detalles del origen se revelaron en el año 2014, cuando Fernando Arrechea Rivas y Víctor Martínez Patón, dos historiadores del deporte, encontraron el expediente estudiantil de Raimundo Saporta en el Lycée Carnot, en París, donde se consignaba sin atenuantes su lugar de nacimiento. “Raimundo Saporta dijo alguna vez que no escribiría sus memorias ‘porque tendría que mentir’ ”, así comienzan Arrechea y Martínez su artículo “El secreto de Raimundo Saporta”, publicado en la edición de mayo de ese mismo año de la revista Cuadernos de Fútbol, del Centro de Investigaciones de Historia y Estadística del Fútbol. Pero mucho antes, en junio de 1978, un texto firmado por el escritor y periodista Gregorio Morán en la revista Triunfo, dedicado a Santiago Bernabéu a propósito de su muerte, mencionaba la complicidad discreta de Saporta con el que fuera por 35 años presidente del Real Madrid, y dejaba claro que venía de una “familia judía procedente de Estambul”. Morán quería grabar a fuego el origen de Saporta y para eso rebuscó situaciones que pegó con malicioso engrudo. El mismo día de la muerte de Bernabéu –el 1º de junio de 1978–, varios diplomáticos turcos fueron asesinados en España, y Morán no dudó en destacar como una “curiosa coincidencia” que, también el mismo día, “un hombre mitad turco, mitad sefardita, como Raimundo Saporta” asumiera la presidencia interina del Real Madrid.

Arrechea y Martínez no mencionan el texto de Morán en su artículo. Es curioso: La Vanguardia, periódico de Barcelona, hizo eco de la investigación de la pareja de historiadores y registró la noticia con un lead que decía: “Descubren el origen real de Raimundo Saporta, impulsor de baloncesto y mano derecha de Santiago Bernabéu”. El País no dijo nada; apenas hubo una referencia de menos de una línea, y entre paréntesis, en una nota del blog que el veterano periodista Alfredo Relaño tiene en el periódico. La vez que el diario se refirió a sus orígenes en un artículo publicado el día de su muerte –el 2 de febrero de 1997, a los setenta años– acudió al mismo libreto que repetía Saporta: “Nació en París [...]. Hijo de padre español y de madre francesa, vivió en París hasta la invasión alemana en la Segunda Guerra Mundial”. Tampoco se hablaba de eso en la familia. Cuando invitaron a Karine Saporta, sobrina de Raimundo e hija de Marcelo –el hermano mayor que prefirió volver a Francia después de que acabó la guerra, adoptar la nacionalidad francesa y convertirse en un escritor y traductor destacado de literatura estadounidense–, que viera los archivos claretianos donde aparecían los falsos registros sacramentales de su padre, de su tío y de sus abuelos, dijo que nunca había oído hablar de esa historia en su familia. Lloró de la sorpresa: “Nunca pregunté, pero nunca me lo dijeron”.

La cosa es compleja. Dos años antes de que los Saporta llegaran a Madrid huyéndole al antisemitismo nazi, Francisco Franco, en el discurso de fin de año, agradecía a los Reyes Católicos por haberle ahorrado a España el “problema judío” con el destierro de 1492, de modo que ahora dicho pueblo no representaba ningún inconveniente y el camino estaba despejado para sumarse a la guerra en favor del Eje cuando fuera necesario. Pero por otro lado, el mismo año del arribo, se inauguraba la Escuela de Estudios Hebraicos adscrita al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y se imprimía el primer número de la revista Sefarad, que ochenta años después se sigue editando. Las cosas se explican mejor cuando renunciamos al binarismo y la contradicción como únicas alternativas.

 

Saporta o Bernabeu
Esta caricatura, en la que Saporta abraza efusivamente a Henry Kissinger, acompañó la columna que Vázquez Montalbán le dedicó en 1982.

Cuando apenas era un joven y delgado coronel de 33 años, al que todavía no se le habían ensanchado las caderas que le dieron esa figura cilíndrica reconocible al vuelo, Franco –como parte del Ejército español que defendía el Protectorado instaurado en Marruecos en 1912– tuvo muestras de simpatía con los judíos. En un texto que escribió para la Revista de Tropas Coloniales en 1926, recordó que cuando sus hombres se tomaron Chauen –una ciudad en Marruecos– los judíos que la habitaban lloraron de alegría “y con su típico acento y vocabulario castellano antiguo vitoreaban fervorosos a la Reina Isabel, a la Reina buena”. Toda muestra de colonialismo español después de 1898 se sustenta en la nostalgia. El año 1492, el de la expulsión de los judíos y el descubrimiento de América por la enjundia de Isabel la Católica, fue el comienzo del gran imperio, de modo que incluso los descendientes de los judíos de origen español –los que habían sido expulsados–, esparcidos por varias partes del mundo, eran un recuerdo y una manera de reencontrarse con la grandeza de todo lo que se había perdido. Marruecos y las alianzas comerciales con los judíos para defenderse de las pretensiones de otras naciones europeas y de la fuerte resistencia marroquí sirvieron para potenciar un filosefardismo con raíces en el siglo XIX. Los judíos sefardíes eran buenos, decentes, civilizados, suavizados por su pasado hispanista; su expulsión –de acuerdo con la retórica romántica construida– había sido una manera de regar por el mundo la gracia ibérica; los judíos askenazíes, en cambio, eran bárbaros, degenerados y mezquinos. En esa jerarquía, los sefardíes siempre fueron una especie de aristocracia judía y conformaron un sefardismo de derecha.

Saporta sabía que era parte de la simiente judía que España había esparcido por el mundo. Pero también sabía que para su ascenso no le convenía utilizar su verdadero origen como carta de presentación, aunque nunca ocultó su simpatía con la política israelí –como directivo internacional de baloncesto, logró incorporar al campeón de Israel en la Copa de Europa, en momentos en que España aún no reconocía oficialmente a este Estado–. Contaba con otras ventajas: a su arribo al Real Madrid –donde desarrolló una carrera que lo llevó rápidamente a la vicepresidencia y a convertirse en el hombre de confianza de quien se decía que solo Franco estaba por encima de él–, España ya no tenía compromisos antisemitas con ninguna potencia fascista; la Casa Blanca se había convertido en el exhibidor internacional del régimen, y los múltiples trofeos en la vitrina fueron su pata de jamón. Saporta no tuvo reparos en decir que el Real Madrid era político, que había “sido siempre tan poderoso por estar al servicio de la columna vertebral del Estado” y que acataba “con lealtad la institución que dirige la nación”.

Saporta o Bernabeu
Saporta junto a varios trofeos del Real Madrid.

Su designación como presidente del Real Comité Organizador del Mundial España 82 estuvo llena de controversias. Eran otros tiempos políticos, el Generalísimo y Bernabéu ya habían muerto. Pero al final manejó las cosas a su manera e hizo lo que le dio la gana, incluso imponer una mascota que no le gustaba a nadie, y saltarse todos los protocolos de seguridad durante la visita que Alexander Haig –secretario de Estado norteamericano– hizo a España, para abordarlo y pedirle que convenciera a Henry Kissinger (el otro “judío maravilloso”) de que asistiera a la inauguración del Mundial de Fútbol. La prensa dijo que aquello fue producto de los efectos de un medicamento que tomaba para soportar la presión. Se decía que padecía de un “desequilibrio general”, y que ocasionalmente tenía estados de euforia poco habituales en alguien que estaba acostumbrado a moverse de forma eficaz pero discreta.

Para esos tiempos, Manuel Vázquez Montalbán lo hizo protagonista de un par de entregas del “Bestiario” –la columna de humor satírico que tenía en la revista Triunfo–. El escritor habló de su manejo zarista de la organización del Mundial, lo puso a decir alabanzas a Yavé, “rey de los judíos”, y a trazar su senda con las naranjas que arrojaba desde el helicóptero que lo llevaba de Madrid a la inauguración del evento en Barcelona. Saporta, en la pluma de Vázquez Montalbán, bailó zarzuela, se hizo llamar “Raimundo Saporta del prepucio incorruptible del conseller Fivaller”, y acabó matando a Kissinger, porque, emocionado de verlo, el directivo le dio un abrazo tan fuerte que terminó destruyéndole el marcapasos. Pero Saporta estaba por encima de todo esto. Nada podía afectar a un judío que veinte años atrás había inflado el pecho para recibir de manos de Fernando María Castiella –falangista y ministro de Asuntos Exteriores– la Encomienda de Isabel la Católica, la “Reina buena”, como la llamara Francisco Franco.

ACERCA DEL AUTOR


Javier Ortiz Cassiani

En 2019, Libros Malpensante publicó El incómodo color de la memoria, una compilación de sus ensayos, columnas y perfiles sobre la raza negra. En 2020 se lanzó una segunda edición aumentada. Es columnista habitual de esta revista.

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