De cierta manera: historia y matices

El mudable provecho de las murallas

En Cartagena de Indias, un péndulo ha oscilado entre dos polos: quienes en la arquitectura histórica de la ciudad han visto la única forma de apuntalar una identidad y quienes han pedido derrumbar murallas en nombre del progreso. ¿Qué tanto deberían cambiar de piel las serpenteantes calles de La Heroica y qué tanto debería ponderarse su legado?

POR Javier Ortiz Cassiani

Plano parcial de Cartagena de Indias. En amarillo se indica la parte de la muralla que faltaba por construirse (1730).

Plano parcial de Cartagena de Indias. En amarillo se indica la parte de la muralla que faltaba por construirse (1730). © biblioteca virtual de defensa

En Las ciudades invisibles, Italo Calvino hizo que Marco Polo le narrara los detalles de las ciudades que visitaba a un melancólico Kublai Kan. Los relatos del navegante y mercader veneciano eran los únicos que lograban despertar el interés del poderoso emperador mongol, pero cuando Marco Polo intentó contarle a Kublai el presente de la ciudad de Zaira se dio cuenta de que, por muy detallada que fuera su descripción, era una tarea inútil. La ciudad no estaba hecha de las cosas recientes, “sino de relaciones entre las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado”. Zaira, “como las líneas de una mano”, contenía toda su memoria remota escrita en los objetos, lugares y construcciones a la vista de los visitantes; estaba en sus calles y callejones, en sus ventanas y balcones, en sus zaguanes y escaleras, y hasta en las cicatrices estampadas en la piel de la ciudad por los cañonazos. Para el tiempo en que Marco Polo hizo sus famosos viajes, seguramente la ciudad que luego se llamaría Cartagena de Indias en la América virreinal, fundada por los españoles en el siglo xvi, era apenas un pequeño caserío de bahareque en una bahía cundida de cangrejos. Pero si recurrimos a las licencias literarias de las que echó mano Calvino y ubicáramos a este lobo de mar en el siglo xix para que contara historias de esta ciudad del Caribe, cuyo destino fue tatuado durante tres siglos en alto relieve, este se habría encontrado con las mismas dificultades para hablar de su presente. 

Ningún lugar en Colombia se ha aferrado tanto al pasado como Cartagena de Indias. Muchos –desde el cochero dicharachero que fabula sobre murallas, baluartes, iglesias y casonas coloniales para una incauta clientela de turistas, hasta los más rancios historiadores que hablan de los tiempos coloniales como una supuesta edad dorada perdida– han visto en el pasado y en el uso de la historia un depositario de anécdotas con las que se enjuicia o indulta el presente y hasta se planean las posibilidades futuras. La historia –como dijera Marco Tulio Cicerón en el año 55 a. C.– funcionó desde un principio como “testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida”. La ciudad, con su avasallante materialidad urbana, es una constante invitación a la ponderación del pasado. Conviene, sin embargo, destacar los matices de esta valoración de lo pretérito acudiendo a ciertas sensibilidades, las cuales son producto de momentos históricos. Por ejemplo, a mediados del siglo xix –cuando los vientos de la modernidad liberal zarandeaban las estructuras políticas y sociales de la nación colombiana– las veneradas murallas de Cartagena de Indias fueron vistas como antiguallas inservibles y sufribles. Los muros gloriosos, los mismos que le habían costado una fortuna a la Corona española, y sobre los que descansaba la imagen de ciudad heroica, no eran vistos sino como la triste muestra de una época que debía ser superada. 

Embriagados con la idea de progreso y el espíritu expansionista del siglo xix, que algunos han bautizado como el segundo descubrimiento de América, los viajeros que visitaban la ciudad al tiempo que observaban los imponentes fuertes y baluartes –llenos de maleza y reptiles– sacaban sus ábacos y hacían cuentas para mostrar lo rentable que hubiera resultado hacer toda esa inversión en ferrocarriles, caminos y puertos. “Mucho menos habría costado un buen ferrocarril hasta el [río] Magdalena”, dijo en 1850 el viajero, químico y teólogo estadounidense Isaac Holton. Otros celebraron que el gobierno hubiera “tenido el buen sentido” de vender la pólvora y los cañones a un empresario norteamericano, y que las cureñas de madera que los sostenían hubieran sido cortadas en pedazos para que, como leña, crepitaran en los fogones de los pobres. “¡Ojalá –decía el geógrafo francés Eliseo Reclus en 1855– todos los pueblos del mundo tomasen una medida semejante! Cuando las naciones cesen de combatir entre sí y formen una perpetua alianza, la República granadina podrá reclamar el honor de haber sido la primera en licenciar su ejército y demoler sus fortalezas”. 

Las murallas tapizadas de matorrales eran, además, uno de los tantos símbolos de la decadencia que vivió la ciudad durante la mayor parte del siglo xix. “A mis pies la ciudad que ostentó con orgullo su nombre de ‘Reina de las Indias’, y cuya escasa animación se desvanece sin que hasta mí llegara el eco –decía el diplomático y entomólogo francés Auguste Le Moyne en 1839–, me pareció, con la masa oscura de sus edificios deteriorados, rodeados de murallas en ruinas, un viejo león herido que espera la muerte”. A pesar de las heridas, el veterano león, experto en sobrevivir a tantas batallas, soportó como pudo la crisis centenaria. Pero una vez Cartagena empezó a recuperarse económicamente –a comienzos del siglo xx–, la muralla, que hacía años se había librado de los ataques enemigos, soportaba ahora la mirada ambigua de los planificadores de la ciudad. Por un lado, se asociaba el proceso de expansión urbana moderna con la necesidad de demoler la mayor cantidad posible de lienzos de muralla, y por otro lado, Cartagena no era ajena a los discursos y prácticas que encontraban valor monumental en las huellas materiales del pasado y en su importancia para el desarrollo del turismo. La ciudad se enfrentaba a la paradoja modernizadora: necesitaba expansión, saneamiento e higienización a costa de sus muros, pero también apostaba por la defensa de los símbolos de sus fortificaciones y su explotación como atractivo para los visitantes. 

En 1912, Eduardo G. de Piñeres, en la reedición del libro Cartagena y sus cercanías, decía que para unir el centro amurallado con los barrios modernos que se estaban creando en los extramuros de Cartagena “bastaría [con] quitar los lienzos de murallas que los separan de ella para que quedaran perfectamente unidos”. Y una afanosa nota del periódico La Unión Comercial, de 1916, señalaba que había que apresurarse a demoler los lienzos de la muralla interior de Cartagena, porque en los tiempos que corrían ningún pueblo podía vivir entre muros: “[...] necesitamos expansión, mucha expansión”, remataba el artículo. Pero por otro lado, en 1903, el viajero y escritor alemán Georg Wegener dijo que, a pesar de que al ver las fortificaciones era inevitable imaginarse los viejos tiempos del sufrimiento de los prisioneros en épocas de guerra y la cantidad de esclavizados negros usados para su construcción, “en la actualidad, en cambio, es maravilloso pasar por allí en el fresco atardecer, cuando los niños juegan en derredor de los viejos cañones y las doncellas en sus vestidos de colores charlan sentadas en los parapetos”. Un artículo de prensa de 1913 era menos poético y más propositivo. Decía que la ciudad tenía “por delante, fuera de su porvenir comercial, la perspectiva de ser uno de los lugares preferidos por el turismo en boga hoy en día, y por lo mismo que Cartagena es todavía exactamente lo que fue, ha de ser sencillo y de poco costo atraer ese turismo”. 

 Grafitis en Getsemaní, tradicional barrio cartagenero.

Grafitis en Getsemaní, tradicional barrio cartagenero. © piqsels

 

La fórmula sería construir una imagen y un proyecto de ciudad en que la modernidad no riñera con el pasado, sino que ambos se complementaran. Una dinámica de negociación entre el progreso y la nostalgia, en la que lo viejo –representado en las antiguas murallas– ayudara a fortalecer las aspiraciones de progreso. En 1916, La Unión Comercial, cuyo solo nombre ya era un compromiso con el progreso, celebraba la instalación de una feria comercial en Cartagena, diciendo que “al lado de las viejas murallas legendarias que duermen están las fábricas cantando el himno estridente del trabajo”. Por supuesto, para crear esta dualidad fue necesario que la ciudad murada entregara algo a la ciudad moderna, y en el período que va de 1880 a 1924 varios trozos de murallas y baluartes fueron demolidos. Quizá la imagen más representativa de esa época sea la de una locomotora del ferrocarril Cartagena-Calamar pasando rauda y resoplante frente a la Torre del Reloj. 

Pero tal vez a la pica del progreso se le iba yendo la mano. Por esa razón, el 28 de noviembre de 1923 se creó la Sociedad de Mejoras Públicas de Cartagena, confirmada por la Ley 32 de 1924, con el objetivo de velar por “la conservación [y embellecimiento] de los monumentos históricos existentes en aquella ciudad, en la forma en que lo determine el Gobierno Nacional”. El artículo 7º de la mencionada ley dice, contundente: “Prohíbase en lo absoluto la demolición de las murallas, castillos y demás fuertes de la ciudad de Cartagena y ninguna autoridad podrá autorizarlo”. Era claro que con las normas de protección no se estaba pensando en la preservación de un elemento para la defensa militar de la plaza. Las murallas se entendían como monumentos históricos dignos de admiración y como tales constituían parte del patrimonio de Cartagena de Indias. Para entonces, el último episodio en el que las fortificaciones cumplieron una función militar –febrero de 1885, durante el sitio de Ricardo Gaitán Obeso– era apenas un pálido recuerdo de los mayores de la ciudad, de modo que los viejos muros estaban destinados a otros menesteres.

En todo caso, cuando la modernidad pisaba el acelerador lo hacía siempre mirando al espejo retrovisor, de tal forma que el pasado siguió siendo un refugio. Esta tradición se había construido temprano. Entre 1863 y 1864, Joaquín Posada Gutiérrez, un viejo general cartagenero, bolivariano, veterano de las batallas de Independencia, escribió sus memorias bajo el título de Memorias histórico-políticas. Últimos días de la Gran Colombia y del Libertador. Amargado por el triunfo de las doctrinas liberales en Cartagena y en todo el territorio nacional, en lo que él consideraba una degradación de las formas políticas ahora en manos de gente vulgar, Posada dedicó varias páginas de su escrito a relatar de manera detallada el orden, el respeto y el boato que supuestamente se observaban en las ceremonias sociales de la sociedad colonial cartagenera de finales del siglo xviii. Ante la angustia que sentía por el presente que le había tocado vivir, el aristócrata general recreó un pasado prestigioso como abrigo. Se convirtió entonces en moneda corriente acudir al pasado como rasero para medir la angustia que producían las crisis administrativas del presente. Una muestra significativa de lo anterior sucedió hace casi diez años: el 26 de septiembre de 2012, El Tiempo publicó una nota de Juan Gossaín, titulada “El remate público de la Ciudad Heroica”. El acontecimiento que originó el amargo texto del veterano periodista fue el permiso que concedieron las autoridades distritales para la exhibición de 700 vehículos de la firma Hyundai de Colombia frente al cordón de murallas cerca a la Tenaza. Con toda su parafernalia propagandística, la compañía –célebre porque durante los días previos a la iv Cumbre de las Américas había estacionado sus relucientes automóviles esquivando los bustos y estatuas del camellón de los Mártires– obstaculizó la visión de las murallas e impidió las actividades cotidianas de los cartageneros en el mencionado espacio.

La nota de Gossaín generó revuelo nacional y el destacado escritor y periodista fue invitado a reafirmar su opinión en las cadenas radiales. Pero más allá de la justa y necesaria reacción del hijo de los vientos de San Bernardo, lo que me interesa mostrar es cómo los argumentos que usó en aquella ocasión se inscriben en la construcción retórica sobre el pasado de la ciudad que hemos venido señalando. Precisamente, Gossaín comenzó su crónica con un verso, a manera de epígrafe, del poema “A mi ciudad nativa” de Luis Carlos López: “Fuiste heroica en los años coloniales / cuando tus hijos, águilas caudales, / no eran una caterva de vencejos”. Luego, parodiando a un adocenado subastador, ofreció “a precio de ganga” los monumentos históricos de Cartagena: la pata de palo a prueba de gorgojos y comején de Blas de Lezo, además de su emblemático parche ocular, y los hábitos y restos mortuorios de san Pedro Claver. Lo sucedido –decía– era un desprestigio a “la incomparable historia de Cartagena, de la que estamos tan orgullosos los colombianos”, y un irrespeto a sus glorias pasadas, las mismas que obligaron a un rey de España a llamarla “Ciudad Heroica”. Pensar –anotó– que frente a esa misma muralla, donde ahora resplandecían los vehículos surcoreanos, el Libertador Simón Bolívar detuvo su carruaje una tarde “en vísperas de su viaje final a Santa Marta” y exclamó: “Salve, gloriosa Cartagena”. Cómo era posible –decía con el corazón arrugado– que “los descendientes de ese pueblo indomable, el que puso en fuga a la más grande armada inglesa que hayan vistos los mares, el que espantó a piratas y aventureros, hoy se rinden como corderos ante una miserable chalupa cargada de rufianes y mercaderes sin entrañas”.

Postal de Cartagena de Indias en la que se retrata la fortaleza de la Tenaza.

Postal de Cartagena de Indias en la que se retrata la fortaleza de la Tenaza. © wikimedia commons

 

Cartagena de Indias se parece a Zaira. No hay manera de hablar de ambas ciudades sin acudir a la evocación. Cuando la crisis convoca a que la ciudad asuma el presente, solemos refugiarnos en la cornisa de los tiempos remotos. Entonces evocamos la edad del folletín, la botijuela, la cruz y la espada; dotamos al pasado de unos valores morales superiores, y extrañamos las glorias de los viejos habitantes que mantuvieron los “muros invictos”. Se abusa del pasado hasta convertirlo en simple recurso estético y retórico, mientras el presente de la ciudad sigue esperando.  

ACERCA DEL AUTOR


Javier Ortiz Cassiani

En 2019, Libros Malpensante publicó El incómodo color de la memoria, una compilación de sus ensayos, columnas y perfiles sobre la raza negra. En 2020 se lanzó una segunda edición aumentada. Es columnista habitual de esta revista.

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