Ecos de Santo Domingo

En 25 años Colombia pasó por dos negociaciones de paz muy disímiles. ¿Cómo explicar la diferencia entre el expedito proceso con el M-19 y el muy dilatado con las FARC? ¿Pudo haber jugado a favor de una pronta pacificación en el primer caso la juventud de los protagonistas involucrados? Esta y otras ideas interesantes rondan la columna de esta semana. Bienvenidos.

POR Daniel Gutiérrez Ardila

Ilustración de Julio Ossa Santamaría, IG: @ossajulio

Ilustración de Julio Ossa Santamaría, IG: @ossajulio


En mayo de 1985 corría la tregua pactada por la guerrilla del M-19 con el gobierno de Belisario Betancur y se desarrollaban los diálogos de paz. Antonio Navarro Wolf, que hacía parte del grupo insurgente y participaba en las negociaciones, sufrió un atentado en la ciudad de Cali. La granada que le lanzaron en una cafetería marcó su vida para siempre: perdió una pierna y parte de la movilidad de la lengua, porque lo hirió en el cuello una de las esquirlas generadas por la explosión. Semanas después, el grupo insurgente declaró finalizada la tregua y retomó sus acciones violentas. Como Navarro no pudo volver al monte, se radicó en México y se dedicó a la “diplomacia” con otros grupos guerrilleros del mundo y con los gobiernos que de algún modo los apoyaban.

Es comprensible que sintiera poco entusiasmo cuando el comandante del M-19, Carlos Pizarro, le pidió que regresara a Colombia para tomar parte en las negociaciones impulsadas por el presidente Virgilio Barco (1986-1990). Sin embargo, se resignó a regresar al país. Como no obtuvo salvoconducto, entró clandestinamente por Urabá, disfrazado como un fraile (aun tonsurado), y se desplazó por tierra hasta el municipio de Toribío (Cauca), específicamente hasta el caserío de Santo Domingo, que las partes habían designado como sitio de concentración. 

En septiembre de 1989, Navarro se incorporó a las discusiones de paz. Puesto que no creía en el proceso, desaprobaba que Pizarro aceptara de entrada la desmovilización y el desarme del M-19. Quizá por eso, anotaba en una libreta de apuntes “todas las minucias de los acuerdos”, solicitando su revisión “en interminables sesiones”.

No solo eran puntos y comas. Los jóvenes negociadores del gobierno Barco tuvieron que inventar una palabreja que eludiera las connotaciones de entrega o rendición y facilitara el desarme. Dieron con un neologismo espantoso, cuya utilidad se reconocería muchos años después en las negociaciones de La Habana: “dejación”.

Los guerrilleros se separaron de sus fierros con truculencia: al parecer no sentían hastío ni cansancio por la vida que llevaban. En lugar de reunir, almacenar y embalar con alivio la munición, se dieron el gusto de disparar cada uno de los cuarenta mil cartuchos en los alrededores del campamento de Santo Domingo. Una escena semejante se repitió en el Tolima: ante el estruendo, el gobernador del departamento se tiró al piso y los pilotos de los helicópteros destinados a transportar los fusiles de los desmovilizados se metieron debajo de un carro. Los representantes del gobierno se esforzaron por guardar la compostura y contemplaron de pie el espectáculo, cerca de una casa.

El 26 de abril de 1990, Carlos Pizarro, convertido en candidato a la presidencia de la República, fue baleado mientras volaba en un avión comercial desde Bogotá hacia Barranquilla. Navarro, que también había sido indultado y estaba en la capital, se dirigió a la clínica donde agonizaba su compañero del M-19 y posteriormente a la Casa de Nariño para pedir al presidente Barco que autorizara una alocución televisiva. A pesar de que nadie en el gobierno sabía cuál sería el tenor del mensaje que Navarro garrapateaba en esos momentos en un cuaderno escolar, la solicitud fue aceptada. ¿Leería un discurso incendiario, llamando a los guerrilleros del movimiento a retomar la lucha armada y a la ciudadanía a manifestarse en las calles? ¿Anunciaría el fracaso de una pacificación que no ofrecía garantías a los insurgentes desmovilizados?

 

Ilustración de Julio Ossa Santamaría, IG: @ossajulio

Ilustración de Julio Ossa Santamaría, IG: @ossajulio

 

Nada de esto ocurrió, por fortuna. Durante su alocución, Navarro Wolf abogó por la calma. En los días siguientes encabezó el entierro pacífico de Pizarro y exhortó a la dirigencia del M-19 a persistir en la vía democrática. Tomó la decisión acertada.

El Ejército Popular de Liberación (EPL), el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y el Quintín Lame entablaron negociaciones de paz e igualmente se desmovilizaron. Meses después vendría la Asamblea Nacional Constituyente, en la que participaron representantes de esos grupos guerrilleros. Tal experiencia, que sin duda alguna afianzó la reincorporación de los antiguos combatientes a la vida civil, significó también el desmonte definitivo del Frente Nacional.

Colombia estuvo muy cerca de clausurar en 1991 el conflicto armado, pero las FARC y el ELN persistieron en la lucha. Esa decisión significó casi tres décadas más de guerra. ¿Qué falló? En un libro tan interesante como desprolijo que me sirve de guía, Rafael Pardo Rueda se plantea insistentemente esta pregunta (que no responde con éxito), mientras recuerda su experiencia como consejero de paz del gobierno de Barco y la contrasta con las negociaciones de La Habana.

Sorprende la juventud de los protagonistas de aquella aventura. Pardo Rueda tenía entonces 36 años y era un perfecto contemporáneo de Pizarro y de Navarro Wolf. Por contraste, el jefe de la delegación del gobierno colombiano en Cuba (Humberto de la Calle) tenía 66 años en 2012 y Timochenko, 63.

Sorprende también la celeridad de las negociaciones emprendidas en 1989: apenas 14 meses, cuando con las FARC fueron precisos cuatro años (o seis, si se tiene en cuenta la fase secreta). ¿Cómo explicar semejante diferencia? Una primera clave está en el ambiente de renovación y cambio que soplaba en Colombia en 1990, ambiente que jugó un papel esencial en la expedición de la nueva Constitución. La segunda clave se encuentra en el desprestigio que ocasionó para el M-19 la toma del Palacio de Justicia y en la descomposición y la desunión que aquejaban a la organización. Las FARC, en tanto, parecían inmunes a la impopularidad de sus acciones y conocían, gracias al narcotráfico, una bonanza que los llevaría con los años a acariciar el sueño de tomarse el poder.

 

Ilustración de Julio Ossa Santamaría, IG: @ossajulio

Ilustración de Julio Ossa Santamaría, IG: @ossajulio

 

Se trata de un marcado contraste. De un lado, las FARC, una organización cuyo propósito era fundar una sociedad comunista. Del otro, el M-19, que decía luchar por una apertura democrática y concedía a la esfera pública un valor esencial, tanto que, como dice Malcolm Deas, “no podía comunicar un mensaje, porque no tenía mensaje, solo estilo”.

Pardo Rueda, los demás miembros del equipo negociador del gobierno de Barco y los dirigentes del M-19 que pactaron con ellos la paz en 1990 frisan hoy los 70 años. Es significativo que escriban sus memorias. Con la experiencia vital de esa generación se cierra un capítulo de la historia de Colombia. Las negociaciones de La Habana confirman la clausura de un ciclo que hemos dejado de mirar como actualidad permanente.

 

29-11-2021

 

Coda:

Los curiosos encontrarán las referencias mencionadas arriba en las siguientes obras:

Rafael Pardo Rueda, 9 de marzo de 1990 – La desmovilización final del M-19, Bogotá, Planeta, 2021.

Malcolm Deas, Intercambios violentos y dos ensayos más sobre el conflicto en Colombia, Bogotá, Taurus, 2015.

Esta columna también se basa en el libro reciente de Antonio Navarro Wolff, Una asamblea que transformó el país – La historia detrás de la Constitución de 1991, Bogotá, Intermedio, 2021.

 

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ACERCA DEL AUTOR


Daniel Gutiérrez Ardila

Historiador. Especialista en el período independentista colombiano. Ha publicado tres libros sobre su tema de estudio y, en 2019, una historia narrativa sobre la campaña libertadora. Docente e investigador de la Universidad Externado de Colombia.