El corazón de la caña

EL RUIDO Y LAS NUECES

 

A inicios de este año fue lanzado un álbum doble que recoge una veintena de canciones protagonizadas por el agudo sonido del millo. Nuestro reseñista musical de cabecera comenta la selección y, sin que le chille la flauta, desglosa la importancia que ha tenido este instrumento de viento para la cultura del Caribe.

POR Jaime Andrés Monsalve

Caña de Milo

© chaco world music. Elaborada a partir de gramíneas como el carrizo, la flauta de millo tiene cuatro orificios, lengüeta y cordel.

Agazapada entre las manos de su intérprete, la caña de millo no suele ser notoria sino hasta que se le sopla. Ahí es cuando todo el mundo otea de arriba abajo en busca del zumbido, del bichito (¿un insecto, un ave?) que de repente está haciendo melodías. De frente al músico, por un rato cuesta creer que de ese palito del que cuelga un cordel esté saliendo tan poderoso chillido, tan inesperado rasguño al aire.

Y es que, una vez ha sonado aquel émulo sin ínfulas de la flauta traversa, los que no están familiarizados no pueden sino preguntarse de qué se trata, dónde está la magia, cómo debe ir entreverado el cordón en la caña, qué tanta responsabilidad lleva la embocadura. En 2014, este servidor tuvo que apañárselas por toda Barranquilla en busca de una de esas maravillas de la manufactura musical criolla para obsequiársela al dibujante Alberto Montt, un sorprendido más. El hombre la recibió agradecido, pero preguntándose de qué manera iba a explicar en Chile, sin que se burlaran, que volvía a casa “con un pito atravesado”.

Pito atravesado, sí, es otro de los nombres de la flauta de millo o caña de millo. Si bien desde hace más de siglo y medio su fabricación ha sido la misma –un tallo de cañabrava o de corozo con cuatro agujeros, al que se le extrae una lengüeta y se le adosa una cuerda–, sí ha habido una importante evolución en su ejecución y en los formatos en los que actualmente está terciando: hay que ver, por ejemplo, lo que logra Nayib Feres con su poderosa Banda de Nayo al hacernos creer que está tocando cumbias en gaita escocesa, o el ingenio infinito de Joaquín Pérez al fabricar cañas con diferente afinación, y así no desentonar (literalmente) en la recreación con instrumentos autóctonos de la obra Cumbia & Jazz Fusion, de Charles Mingus, estrenada en la versión de 2018 de Jazz al Parque, en Bogotá.

Aurelio Fernández

© lucía ibáñez

Oriundo de Botón de Leyva, Bolívar, Aurelio “Yeyo” Fernández es uno de los cañamilleros más reconocidos del país

 

“Como fenómeno acústico, la voz del millo es fuerte, penetrante, lúcida y de largo alcance; por lo tanto, suena sobre el ensamble de tambores y se percibe desde lejos”, aseguran los investigadores y productores fonográficos Federico Ochoa y Manuel “Chaco” García en el prólogo de La caña de millo: voz histórica y silenciada de la cumbia, álbum doble lanzado este año por el sello Chaco World Music y dedicado a la exaltación de un instrumento cuyo origen sigue siendo motivo de discusión entre quienes lo consideran de raíz indígena frente a quienes defienden su génesis afro. Los mismos autores endilgan a esa incertidumbre el hecho de que el sonido del millo no haya sido objeto de mayor revisión previa, al contrario de lo que ha sucedido con la gaita, su pariente lejana.

Pero el mundo entero merece oír esa caricia brusca, circunscrita históricamente al centro y norte del departamento de Bolívar, con algún enclave adicional en Montería. Así lo pensó el gestor cultural Rafael Ramos cuando en 2001 decidió llevarse de gira a un grupo de milleros de diferentes orígenes. “En mis investigaciones de campo logré identificar los formatos de ejecución de varias regiones”, explica, y así fue como reunió en Cartagena al fallecido Santiago Ospino Santana (1937-2017), millero del municipio de Mahates, Bolívar, junto con dos leyendas discográficas: Aurelio “Yeyo” Fernández (1935), que había hecho sus primeros pinos en la agrupación de Totó La Momposina, y Pedro “Ramayá” Beltrán (1930), comandante en jefe de la exitosa Cumbia Moderna de Soledad. También convocó a su primo y compañero de mil parrandas, Víctor “el Niño” Ramos (1957). 

“La intención no era grabar un disco, sino tener un registro de ese sonido para mostrarlo y poder presentar a los músicos en otros lugares”, cuenta Ramos. Instaló equipos en el patio del hotel y, junto con tamboreros previamente elegidos, se dieron a grabar. Aquella gira soñada solo alcanzó a completar dos presentaciones en Bogotá, y la intención de que la Casa de las Culturas del Mundo de París quedara con las grabaciones bajo su resguardo jamás se concretó, porque los músicos pedían un dineral.

Marcelino Bertel

© fidelina herrera

Marcelino Bertel interpreta lo que Gustavo Tatis llama, en un poema dedicado al flautero, una “sinfonía de pájaros antiguos”.

 

Ese material se mantuvo engavetado hasta la aparición de Chaco y Federico Ochoa. Previamente ellos se habían hecho a otro importantísimo acervo: las grabaciones de campo de Max Brandt y Fidelina Herrera, del Instituto Interamericano de Etnomusicología, en 1978, preservadas en cintas de carrete abierto con el testimonio sonoro del monteriano Marcelino Bertel (1924-1996). Un caset que registra una parranda improvisada en la que hizo presencia el bolivarense Manuel “Mane” Arrieta (1911-1998), en poder del gestor cultural Ubaldo Mendoza, cierra el segundo de los dos discos de esta asombrosa recopilación, dedicado a las leyendas cañamilleras del Caribe.

El otro disco, el que abre el trabajo, se compone de los registros hechos directamente por el investigador y el productor en un patio del corregimiento de Evitar, Mahates, en 2019, con la formación intergeneracional de la llamada Cumbia 20 de Enero. La agrupación, conformada a mediados del siglo xix por miembros de las familias Ospino y Pimentel, ha trabajado por el desarrollo de las sonoridades tradicionales transmitiendo todos sus conocimientos de padre a hijo. El primero que tuvo la oportunidad de grabarlos fue el etnomusicólogo George List en 1965, en ese entonces con la presencia de Ospino Santana y la figura tutelar de su padre, Santiago Ospino Caraballo (1900-1999). Hoy es el cantador Rafael Ospino quien comanda la parada.

Todo en esta investigación, desde sus fuentes hasta su concreción discográfica, es sorprendente. Se trata sin duda de un documento que no por tener una intención exegética pierde gracia o sabor. En los saberes y en las interpretaciones de las leyendas aquí incluidos se siente una dedicación absoluta al arte de la ejecución del millo, un sonido que en lugares como Barranquilla y en eventos como su Carnaval resulta parte fundamental de una banda sonora gozona y festivalera, pero que difícilmente es materia de reconocimiento general por fuera de ese ámbito.

Por otra parte, la personalidad de cada ejecutante se refleja de manera tan elocuente que por momentos uno logra entender que no todos los estilos son el mismo, y que la tesitura de la flauta de millo, calificada como “terriblemente fastidiosa” por el compositor Daniel Zamudio en 1936 (según nos lo cuenta el profuso cuadernillo que acompaña los discos), es en realidad una expresión cruda y sincera de musicalidad, atravesada por el jolgorio, la pena, la cotidianidad y las mil violencias que nos golpean.

Mane Arrieta

© andrés jota

El millero Manuel “Mane” Arrieta (1911-1998).

 

Los textos del álbum también destacan. Más allá de las descripciones de las geografías de donde provienen los ejecutantes del millo, la organología de los ensambles, el recuento de prácticas interpretativas en sustratos rurales y urbanos, así como las entrevistas con los cañamilleros presentes; más allá, decíamos, de todo eso, este trabajo resulta perfectamente contextualizado por reflexiones mucho más complejas. Y es que el desconocimiento generalizado del sonido del millo lleva de regreso a la tensión del elemento étnico, el problema de la racialización y esa suerte de mestizaje forzoso al que propendió la Constitución de 1886, que buscó a toda costa –todavía, incluso– la homogeneización de las tradiciones para anteponer civilización a barbarie. Los textos desglosan esa problemática e invitan al diálogo y al reconocimiento de la diferencia. El instrumento de marras podría entenderse casi como un pretexto para volver a esas necesarias materias de discusión, de alguna manera.

“La voz del millo confluye en medio de contradicciones”, dicen los investigadores, “está presente pero ausente, es masiva pero marginada, popular pero desconocida, políticamente silenciada pero acústicamente vigorosa”. Este compendio supone un poderoso eslabón para la necesaria redención de su alarido.

Portada digital

 

ACERCA DEL AUTOR


Jaime Andrés Monsalve

Jefe musical de la Radio Nacional de Colombia. Autor de tres libros sobre tango y coautor de al menos doce más sobre jazz, rock, música clásica y otros géneros. Miembro del comité editorial de El Malpensante.

Este contenido es solo para suscriptores

Si ya eres un suscriptor inicia sesión acá

Si aún no eres un suscriptor, te invitamos a ser parte del Malpensante

Suscribirme