El paso del huracán Cugat

EL RUIDO Y LAS NUECES

 

Empujados por los vientos del norte, Xavier Cugat y su combo arribaron a tierras colombianas para emular con sus instrumentos los aires del trópico. Pero la brisa se convirtió en vendaval cuando los chubascos en medio de los conciertos, varios retrasos en sus presentaciones y la ponzoña de sus detractores nublaron los pronósticos que generaba aquel catalán considerado, a mediados de los años cincuenta, el epítome de la música latina.

POR Jaime Andrés Monsalve

El multifacético Cugat dibuja una caricatura de sí mismo en Nueva York. La captura fue hecha ente 1946 y 1948 por el célebre fotógrafo William P. Gottlieb.

© william p. gottlieb collection / library of congress

Pocas veces ha reinado tanta sensación por la proximidad de un espectáculo como la que existe en la capital de la república por la anunciada presentación de Xavier Cugat, su orquesta y sus solistas en el fantástico espectáculo “Saludo a las Américas”. Así iniciaba una nota de El Tiempo, de marzo de 1951, que confirmaba la visita a Colombia del excéntrico y afamado “rey de la rumba”, en ese entonces la figura más relevante de la música latinoamericana en los Estados Unidos y, por contera, en el mundo entero.

Violinista y director de orquesta, el catalán Xavier Cugat (1900-1990) se hizo famoso como número central en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York tras llegar de La Habana, donde vivió de chico con su familia. Luego hizo parte de decenas de películas en las que su nutrida agrupación invariablemente secundaba las coreografías de espigadas bailarinas en vistosos trajes de mamboleras. Al frente del entramado, Francisco de Asís Javier Cugat Mingall de Bru y Deulofeu blandía como batuta el arco de su violín para guiar piezas del repertorio cubano, mexicano, brasileño y argentino transformadas en producto ligero y fácilmente digerible, gracias a unos arreglos edulcorados y a un grado de cursilería cuidadosamente dosificado. A ese espectáculo solía sumar elementos literalmente pintorescos, como la elaboración de cuadros en vivo, haciendo alarde de sus facultades como artista plástico y caricaturista.

El investigador Luc Delannoy, quien resumió aquella fórmula como “una síntesis simplificada de todos los estilos populares de la época”, también aclaró a qué público llegaba su música al recordar que, a lo largo de su vida, “Cugat se guardará bien de tocar en Harlem”.

El artista y sus 22 músicos llegaron a Bogotá desde Montevideo, en su Boeing privado, para presentarse también en Cali, Manizales, Pereira, Barranquilla, Cartagena y Medellín, en un periplo de aproximadamente un mes. El Tiempo calificó la llegada del músico como “uno de los acontecimientos sociales de mayor alcance en las últimas semanas” y aseguró que aquel era “el primer baile que toca en Bogotá una orquesta de fama mundial”.

Al arribar a la capital, Cugat habló de sus amigos colombianos (en 1944 había compartido set en el filme Escuela de sirenas con el barítono tocaimuno Carlos Julio Ramírez), volvió sobre el eterno tópico del castellano que se habla en Colombia y confirmó la fama de playboy cincuentón que lo precedía al anunciar que se separaba de la modelo norteamericana Lorraine Allen para contraer nupcias por cuarta vez, ahora con la nueva cantante de su orquesta, treinta años menor. “Tan pronto me sea concedido el divorcio, que se demora mucho porque mi actual esposa es un poco difícil, me casaré con Abbe Lane”, dijo a El Espectador, que en titular de prensa calificó a la flamante artista judeo-estadounidense como “causal de divorcio”. Coleccionista de mujeres, como luego lo llegó a ser de chihuahuas, a cuatro mil kilómetros de Bogotá lo esperaban en Nueva York una furiosa ex y una demanda por 250 mil dólares.

 

Con una caricatura hecha por el mismo Cugat, se anuncia la aparición de su orquesta en la hjck (7 de marzo de 1951).

© archivo de el tiempo

Con una caricatura hecha por el mismo Cugat, se anuncia la aparición de su orquesta en la hjck (7 de marzo de 1951).

 

La emoción por la llegada de Cugat parecía unánime. No hacía eco de ella, sin embargo, un segmento de la intelligentsia bogotana que veía en su música un producto de fábrica, cuando no una trampa para incautos. El emperador empezó a hacer gala de su desnudez tras unas muy sinceras declaraciones a El Tiempo en nota titulada “Xavier Cugat es el primero que no aprueba lo que hace él mismo”. En entrevista con Jorge Cabarico Briceño se refirió al mambo, ritmo muy de moda, como “la estridencia más grande que haya conocido en mi vida”, reconociendo que lo incluía en su repertorio “porque si me dedico nada más que a hermosas melodías, seguramente no conseguiré ni un solo centavo”.

Las voces escandalizadas no se hicieron esperar. “Esa sola declaración arroja luces indeficientes sobre la personalidad del señor Cugat”, afirmó el columnista y redactor cultural de ese periódico, José Ignacio Libreros, “jil”, quien además aseguró que “como músico, el señor Cugat no es una figura destacada ni muchísimo menos”. Unos días después dejaba en el aire en su sección diaria, llamada “Noticiero Cultural”, la siguiente afirmación: “¡Ah! Si se pudiera decir todo lo que al respecto sabemos... Si no hubiera nadie que nos impidiera demostrar cómo se confunde aquí el arte con el negocio...”.

Otra cosa pensaban quienes pagaron boletas de hasta diez pesos en el teatro Mogador y entradas de treinta pesos, cena incluida, en el restaurante El Temel, para verlo. También quienes lo escucharon en la emisión radial en vivo, planeada para las nueve de la noche del viernes 9 de marzo, pero retrasada veinte minutos por cuenta de la multitud que esperaba al músico en la entrada de la emisora Nueva Granada. “Por la noche, Avianca patrocinó la transmisión de El Temel, que también salió con retraso”, escribió el cronista de la sección “Onda Corta” de El Espectador, que además contó cómo Cugat se molestó con una parte del público que pedía mayor volumen. “Puedo hacer ruido, si quieren”, profirió el catalán. 

Tampoco dieron mucho crédito a la mala prensa quienes se mostraron expectantes por el anuncio de otra presentación de última hora, esta vez gratuita y al aire libre, en el escenario de La Media Torta en Bogotá, el domingo 11 de marzo a mediodía. Pese a que un día antes Cugat y su orquesta tendrían que cumplir con el anunciado baile en el Club San Fernando de Cali, la promesa de una pingüe exención de impuestos fue suficiente acicate como para madrugar a viajar y, luego de tocar, embarcarse de inmediato hacia Pereira para hacer lo propio, esa misma noche, en el Teatro Consota.

El evento en Cali, del 10 de marzo, se prolongó hasta las 4:30 de la mañana del día siguiente pese a la insistencia del músico por acortar la presentación. La versión de Cugat sobre el accidentado regreso a Bogotá hablaba de un cierre de la vía por cuenta de un circuito de motociclistas, sumado a un fuerte temporal que les impidió despegar, como estaba previsto, a las seis de la mañana. El corresponsal de El Tiempo en Cali, sin embargo, aseguró no solo que Cugat pudo pasar a sus anchas sino que los motociclistas mismos le hicieron calle de honor hasta Calipuerto, adonde la comitiva llegó apenas a las once de la mañana, una hora antes del anhelado concierto en Bogotá. Los esperaba ya una multitud de entre 30 y 40 mil personas, según la prensa, desperdigadas por los cerros colindantes con el escenario, bajo un inclemente aguacero.

Luego del sobresaltado viaje (“un vuelo entre la peor tempestad que he soportado en veinte años de utilizar aviones”, dijo Cugat al periódico El Siglo), el grupo llegó al Aeródromo de Techo el 11 de marzo a las 12:45, así que decidieron correr hacia La Media Torta sin detenerse para almorzar. Al llegar, descubrieron que la multitud se había apostado sobre la vía de acceso. “La bajada al escenario por entre tanta gente, que verdaderamente se nos echaba encima, determinó angustiosos instantes para todos nosotros, que por momentos sentíamos que no podíamos respirar”, dijo el director. Por fin lograron hacerse camino a codazos hasta el escenario mientras Abbe Lane y varios de los músicos empezaban a flaquear, presas del ahogo y de la lluvia. En la tarima, el reconocido humorista Pompilio “Tocayo” Ceballos llevaba unas dos horas esforzándose por distraer a la multitud con rutinas de su célebre programa radial La Hora de la Simpatía.

Ni bien logró llegar al escenario, el músico Eddie Kosak, encargado de la marimba, cayó desmayado a los pies de Cugat. Al ver que nadie se acercaba rápidamente a prestarle auxilio, Xavier se dirigió hacia dos de los organizadores –sobre quienes diría en la improvisada gira de prensa por varios medios de la ciudad, luego del concierto, que se encontraban “sobradamente bebidos”–. Ambos personajes comenzaron a increparlo por la tardanza mientras el Tocayo Ceballos profería ante el nutrido público palabras nada halagüeñas sobre el recién llegado, entre las que sobresalían términos como “irresponsabilidad” e “irrespeto”.

Para hacer más inverosímil la escena, durante la tormenta nadie se percató de resguardar el piano de cola en el interior techado de La Media Torta, con lo cual quedó completamente arruinado. El artista se acercó al presentador para explicarle que, si bien tocaría, no estaba de acuerdo con que el concierto fuera emitido por radio, cual era la intención. Entonces, palabras de Cugat, “el locutor Ceballos trató de malquistarme con el público, diciéndole que yo no estaba dispuesto a tocar”.

De inmediato se vino un forcejeo por el uso del micrófono que duró largos segundos, pulso ganado por Cugat. “Imploré atención a los espectadores”, contó esa noche en la redacción de El Siglo. “Entonces me cortaron la energía del micro y siguieron insultándome. Yo me las arreglé para, a voz en grito, advertir al público que, por encima de todos los obstáculos, íbamos a cantar y tocar”. El resto de la jornada fue un recital de poco más de una hora en que el catalán arriesgó un par de pasos de baile con algunas de las presentes, mientras los músicos intentaban no doblegarse ante la hipotermia y el esfuerzo de manipular instrumentos empapados.

Horas después, mientras en el hotel convalecían entre fiebres Kosak, Abbe Lane y un bailarín conocido como “el Gringo”, Cugat tomaba la decisión, con el empresario Peter Goldbaum, de aplazar el concierto de esa noche en Pereira. En su lugar, se pasearían por los medios de comunicación para ponerlos en conocimiento del incidente. Cuando un redactor de El Siglo le pidió un autógrafo, el músico escribió: “Estoy emocionado del entusiasmo del pueblo de Bogotá. Pero lamento profundamente la falta de colaboración que mis artistas y yo hemos tenido que sufrir en nuestra actuación de hoy domingo en La Media Torta por parte de los organizadores, después del enorme esfuerzo realizado por nosotros para llegar desde Cali. Xavier Cugat. 11-3-51”.

 

Nota de prensa publicada un día después del polémico concierto en La Media Torta (12 de marzo de 1951).

© archivo de el tiempo

Nota de prensa publicada un día después del polémico concierto en La Media Torta (12 de marzo de 1951). 

 

Los detractores bogotanos de Cugat se relamieron. Si bien el lunes 12 de marzo un gacetillero de El Tiempo definió la escena como “un incalificable atropello” contra el músico, el columnista Libreros espetaba: “Después de lo ocurrido a propósito de la conflictiva visita que a Bogotá hizo el señor Cugat, casi llega uno a lamentar que los organizadores del espectáculo de La Media Torta no hubieran estado un poquito más entonados y le hubieran atizado unos cuantos microfonazos, que habrían repercutido en todo el país como una enérgica y adecuada protesta contra los ‘artistas’ que vienen a descrestarnos”. El voluntarioso jil volvió dos días después a los hechos recordando, no precisamente en alarde de empatía, “el enojoso incidente con el mercachifle señor Cugat”.

La siguiente escala de la gira fue el gran Teatro Olympia de Manizales, adonde llegó, como es de suponerse, retrasado, pues el concierto de Pereira había sido reprogramado para esa misma tarde. “No hay ningún derecho para que a Manizales se le trate en esta forma”, rezaba la nota del cronista de La Patria, diario de esa ciudad. “Si Xavier Cugat no pudo presentar su espectáculo en Pereira en la fecha en que lo había programado, ha debido venir puntualmente a esta ciudad para cumplir decorosamente siquiera en una de las ciudades de Caldas, y no hacer patente su incumplimiento en ambas a la vez”. De Pereira no se supo gran cosa, más allá de alguna escena de pugilato en la que, al parecer, Cugat terminó convertido en sparring de la tempestuosa Abbe Lane.

Y si aún le faltaban ingredientes a la comedia, trascendió que Hernán Mateus Becerra, corresponsal de El Tiempo en Cali, al ver rectificada su versión acerca del accidentado regreso de Cugat a Bogotá, le había enviado un cablegrama personal al músico retándolo a duelo, noticia que trascendió las fronteras del país. “Acepto el duelo, si es que ello es necesario, porque no he sabido sacarle el cuerpo a mis responsabilidades, a pesar de que nunca en mi vida he manejado un arma”, dijo con resignación Cugat al periódico El Colombiano. Abbe Lane complementó: “Xavier sabe defenderse a sí mismo, pero pase lo que pase, siempre estaré a su lado”. Como si fuera necesario un aval de buen comportamiento, el diario paisa resaltó el hecho de que “tanto el señor Cugat como la señorita Lane compartieron apartamentos independientes en el Hotel Nutibara”, en nota de prensa titulada “La conducta personal y artística de Cugat en Medellín fue irreprochable”.

 

En la redacción de El Siglo, Xavier Cugat se queja del incidente ocurrido durante su actuación en La Media Torta (12 de marzo de 1951).

© archivo del periódico el siglo

En la redacción de El Siglo, Xavier Cugat se queja del incidente ocurrido durante su actuación en La Media Torta (12 de marzo de 1951).

 

Tanto incidente mereció incluso una reflexión del sesudo Enrique Santos Montejo, “Calibán”, en su famosa columna “Danza de las Horas”: “No llevará el pobre de Cugat muy buenas impresiones de Colombia. Claro está que todas las molestias y contratiempos que sufrió los merece por su atrabiliario genio [...]. Y, además, le persiguió la mala suerte: su esposa lo calificó de gordinflón e idiota, y su amante le propinó un par de bofetadas en Pereira. A cambio de una bolsillada de dólares, Cugat se lleva una carga de disgustos y cóleras que van a agriarle la vida por mucho tiempo. Lo malo es la propaganda que nos hará en el exterior. Los artistas lo van a pensar dos veces antes de venir a divertirnos cuando oigan la versión de Cugat sobre sus desventuras en Colombia”.

A lo que respondió el artista un par de días después en carta desde Barranquilla: “Distinguido amigo Calibán, le agradezco infinito sus líneas en El Tiempo de hoy, pero está usted muy equivocado: me llevo muy gratos y agradables recuerdos de este gran país y de su digno pueblo, pero como en todos los otros, inclusive en mi Cataluña... los hay y los hay... No solo hablaré bien de este gran país y de su cultura sino que volveré pronto”.

Pero no volvió.

ACERCA DEL AUTOR


Jaime Andrés Monsalve

Jefe musical de la Radio Nacional de Colombia. Autor de tres libros sobre tango y coautor de al menos doce más sobre jazz, rock, música clásica y otros géneros. Miembro del comité editorial de El Malpensante.

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