El ruido y las nueces: El niño prodigio del piano se rebela a su destino

Una columna musical de Jaime Andrés Monsalve

Con apenas cinco años, Leandro Aconcha interpretaba en el piano piezas de Chopin y Bach para el público europeo haciendo gala de un desparpajo propio de un profesional. Con el tiempo, el niño genio se convirtió en un enigmático músico de jazz que se ha camuflado durante décadas en los escenarios, huidizo incluso hasta con su propio padre, al que visitó hace poco.

POR Jaime Andrés Monsalve

El niño prodigio del piano se rebela a su destino

© alamy. Leandro sonríe mientras es aclamado por 3.000 espectadores tras su presentación en Milán, en 1972.

Luego de casi cuarenta años, Leandro Aconcha regresó a Bogotá por espacio de unas horas, en septiembre de 2019. Una sola noche en una ciudad, antes de volver a embarcarte al día siguiente, te impide juzgar qué tanto cambió ese lugar que alguna vez viste rendido a tus pies con menos de diez años de edad. O ante tus manos, para ser más exactos. De la misma manera había pasado por aquel entonces, años más años menos, por Lucerna, Salzburgo, Atlanta, Fráncfort, Milán, Basilea, Londres, París, Málaga.

Ni al público ni a los organizadores de los festivales de jazz de Medellín, Cali, Pasto y Barranquilla les llamó especialmente la atención la presencia de alguien llamado Leandro Aconcha, más allá del aplauso en escena que despertaron sus solos de teclado, chispeantes y pirotécnicos, como parte del grupo del intérprete de kora africano Tom Diakité. Había alguien que sí estaba más que atento a la nueva y fugaz estancia bogotana de Aconcha: don Roberto, su padre, residente en Fusagasugá. Unos minutos en un café del aeropuerto no iban a ser suficientes para ajustar las piezas del inquietante rompecabezas frente a ambos desde hace tantos años, tras todo este tiempo de separación. Sí sirvieron, en todo caso, para retomar el contacto con algo más de ductilidad. En palabras de Roberto, hoy con 92 años, fue como si apenas se hubieran dejado de ver unos días.

Pero las preguntas quedaron flotando, y muchas siguen pareciendo irresolubles.

En 2019, un pianista de 52 años llamado Leandro Aconcha regresó a Colombia como músico acompañante. Alguna vez fue un niño solista ante cuyas interpretaciones era imposible ser indiferente. Un crítico estadounidense, en uno de los momentos tempranos pero definitivos de su carrera, había calificado su arte como “un don de Dios”.

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© skandia. La aseguradora Skandia hizo seguimiento a la obra de Leandro Aconcha con tres elepés para sus afiliados.

 

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–¿Sabía usted que aquí en Bogotá, en la localidad de Kennedy, hay un colegio público que lleva su nombre?

Del otro lado de la línea, Leandro Aconcha calla unos segundos, suelta un amago de risa en el que se adivina asombro, y con el mismo candor que hará manifiesto a lo largo de toda nuestra conversación telefónica desde su casa en Fontenay-sous-Bois, a seis kilómetros de París, solo dice:

–No, no sabía... ¡Qué honor! Eso me hace muy feliz. No puedo creerlo...

El liceo en realidad se llama Leandro Concha, pero según explica algún documento en internet esa denominación “viene del nombre de un niño llamado Leandro Aconcha, de madre suiza y padre colombiano, quien fue un niño prodigio de la música que a la edad de diez años dirigió la Orquesta Sinfónica de Colombia”. Párrafo que se queda corto, por demás, cuando se hace una revisión a ojo de buen cubero sobre lo que alguna vez significó el nombre de Leandro Aconcha para el público de la música clásica en el mundo.

© cortesía familia aconcha montoya

© cortesía familia aconcha montoya. El niño prodigio junto al expresidente Jimmy Carter.

 

El matrimonio de Roberto y Dora, bogotano él, suiza ella, se había establecido en Lugano, Suiza, donde nació Leandro en 1966. Poco tiempo después la familia se trasladó a Fuengirola, en la Costa del Sol española. Allí, el pequeño procuraba posar los dedos sobre el piano de su padre en tanto su altura lo iba permitiendo. Roberto, pianista de notable habilidad, había tomado lecciones en Bogotá con el profesor Luis Contreras y, si bien luego pasó por el Conservatorio de Viena, dice haber aprendido más de su maestro bogotano que de los austríacos.

Un día, a sus tres años, con ayuda de Roberto, Leandro tocó con un dedo una melodía que oyó en la televisión. Dos meses después llegarían a casa, en un solo segundo, la extrañeza, el pasmo y la epifanía: “Yo estaba tocando el movimiento lento de una sonata de Mozart. Luego me retiré a mis asuntos y un rato después escuché que alguien estaba tocando la misma pieza, lo cual era raro porque mi esposa no sabía piano en ese entonces. Entonces entré al cuarto y vi a Leandro tocando de manera muy aproximada lo que me había escuchado antes a mí”. Dos semanas después, estaba interpretando la pieza entera. Fue ahí cuando los padres supieron que había un genio en casa.

“Tengo vagos recuerdos de haber tocado por primera vez en la televisión suiza. Sé que había una niña que cantaba, de unos seis años, y que yo me enamoré de ella”, recuerda entre risas Leandro. Aquel fue, en efecto, su debut. Su primer recital en vivo, en Lucerna, a los cuatro años, tuvo como aforo a un público seguramente escéptico ante el milagro, sobre todo después de la entrada triunfal del solista, corriendo desde la trasescena y arrojándose de rodillas para deslizarse hasta abajo del piano. Bastó la interpretación del Estudio op. 25, nº 2 de Chopin para cambiar risas por asombro demudado y aplausos a rabiar.

© cortesía familia aconcha montoya

© cortesía familia aconcha montoya. Leandro frente al público

 

Luego vendría una presentación en el legendario Mozarteum de Salzburgo, a sus cinco años, edad en la que ya asumía holgadamente partitas de Bach. Allí hablaron de él como “un caso único en doscientos años”. La noticia empezó a regarse y, a conveniencia del momento y del lugar, la prensa hablaba de un niño ora suizo, ora español, ora colombiano, que básicamente estaba siguiendo los pasos del infante Mozart, los mismos que, como una vieja cantinela, recorrieron unos años antes Martha Argerich y unos años después Evgeny Kissin. Estaba visto que el niño provenía de esa misma estirpe.

Una nota de prensa de su debut en Londres, a los seis años, decía: “El prodigio colombiano no toca la música más compleja que se ha hecho, obvio, pero se mueve con facilidad por piezas intimidantes de Bach, Chopin y Bartók”. Algunas crónicas celebran el sonido logrado únicamente desde el teclado, sin el uso de los pedales, pero no aclaraban que los pies del pequeño Leandro simplemente no los alcanzaban.

Desde un principio, los padres establecieron que Roberto se dedicaría por completo a impartirle educación en el piano, que el niño no efectuaría más de seis o siete conciertos al año y que jamás permitirían que fuera una atracción circense. “Yo no me hacía muchas preguntas”, me cuenta Leandro. “Los recuerdos que guardo de los conciertos son más del intercambio con el público, que me gustaba mucho, pero yo no tenía una idea muy precisa. Las cosas pasaban y yo hacía lo que tenía que hacer, que era tocar”.

Las giras hablaban de instantes felices en los que el pequeño virtuoso alardeaba de una energía explosiva, consecuente con su edad. El regreso al hotel siempre significaba caer de cabeza contra su enorme oso de felpa, ver televisión o terminar enfrascado en una pelea de almohadas con su hermano Mirko, tres años menor. En cada entrevista que aceptaba Roberto, solía vérsele a su lado lanzando golpes al aire con pies y manos, envuelto en una especie de calistenia que lo hacía ver más como un pequeño aprendiz de karateca que como un pianista.

El resto del tiempo, más allá del estudio, lo dedicaba a la lectura, al ajedrez, a la jardinería y a algunos coqueteos con la pintura y la escultura en barro. En alguna entrevista aseguró que no había decidido qué ser cuando grande, si camionero, jugador de fútbol americano o alfarero. Arthur Rubinstein, autoridad absoluta del piano, escuchó a Leandro a sus seis años y dijo que él mismo no tocaba así de bien a los ocho. Un cable de prensa norteamericano reprodujo una inocente humorada del niño: “Rubinstein es un excelente pianista, pero yo no tengo tanto tiempo para practicar como él”.

En varios momentos de su carrera, el joven músico fungió como director desde el piano.

© cortesía familia aconcha montoya. En varios momentos de su carrera, el joven músico fungió como director desde el piano.

 

A principios de 1978, la familia decidió establecerse unos meses en Bogotá, donde los esperaba la abuela paterna, Josefina Kohn. Naturalmente, la expectativa estaba puesta toda en “el más joven de los pianistas colombianos”, en ese momento de doce años, al decir de una nota en el diario El Tiempo del viernes 31 de marzo, día de su debut como solista frente a la Orquesta Sinfónica Nacional, al comando de Jaime León. En esa ocasión interpretó el Concierto para piano nº 3 de Beethoven y, fuera de programa, la demandante Toccata op. 11 de Prokófiev. Las boletas se habían agotado con semanas de antelación, lo que daba cuenta del frenesí por escuchar a Leandro, según Otto de Greiff, “en su propio terruño, después de triunfar en grandes centros y desde tiernísima edad”. El crítico complementó al respecto: “En muy pocas ocasiones el Colón había presenciado tan clamorosa y delirante exteriorización de desbordante entusiasmo colectivo”.

Leandro volvió por sus fueros al Colón el 21 de abril siguiente, pero en calidad de director y estrenando obra propia, Strutture: introducción y fuga para orquesta de cuerdas, compuesta a sus ocho años, y que en el programa de mano del concierto fue descrita como “consciente en su estructura y nivelada en su diálogo contrapuntístico, así como audaz en el tratamiento instrumental”. Sobre esa sesión en particular, la primera en la que el pequeño blandía una batuta, el Leandro adulto dice no acordarse de su propia obra pero sí de la dificultad de intentar que sesenta músicos mayores de edad le hicieran caso en su papel de director.

Las proezas de Leandro Aconcha en el piano clásico nunca vieron la luz en discos comerciales, más allá de la recopilación de algunos conciertos que la aseguradora Skandia lanzó en tres volúmenes, entre 1978 y 1980, con instantes que abarcan su carrera prácticamente desde el principio. Pese a las deficiencias de sonido propias de las grabaciones domésticas, de esos trabajos puede desprenderse una idea del nivel técnico que ostentaba desde los cuatro años. Su estancia en Bogotá también permitió pergeñar el cortometraje Interludio (1978), dirigido por Herminio Barrera, que en doce minutos y sin parlamento mezcla imágenes de la cotidianidad del niño con sus presentaciones en el Colón. La idea de la pieza fue de la abuela Josefina, quien murió poco antes del estreno, fechado para el 17 de noviembre.

© cortesía familia aconcha montoya

© cortesía familia aconcha montoya. En 1980, Aconcha se llevó el premio de la crítica en Gottwaldov.

 

A partir de la experiencia colombiana, Leandro reunió una serie de opus propios con los que pudo dirigir, entre otras, la Orchestre national d’Île-de-France, y poco después se llevó el premio de la crítica en un concurso en la ciudad checa de Gottwaldov (hoy Zlín), tocando y dirigiendo contra concursantes de mucha más edad. Luego decidió continuar su perfeccionamiento musical en el Conservatorio de Ginebra. El camino estaba allanado.

 

***

En la cafetería del aeropuerto, en medio del franco y por momentos, suponemos, tenso reencuentro entre padre e hijo, ambos trataron de dilucidar a su modo por qué el predicamento mundial de Leandro Aconcha un día se fue desvaneciendo, de la misma manera en que alguna vez llegó a ser una suerte de inédito milagro. Cada uno de los dos expone un parteaguas diferente.

Para Leandro, el antes y el después se dio a sus 18 años, luego de que un tío materno, clarinetista de jazz, empezara a abrirle los oídos hacia las manifestaciones de la música improvisada y de la world music. “Me gustó el hecho de que el jazz se pacte entre varias personas”, me confesó. “Cuando uno es solista o toca con orquesta, debe prepararse para estar solo. En cambio, en el jazz preparas todo en conjunto, hay intercambio entre los músicos y está la improvisación, la posibilidad de tocar como salga en el momento y de diferentes maneras. En lo clásico todo está escrito, mientras que en el jazz todo se puede crear en tiempo real, y esa idea me gustó”.

 A sus 54 años, Leandro Aconcha sigue trabajando como músico de sesión para proyectos de jazz y world music.

© cortesía leandro aconcha. A sus 54 años, Leandro Aconcha sigue trabajando como músico de sesión para proyectos de jazz y world music.

 

Roberto va aún más atrás en busca de un porqué, y cree encontrarlo en su separación de Dora, a principios de la década de los ochenta. Al decidir quedarse en Colombia y perder el control sobre la educación de Leandro, que volvió a Europa con el resto de la familia, empezaron a suscitarse los cambios que condujeron al joven músico por senderos diferentes. Fueron tiempos en los que la comunicación se tornó escasa, dice Roberto que probablemente por cuenta de sus diferencias con la madre del niño, y mientras el tiempo pasaba era testigo, desde Bogotá, de cómo la gente dejaba de hablar de las proezas de Leandro.

Lo cierto es que el jazz se abrió con toda su exuberancia frente al músico. Con él fue labrándose una personalidad opuesta a la del niño del ambiente clásico, siempre en el centro de las miradas y los reflectores. Todo lo contrario de querer ser director de banda, decidió ser músico acompañante, en una suerte de bajo perfil que hoy le representa una comodidad importante. “Ser líder requiere de mucha energía para organizar conciertos, grabaciones, ensayos... mucho tiempo en la parte organizativa, eso es muy poco musical”, me explica. “Los que lideran grupos pasan la mitad del tiempo o más en burocracias. Yo prefiero estar ahí solo para compartir la música”. Y vaya si ha compartido: Leandro Aconcha ha sido pianista de músicos de altísima reputación en lo suyo como el fallecido violinista Didier Lockwood, el trompetista Ibrahim Maalouf, el mismo Tom Diakité y, recientemente y de manera estable, junto a Jean-My Truong, baterista de Indochine, la célebre banda francesa de new wave. También es posible encontrar el nombre de Aconcha en grabaciones de club jazz, en bandas sonoras y en proyectos de música infantil.

En busca de un punto medio, Roberto cita al talentoso Friedrich Gulda, pianista austríaco que supo hacerse a una carrera entre las aguas del jazz y la música seria. Pero Leandro es tajante en su convicción. “Creo que mi padre está un poco decepcionado porque él me había enseñado lo clásico”, me explica. “Pero no tuve ningún conflicto interno. Él quisiera que yo regresara a hacer música clásica y yo le he dicho que no se pueden hacer dos cosas al mismo tiempo, yo estoy en otra onda. Sé que a él le gustaría que yo regresara, pero eso no es posible”.

“Aquí todo quedó en puntos suspensivos, no solo en la vida de Leandro sino en la de todos”, me asegura Roberto. Y queda claro que ninguna historia fue escrita jamás de manera individual.

Y de nuevo, volviendo a los festivales de jazz colombianos que tuvieron a un ex enfant terrible del piano clásico sin saberlo, la ovación espontánea reemplazó las manos desolladas en aplausos del Teatro Colón en 1978, o de cualquier otro de los escenarios donde la presencia del otrora niño genio supo desatar la más incontenible de las euforias. Para Leandro Aconcha, sin embargo, sí fue como volver a aquello. Por eso dice, y adivino sinceridad en sus palabras: “En diez días conocí más de Colombia de lo que había podido en el pasado. Pero encontré a su público tal como lo recordaba; abierto, gentil e interesado en la música. De alguna manera, ante esa gente me pareció que volvía a ser niño de nuevo”.

ACERCA DEL AUTOR


Jaime Andrés Monsalve

Jefe musical de la Radio Nacional de Colombia. Autor de tres libros sobre tango y coautor de al menos doce más sobre jazz, rock, música clásica y otros géneros. Miembro del comité editorial de El Malpensante.

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