El ruido y las nueces: Los bambucos rioplatenses de Terig Tucci

Fue un músico devenido en camaleón. Con sus pasillos, torbellinos y bambucos logró camuflarse entre la niebla del paisaje andino. Este año, un grupo bogotano ha lanzado un disco con versiones de sus composiciones, todas insospechadamente argentinas.

POR Jaime Andrés Monsalve

Los bambucos rioplatenses de Terig Tucci

© archivo de mauricio restrepo gil. El compositor argentino Terig Tucci junto a una fotografía de su adorada esposa, Lola.

“Y pensar que yo le daba todo el trabajo colombiano en la absoluta creencia de que era usted nativo de Colombia...”. Estas palabras se las dijo el músico italiano Alfredo Cibelli en 1933 a su subalterno en el sello rca Victor, el argentino Terig Tucci. Era la conclusión de un simpático desencuentro generado por el aprecio de Tucci a la música colombiana.

La Nueva York de ese entonces era un crisol de sonoridades latinoamericanas, no siempre bien entendidas, sobre todo cuando no estaban mediadas por elementos de exotismo que las acercaran al público angloparlante. Seguramente allí Carmen Miranda no se habría convertido en la rutilante embajadora brasileña que fue, de no haber sido por su aparatosa corona de bananos.

En ese batiburrillo de armonía acartonada y clave transpuesta, un puñado de músicos colombianos hacía lo suyo por lograr que la música interiorana del país tuviera un lugar de preferencia. Creadores que se dieron a la diáspora como Jorge Áñez, Alejandro Wills, Sarita Herrera y Miguel Bocanegra solían hacer parte de las tertulias y recreos de diferentes teatros y radioestaciones. Muchos de quienes prefirieron quedarse en Colombia, como Luis A. Calvo, Jerónimo Velasco y Arturo Patiño, veían cierto florecer de nuestras sonoridades con las partituras que enviaban para ser grabadas por orquestas norteamericanas, música que a su vez regresaba hecha disco por vía de importación.

Algunos otros de nuestros representantes criollos en la Gran Manzana, como el violinista bogotano Carlos Molina y el cantante y percusionista tumaqueño Hernán Rodríguez, rebautizado allá como Nano Rodrigo, terminarían por apostarle al exotismo de la rumba, la guaracha y el mambo con sus respectivas orquestas. Sus vidas y sus anecdotarios darían para columna aparte.

Un ambiente parecido se vivía en la Buenos Aires que vio nacer en 1897, en el barrio de Balvanera, al músico bautizado como Terigio Tucci. “En mis años juveniles tuve muchas oportunidades de oír artistas y grupos de cantantes típicos de todos los países de América Latina en fiestas hogareñas y teatros, cabarets y otros lugares de diversión pública”, contaba en Gardel en Nueva York, libro de 1969 en el que recreó sus determinantes meses de trabajo al lado del Zorzal Criollo desde 1933, cuando se conocieron en la Capital del Mundo, hasta 1935, cuando el accidente aéreo en Medellín truncó todos los planes.

Continuaba Tucci: “Por doquier se oían cuecas y tonadas de Chile, marineras del Perú, estilos y pericones del Uruguay, yaravíes y sanjuanitos del Ecuador y Bolivia, pasillos y bambucos de Colombia...”. Aquellas influencias determinaron el cosmopolitismo ulterior de Tucci, que demostró como director de orquesta para la National Broadcasting Company (nbc) y en sus labores como director musical de la Cadena de las Américas en la Columbia Broadcasting System (que luego se convertiría en el canal de televisión cbs). De igual forma lo hizo como compositor de bandas sonoras para documentales de las Naciones Unidas, como director del servicio en español de Coca-Cola –que enviaba programas musicales a nuestros pagos en enormes discos de 16 pulgadas–, y hasta en el papel de encargado de musicalizar una gran feria erigida en Nueva York en 1942 por una popular cadena de almacenes, la llamada Macy’s Latin-American Fair.

La música andina colombiana de terig tucci. Quinteto Leopoldo Federico. Edición propia, 2021

La música andina colombiana de terig tucci. Quinteto Leopoldo Federico. Edición propia, 2021

Tucci salió de Buenos Aires siendo obrero de construcción para recalar en los mismos oficios una vez llegado a Nueva York, en 1923. Pero sus credenciales y calidades como pianista, violinista, mandolinista, arreglista y compositor –había escrito su primer musical antes de cumplir veinte años– le permitieron subir escaños hasta alcanzar su calidad de referente. No es extraño que durante mucho tiempo el nombre de Tucci fuera tomado como una especie de seudónimo general de todos aquellos autores que escribían música foránea para el gusto norteamericano. Se suponía que no existía. Terig Tucci, creían, era a la música latinoamericana lo que Alan Smithee al cine.

Una de las labores musicales ejercidas tras su llegada a Nueva York fue la conformación del Trío Albéniz, grupo de cámara integrado además por el catalán Antonio Francés y el sinceano, cartagenero por adopción, Adolfo Mejía Navarro. En ese compartir surgió la invitación a algunas de las tertulias de la pianista y pintora Rosita de Rocha, donde se conoció con Jorge Áñez y Alcides Briceño. Alfredo Cibelli, a la sazón director de la sección latinoamericana de la rca Victor, presente en uno de esos saraos, decidió ofrecerle a Tucci que se encargara de las grabaciones del legendario dueto Briceño y Áñez, que llegaron a ser unas 240.

“Como es natural, muy pronto incorporamos a nuestro repertorio varios pasillos, bambucos y torbellinos, ayudados y estimulados por doña Rosita”, cuenta Tucci. Desde ese momento, Cibelli estuvo convencido de que su colega era colombiano.

Eso, hasta que Carlos Gardel amablemente le negara a Cibelli la posibilidad de dirigir la orquesta con la que grabó los temas de sus últimas películas con la Paramount, El día que me quieras y la póstuma Tango Bar. Cuando Cibelli quiso constatar quién lo había despojado de su merecido lugar en el estrado, quedó demudado ante lo que parecía, a todas luces, una estafa: ¡Terig Tucci era colombiano! ¿Cómo era posible que a Gardel no lo acompañara un director cuando menos argentino? “¡Este hombre es un impostor!”, bramó el italiano en los estudios de grabación. “Tamaño trabajo nos costó convencer al señor Cibelli de su error”, comentó Tucci en su libro, años después.

De buena fe, según nos lo revela el investigador Jaime Rico Salazar en su Diccionario de la canción popular de Colombia, el investigador Richard K. Spottswood también lo dio por colombiano en su determinante catálogo Ethnic Music on Records.

© mariela agudelo.  Retrato de Tucci  que acompaña la edición de partituras de sus pasillos en un libro digital lanzado por el Quinteto Leopoldo Federico.

© mariela agudelo.  Retrato de Tucci  que acompaña la edición de partituras de sus pasillos en un libro digital lanzado por el Quinteto Leopoldo Federico.

Carlos Gardel fue apenas uno de los afortunados depositarios de los arreglos y la dirección de Tucci. Antes y después de él estuvieron también los mexicanos Tito Guízar y Juan Arvizu, y al arranque de su carrera el trío Los Panchos. En el rubro de la música de su país llevó también al disco varias selecciones instrumentales, se encargó de orquestaciones para el cantor Agustín Irusta y estrenó al menos dos tangos de la compositora nariñense Maruja Hinestroza de Rosero, “Nos dan las doce” y “Amigo mío”, un par de piezas tan ajustadas al género como malevo recostado bajo un farol.

La ductilidad del argentino para asumir repertorios de todos los países de habla hispana fue bien reconocida. De ello da cuenta, entre otras, su obra orquestal Rapsodia Ibero Americana, grabada en el sello Montilla por la Orquesta de Cámara de Madrid, bajo la dirección de Daniel Montorio, que entre mejoranas, vidalitas, sambas y otras vertientes incluyó un pasillo llamado “Bogotá”, que también recibe el nombre de “El retorno”.

Con su agrupación de cuerdas pulsadas, conocida como la Estudiantina Tucci o la Estudiantina Colombiana, dejó registrados entre 1932 y 1939 un total de once pasillos y un vals que integran el corpus completo de música andina colombiana de su autoría. Al menos tres de esos pasillos, “Anita la bogotanita”, “Edelma” y “Flor incaica” (con letra que luego, motu proprio, le puso el cantor quindiano Noel Ramírez), ya hacen parte del repertorio nacional al lado de nuestros más queridos temas instrumentales.

A primera oída, la apropiación de los elementos más rotundamente locales en los pasillos de Terig Tucci es asombrosa por natural. Una suerte de triunfo ante el complejo desafío de evadirse de la tendencia a embadurnar lo latino con una pegajosa pátina for export, de moda en los Estados Unidos. Aparentemente lo aprendido con Bocanegra, con Mejía Navarro o con Áñez le permitió hacer empleo de esa mímesis que alguna vez lo hizo pasar por colombiano.

Puede decirse, entonces, que Terig Tucci comprendió a la perfección los entreveros de nuestra música. Pero, ¿es posible que el proceso se haya dado exactamente a la inversa y no lo sepamos? ¿Podría haberse dado el evento de que ese canon fuera invención de Tucci, y no al contrario?

El antioqueño Hernán Restrepo Duque, apóstol de los disqueros colombianos y sagaz buscador de tesoros fonográficos, fue amigo de Tucci por correspondencia y tuvo el honor de escribir el prólogo de su Gardel en Nueva York. Allí realiza una aseveración que no resultaría tan inquietante de no ser por la autoridad que reviste su emisario. Dijo Restrepo Duque:

La forma de ejecución de la Estudiantina Tucci, su extraño sabor a cosa nuestra, creó escuela y superó, si se quiere, la elemental orquestación heredada de antaño. Como que muchos años más tarde, por allá en 1954 o 1955, algunas casas fonográficas de Colombia, al revivir la moda de los pasillos y bambucos en versión de estudiantina, copiaron con más o menos exactitud las orquestaciones de Terig Tucci y hasta regrabaron algunos títulos que en sus discos se hicieron famosos.

Terig Tucci murió en su adorada Nueva York en 1973. Hoy, a casi 50 años de su desaparición física, regresa su nombre hasta estas tierras tras el lanzamiento de La música andina colombiana de Terig Tucci, el más reciente trabajo discográfico del Quinteto Leopoldo Federico, al comando del bandoneonista bogotano Giovanni Parra. En su formato de conjunto de tango y con las bien sabidas licencias que el grupo se ha dado antes por territorios del bambuco y el pasillo, las piezas aquí incluidas, con arreglos de Fernando “el Chino” León, sorprenderán a quien las desconozca y conmoverán a los familiarizados. Y viceversa.

Esta rigurosa investigación hecha disco, además de seguir revelando la incidencia de compositores extranjeros en nuestras sonoridades típicas –doy fe–, constituirá un delicado goce para los oídos. De paso nos llama a recordar a un músico clave en la mayor o menor prosperidad que obtuvieron nuestros aires andinos en algún momento; un personaje que no por su calidad de outsider debe ser, jamás, menos protagónico.

ACERCA DEL AUTOR


Jaime Andrés Monsalve

Jefe musical de la Radio Nacional de Colombia. Autor de tres libros sobre tango y coautor de al menos doce más sobre jazz, rock, música clásica y otros géneros. Miembro del comité editorial de El Malpensante.

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