Ilustrar el pasado para comprenderlo mejor

El trabajo de los historiadores se entristece cuando escasean las imágenes. Por eso, aquellos que se dedican a tiempos que nos han legado pocas fuentes iconográficas pueden optar por producirlas.

POR Daniel Gutiérrez Ardila

Ilustración de Julio Ossa Santamaría. IG: @ossajulio

Ilustración de Julio Ossa Santamaría. IG: @ossajulio

Quien se dedica en Colombia a estudiar la temprana historia republicana o los tiempos coloniales vive sediento de imágenes. El acervo gráfico que conservan sobre esas épocas los museos y archivos es modesto: mientras que hay muchos croquis y una cantidad apreciable de mapas, son definitivamente escasos los óleos, láminas, dibujos y estampas. De ahí que el investigador salude como verdaderos descubrimientos los monigotes o dibujos esmerados que aparecen excepcionalmente al margen o al respaldo de un folio vacante, compuestos siglos atrás por un amanuense, un escribano o por alguno de los muchachos que acudían a sus despachos para aprender a manejar la pluma.

La frugalidad de las poblaciones de la Audiencia de Santa Fe no permitía sustentar sino a raros pintores que se ganaban la vida con dificultad ante el dinamismo del gremio de Quito, cuya tradición secular y precios competitivos le permitían satisfacer la demanda de mercados lejanos (Antioquia, Santa Fe, Lima…). No era, pues, un asunto de falta de talento, como quedó demostrado cuando José Celestino Mutis creó en Santa Fe una de las mejores escuelas de ilustradores botánicos del mundo, precisamente con el empuje inicial de algunos artífices quiteños, limitados hasta entonces por los gajes de su oficio a los retratos de santos y patricios.

La indigencia de imágenes descrita es, en suma, una consecuencia natural de la demografía y la economía, o sea de la baja densidad poblacional, de la preponderancia apabullante del mundo rural y del escaso poder adquisitivo de los habitantes del Nuevo Reino y de la joven República. La escasez iconográfica obedece también al descuido en la conservación que caracteriza a los Estados pobres. Es innegable, además, que ha existido en nuestro país una marcada indiferencia social por el patrimonio. Para convencerse de ello, basta visitar las librerías de segunda mano, donde es difícil encontrar libros impresos en la primera mitad del siglo XX con lomos intactos o con sus carátulas de cartón bien preservadas. Son muy dicientes también en ese sentido las lamentables disgregaciones de las bibliotecas particulares, cuyos libros terminan a menudo vendiéndose en las aceras de las principales ciudades como baratijas.

A finales del siglo XIX, la fotografía, la introducción del grabado en madera y la creación de escuelas de bellas artes cambiaron definitivamente el panorama y aseguraron la transmisión de maravillosos materiales iconográficos a las generaciones por venir. Los historiadores de Colombia podrían dividirse así en dos grupos: aquellos a quienes es lícito incorporar copiosamente las imágenes en sus investigaciones como verdaderas fuentes (es decir, no como mero adorno o vanidad decorativa, sino como un material que ayuda a comprender mejor el pasado); y los que están condenados a desarrollar su trabajo con pocas de ellas, contentándose, cuando mucho, con retomar una y otra vez las muy escasas y manoseadas que circulan acerca de los períodos que estudian.

Sin embargo, el grupo de los historiadores que mendigan imágenes, al que pertenezco, dispone de algunas opciones para paliar su pobre dieta. La más recurrente es el anacronismo: tomar, por ejemplo, acuarelas de la Comisión Corográfica, que trabajó a mediados del XIX, para ilustrar una situación anterior, de inicios de siglo o aún más antigua. Es obvio que tal procedimiento tiene el inconveniente de reducir la elocuencia del documento iconográfico, porque en la mayoría de los casos no es lícito extrapolar la información que contiene a un contexto diverso.

La fortuna puede también deparar al investigador hallazgos nutritivos: los monigotes y dibujos ya mencionados, un modesto sello de tinta, un timbre, un croquis estilizado, un grabado olvidado en algún libro europeo, un pedazo de loza proveniente de una excavación o de un naufragio, un fondo documental en manos privadas. 

La tercera opción para sazonar la imaginación histórica consiste en tratar las descripciones (de tablados, fiestas, templetes) y las imágenes retóricas que relumbran en los legajos como iconografía pura. Podrán entresacarse así “láminas” fehacientes y perlas de elocuencia de un certero poder evocativo o, con ayuda de los lugares comunes del discurso, constituirse verdaderas series que den acceso al universo cultural o sentimental de un grupo humano.

Algunas ramas de la disciplina (la historia económica, en particular) han hallado una manera ingeniosa de hacer visible el pasado. Se trata de gráficos, cuyas coordenadas, barras y curvas ascendentes y descendentes expresan las continuidades y las rupturas, las crisis y las bonanzas, la inflación y la deflación. Es un mecanismo esclarecedor, de gran capacidad plástica, que trasciende con mucho la monotonía contable. De hecho, permite dar cuenta de asuntos tan diversos como las mutaciones de la antropología física (la estatura, el peso, el color del pelo), los progresos de la alfabetización o las variaciones de la devoción religiosa. 

El estudioso que catea estampas como pepitas de oro puede también aprovecharse de las interpretaciones gráficas del pasado, sacándole provecho a un óleo centenario, a la publicidad de un periódico o a la viñeta de un cómic. Existe una última opción aún más interesante: establecer diálogos fecundos con artistas e ilustradores vivos, ya sea atribuyendo nuevos sentidos a una obra que parece dialogar con la del historiador; ya sea cooperando para fabricar nuevas imágenes. Un  documento iconográfico debería funcionar como un buen título, que condensa el mensaje principal o la tesis propiamente dicha de una investigación. Cuando eso no sea posible, ¿por qué no elaborar una estampa, componer una viñeta o idear un collage, sumando al conocimiento de primera mano que suscita el coloquio con los muertos la inteligencia propia de quienes componen mundos con muchas pinceladas o unos pocos trazos?    

Daniel Gutiérrez Ardila

2-08-21

Ilustración de Julio Ossa Santamaría. IG: @ossajulio

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ACERCA DEL AUTOR


Daniel Gutiérrez Ardila

Historiador. Especialista en el período independentista colombiano. Ha publicado tres libros sobre su tema de estudio y, en 2019, una historia narrativa sobre la campaña libertadora. Docente e investigador de la Universidad Externado de Colombia.