La visión melodramática de la historia

Justos y perversos; héroes y canallas; opresores y oprimidos, un lente con el que nos gusta vernos en Colombia.

En las telenovelas, la muchacha bella y virtuosa, pero desamparada, es desposada por el galán rico, o accede a una herencia imprevista, o descubre a su verdadero padre, un hombre acaudalado. Ilusiones semejantes subyacen a la narrativa histórica melodramática: un hombre providencial, una revolución que lo componga todo, un súbito hundimiento del orden prevaleciente.

POR Isidro Vanegas Useche

Titiriteros

Opinadores y novelistas replican la narrativa melodramática y telenovelera de la historia colombiana. Ilustración de Camilo Uribe Posada

 

La experiencia de la nación colombiana, desde sus inicios, ha sido contada de modo melodramático. Este tipo de relato suele presentar los acontecimientos con un tono compungido y rencoroso. Además, pone en escena dos fuerzas de un valor marcadamente desigual en términos morales, filosóficos o estéticos. Por último, esta narrativa le achaca los tropiezos del agente bondadoso de la historia a las intrigas y la perversidad de su antagonista.

Por cerca de siglo y medio (de 1810 a 1960 aproximadamente) algunos de los cultores de ese modelo estuvieron dispuestos a admitir que se trataba de una derivación de las filiaciones políticas. Eduardo Santos, reconocida figura liberal, en su juventud ayudó a descifrar ese esquema cuando aludió a cierta filosofía partidarista que dividía la historia de Colombia en dos campos precisos, “opuestos como la luz y la sombra, como el bien y el mal, como la verdad y el error”. Desde el punto de vista de los liberales, la etapa de su predominio había sido “esplendorosa y benéfica como obra de genios”, mientras que la dominación conservadora era “lúgubre, siniestra, manchada por todos los crímenes”.

De unos setenta años para acá, aquella narrativa melodramática adquirió un revestimiento que ha buscado hacerla parecer científica, en el sentido de que supuestamente emana de un análisis regido por las exigencias de las ciencias sociales, y ya no por los prejuicios. Cultivadores ejemplares del melodrama son Indalecio Liévano Aguirre (Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia, de 1959) y Antonio Caballero (Historia de Colombia y sus oligarquías, de 2017), quienes organizaron su exposición en torno al combate entre la oligarquía y el pueblo, siendo, por supuesto, la primera de estas dos categorías el compendio de toda la mezquindad, la perfidia y la incompetencia imaginables.

Estaríamos ante una anécdota si al modelo melodramático no hubieran recurrido sino historiadores como Liévano; periodistas, como Caballero; o literatos, como William Ospina (todas voces hoy influyentes en Colombia). Pero, infortunadamente, los rasgos que los más diversos creadores de discursos le adjudican a nuestro pasado siguen definiéndose por oposiciones en las que el bien y mal, la razón y la ignorancia, e incluso la belleza y la fealdad están entera e ineluctablemente de uno de los lados de la ecuación, según las convicciones del interesado. Con ese lente son vistas las duplas España y América, conquistadores y conquistados, catolicismo y protestantismo, liberalismo y conservatismo, tradición y modernidad, élites y pueblo, Estado y sociedad, capital y provincias, Estados Unidos y América Latina, Bolívar y Santander, Gaitán y Laureano Gómez, entre muchas otras.

La narrativa melodramática tiene la enorme ventaja de su simplicidad, que facilita las adhesiones emocionales. En ella todo es predecible, pues de lo que se trata no es de indagar o comprender por qué un grupo o un individuo han actuado de cierto modo, o por qué ha tenido lugar un determinado suceso, o qué condiciones han permitido el despliegue de una idea o de un movimiento social. De lo que se trata es de asignar responsabilidades evidentes a males evidentes, de denunciar anomalías en las que todos coinciden de antemano.

En los melodramas históricos colombianos, los buenos se ven largamente sojuzgados por los perversos, pero se anuncia, abierta o subrepticiamente, la victoria de los justos, a cuyo fin sirve el trabajo del intelectual. Pero el acto que pondrá fin a la opresión no es de carácter ordinario, como lo serían el mejoramiento progresivo o la lenta superación de los problemas, sino que es una especie de milagro. En las telenovelas, la muchacha bella y virtuosa, pero desamparada, es desposada por el galán rico, o accede a una herencia imprevista, o descubre a su verdadero padre, un hombre acaudalado. Ilusiones semejantes subyacen a la narrativa histórica melodramática: un hombre providencial, una revolución que lo componga todo, un súbito hundimiento del orden prevaleciente.

La alternativa del melodrama es una narrativa que podría ser denominada dramática. Un tipo de relato que admita, en principio, que las distintas fuerzas en escena pueden ser portadoras de justicia, de belleza o de razón en un grado significativo, y que rehúse creer que la justicia, la razón o la belleza no pueden realizarse sino de un solo modo. El carácter dramático de una narrativa, no obstante, tiene límites, pues no puede ignorar la injusticia, la barbarie y el horror.

 

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Lugar común es una alianza de la Fundación Malpensante con la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad del Rosario, la Universidad Externado de Colombia y la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia.

 

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ACERCA DEL AUTOR


Isidro Vanegas Useche

Historiador y profesor en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. Algunos de sus libros son Las Batallas de Boyacá - Hombres, mujeres, experiencias (2019) y La Revolución Neogranadina (2012). Tradujo la obra de Gordon S. Wood, La Revolución Angloamericana.

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