Las cifras míticas de la violencia

Las mediciones fantasiosas de la violencia han suplantado a los cómputos rigurosos en Colombia. ¿Cómo explicar la preferencia por las narraciones truculentas de nuestra historia? Medir un fenómeno es también comprenderlo. La imprecisión es enemiga de la paz.

POR Isidro Vanegas Useche

Las cifras míticas de la violencia

Ilustración de Camilo Uribe Posada: @CamiloUribePosada

 

Nos hemos convencido de ser un país singularmente violento, por contraste, sobre todo, con las sociedades europeas, que imaginamos mucho menos agresivas. Para avalar esta convicción acuden presurosas a la mente de los colombianos algunas cifras, pavorosas y rotundas, números fáciles de memorizar. Cien mil muertos durante la guerra de los Mil Días. Tres mil en la masacre de las Bananeras en 1928. Trescientos mil a lo largo de La Violencia, en la década de 1950. Se trata, en realidad, de cifras míticas, en el sentido de que son artificios idóneos para excitar la sensibilidad. Repasemos estos tres hitos macabros para ver cómo han sido ponderados. 

La cuantía de víctimas que comúnmente se le adjudica a la guerra de los Mil Días apareció poco después de su finalización, en 1902. Pasados cinco años, el “decir general” apuntaba a unos cien mil muertos. La cifra daba buena cuenta de cómo los brazos habían olvidado todas las labores, menos la de herir; las almas, todos los sentimientos, menos el del odio. Santiago Pérez Triana añadía que la salvajización de la república casi se había podido tocar. Aquel cómputo, sin embargo, no salió de ningún balance documentado, y el único de la época que se conoce muestra la ligereza con que se efectuaban esas sumas: se trata del ejercicio hecho por el escritor Lisímaco Paláu. 

Acerquemos la lupa a un hecho de armas cualquiera, y veamos cómo cuantificaba las víctimas. A propósito de lo ocurrido en el Alto del Bledo, en Ambalema, Paláu apuntó 25 muertos, aunque el comandante del ejército vencedor, que no querría reducir el número de adversarios abatidos, reportó solamente 11. Así, Paláu incrementó en un 127% los finados en este episodio y es verosímil suponer una imprecisión semejante en el resto de sus cómputos. No contento con esta exageración, para el primer año de guerra, lapso en el que contabilizó inicialmente 13.492 muertos en combate, Paláu redondeó la cifra en veinte mil, proyectando las bajas debidas a heridas y epidemias, ¡de modo que infló nuevamente el conteo en casi un 50%!  

Con cálculos de esta naturaleza, se fue fraguando el número mítico de muertos, lo que coincidió con dos cambios en la narrativa del acontecimiento, ocurridos en la década de 1930. En primer lugar, muchos liberales pasaron a glorificar esa confrontación. Hasta entonces, no se habían atrevido a hacerlo, pues reconocían sus consecuencias desastrosas para la nación entera, sobre todo al facilitar la separación de Panamá en 1903. En segundo lugar, se abandonó la designación de “Guerra de los Tres años”, en favor del apelativo de “los mil días” que hoy lleva. Como es evidente, este cambio incrementó el dramatismo del acontecimiento.

Pasemos ahora al número canónico de víctimas de la “matanza de las bananeras” en diciembre de 1928, que es un completo invento de Gabriel García Márquez. Los balances de la época y de historiadores posteriores van ¡de 47 muertos a 2.000!, pero en todos los casos se trata de simples conjeturas, dado que nadie se apoyó en un conteo o análisis estadístico, por rudimentario que fuera. 

Para ver lo antojadizo de las cifras, basta mirar las que ofrecieron dos dirigentes del Partido Socialista Revolucionario, organización que lideró la huelga de las bananeras, cuyo fin era desencadenar una insurrección nacional. Alberto Castrillón, uno de los jefes de la movilización, aludió a “más de mil quinientos” muertos. Ignacio Torres Giraldo, que estuvo en la región poco después de los hechos, escribió que allí el número invocado era de “hasta ochocientos”. García Márquez admitió en 1990 que tres mil era el número propicio para que el lector de Cien años de soledad pudiera imaginar un vagón de tren repleto de cadáveres. El historiador Eduardo Posada Carbó demostró en su ensayo La novela como historia (1998) que la cifra ficticia propuesta por el Nobel fue aceptada como verdad histórica en Colombia. Y, efectivamente, por infundado que sea, tres mil muertos resulta un guarismo resonante cuando se busca condenar la opresión supuestamente inaudita de los conservadores a inicios del siglo XX.

Las trescientas mil víctimas que suelen adjudicarse al desbordamiento de la lucha entre conservadores y liberales durante el periodo de La Violencia (1948-1953) obedecen a un patrón de contabilidad semejante al usado en las dos tragedias anteriores. Un autor lanza una cifra sin preocuparse por su fundamento, otros corrigen al alza esa misma cifra, creyendo precisar el cálculo, hasta que al fin un número mítico, que denota sin aparentes equívocos el dramatismo de los hechos, termina generalizándose y nadie se pregunta por su fiabilidad. 

La operación no es inocente en términos políticos. 

Como apuntó Germán Guzmán en el famoso informe La violencia en Colombia (1962), los trescientos mil muertos corrientemente aceptados le deben mucho a la dirigencia liberal del momento: era tentador achacar la profusión de sangre a la barbarie exclusiva de los conservadores, como si los liberales mismos no hubieran contribuido ampliamente a esa hecatombe. Obviamente, mesurar con el mayor rigor posible el número de víctimas no implica negar la infamia, que se mantendría intacta en esta etapa incluso si los muertos fueran muchos menos, como lo proponen Adolfo Meisel y Julio Romero, para quienes, de 1949 a 1958 pudieron oscilar entre 39 mil y 58 mil. Una cifra espeluznante.

Una sociedad puede confrontar sus propias tragedias y esforzarse por entenderlas y ponerles fin. También puede negarlas o aminorarlas. Los colombianos hemos optado por exagerarlas con cifras fantasiosas. ¿Qué nos revela esta hipérbole cuantitativa, tan dominante en la comprensión de unos acontecimientos emblemáticos de nuestra violencia política? ¿Acaso estas cifras míticas expresan un reconocimiento generalizado de la gravedad y anomalía de aquellos episodios cruentos? ¿Esa inflación obedece a una lógica bienpensante según la cual la brutalidad de las luchas debería coincidir con números superlativos? Lo cierto es que esa reacción horrorizada pocas veces ha acompañado una condena absoluta, ni mucho menos pragmática, del recurso a la violencia en la escena política (una excepción a esta regla son las décadas iniciales del siglo XX). Las recriminaciones polémicas tampoco han ayudado al cierre de la confrontación. Su persistencia ha sido el combustible de nuevos salvajismos y enfrentamientos.

Las cifras míticas convierten la violencia en un fenómeno falsamente “evidente”, cuyo desciframiento depende de una lógica conjetural y no de la indagación rigurosa. El espanto que produce la tragedia en estas narraciones al alza es paradójicamente indolente: no se aterra con el sufrimiento concreto, ni se escandaliza con incurrir en invenciones estadísticas. 

Isidro Vanegas

9-08-21

Coda

Los curiosos que quieran saber más sobre los mecanismos matemáticos usados por los analistas sobre la violencia en Colombia pueden leer con provecho aquí el artículo de Eduardo Posada Carbó, “La novela como historia: Cien años de Soledad y las bananeras” (1998); y los ensayos de Adolfo Meisel y Julio Romero “La mortalidad de la Guerra de los Mil Días” (2017), aquí,  y “Análisis demográfico de La Violencia en Colombia” (2019), aquí
 


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ACERCA DEL AUTOR


Isidro Vanegas Useche

Historiador y profesor en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. Algunos de sus libros son Las Batallas de Boyacá - Hombres, mujeres, experiencias (2019) y La Revolución Neogranadina (2012). Tradujo la obra de Gordon S. Wood, La Revolución Angloamericana.