Las dos verdades del historiador

¿Cómo comprender las peores tragedias humanas? Dejando de lado la explicación usual de  la degradación moral y el impulso que nos lleva a dividir el mundo entre buenos y malos, ¿es posible develar la alquimia macabra que desencadena los momentos más crueles de las sociedades? 

POR Daniel Gutiérrez Ardila

Noviembre 12 2021
Ilustración de Camilo Uribe Posada: @CamiloUribePosada

Ilustración de Camilo Uribe Posada: @CamiloUribePosada

 

Recientemente leí Vecinos, un libro del sociólogo e historiador Jan T. Gross que cuenta cómo “un día de julio de 1941, la mitad de una pequeña población del este de Europa asesinó a la otra mitad, unas 1.600 personas entre hombres, mujeres y niños”. Los acontecimientos ocurrieron en Polonia, en una ciudad llamada Jedwabne, los victimarios fueron católicos y las víctimas, los judíos del lugar. Algunos murieron por ataques con piedras, estacas de madera y barras de hierro; el resto, en un pajar incendiado con gasolina.

Al concluir la lectura me sentí desconcertado, porque esperaba un libro de historia, pero se trataba de algo diferente, perteneciente a un género mixto, emparentado con el periodismo y la investigación judicial. El autor estaba más interesado en acusar que en explicar y esa actitud afectó claramente su disposición investigativa, porque le impidió formular ciertas preguntas, juzgadas de entrada como impertinentes u obscenas. Sentí de su parte una postura rígida, que le paralizaba la imaginación y empobrecía su capacidad de interpretación.

Un ejemplo aclara el punto. Luego de la firma en 1939 del tratado Ribbentrop-Molotov, que estipuló un pacto de no agresión entre Alemania y la Unión Soviética, y la repartición de Polonia, Jedwabne fue ocupada por el Ejército Rojo. Sin embargo, veinte meses después, ya en plena guerra, este se vio forzado a abandonar la comarca, que fue controlada por los alemanes. ¿Acaso la masacre de julio de 1941 se desencadenó por la cercanía de los judíos con los rusos? Gross indica que se trata de una idea descabellada, pues si bien hubo judíos que colaboraron con la policía secreta soviética en Polonia, tal no fue, al parecer, el caso en Jedwabne y, de cualquier modo, algunos católicos hicieron lo mismo.

En 2001, año en que fue publicado Vecinos en inglés, Gross estaba preocupado por establecer una verdad negada sistemáticamente por los polacos y es que estos participaron en el exterminio de los judíos sin que los forzaran las autoridades alemanas. Lo demuestran los pogromos, acontecidos no solo en medio de la Segunda Guerra Mundial, sino después de su conclusión, y lo ratifica la masacre de Jedwabne, pues el día en que esta se cometió solo había en la población un puesto de gendarmería alemana conformado por once hombres que, paradójicamente, prestaron abrigo a algunos de los pocos sobrevivientes y cuya única participación en la matanza “se limitó prácticamente a tomar fotografías de lo que sucedía”. La conclusión es entonces que “la llamada población local involucrada en la muerte de los judíos actuó por voluntad propia”, no solo en Jedwabne, sino en todo el país a lo largo del período:

 

Sencillamente no es verdad que durante la guerra los judíos fueran asesinados en Polonia solo por los alemanes, asistidos ocasionalmente en su sangrienta tarea por algunas formaciones auxiliares de la policía, compuestas básicamente por letones ucranianos y algunos otros ‘calmucos’.

 

Un historiador puede entonces jugar un papel clave en el esclarecimiento de acontecimientos oscuros o incómodos para una sociedad que, traumatizada o avergonzada, es incapaz de asumirlos como parte de su pasado y se empeña en negarlos

Gross perseguía este tipo de verdad primeriza y necesaria que busca responsables y quiere responder preguntas elementales: quién y a quiénes, cuándo y dónde. Por eso, solo le interesaba marginalmente la historia que condujo a la masacre o comprender los mecanismos psíquicos que la desencadenaron. Algunas líneas del libro se refieren a una mezcla explosiva: antisemitismo, desintegración moral, estímulo de la propaganda nazi, afán de los locales por ganarse la voluntad de las nuevas autoridades alemanas, obtención de beneficios materiales a través del despojo de las víctimas...

Sin embargo, la pista que conduce a explorar el porqué solo queda esbozada en el libro: evidentemente, esta segunda verdad se enraíza en algo difícil de pensar, horroroso, repulsivo, precisamente porque quiebra los esquemas de oposición binarios. En ella sigue habiendo víctimas y victimarios, culpables e inocentes, asesinos y muertos. Pero hay también una insatisfacción latente. ¿Cómo se libera el odio de los “tabúes morales” hasta hacer lícita y propiciar la aniquilación de un grupo humano? ¿Por qué sucede en ciertos momentos y lugares?

Vecinos no se interesa por estas cuestiones. Otros investigadores, sin embargo, las han transformado en el centro de sus pesquisas, buscando trascender la mera imputación. Lo dicho es válido aun para las masacres y los genocidios. Siguiendo el ejemplo de Raul Hilberg, cuatro intelectuales españoles se propusieron en 2017 entender el Holocausto, negándose a tratarlo como pura “irracionalidad política”.

La operación implicaba, en primer lugar, reconocer el Holocausto como un “paradigma de destrucción masiva de población civil propia”, lo que abría la posibilidad de confrontarlo con otras grandes tragedias humanas, pretéritas o recientes. En segundo lugar, el propósito de entender suponía definirlo, es decir, dar cuenta de las especificidades de este fenómeno histórico arraigado en un contexto particular:

 

El Holocausto es el conjunto de ejecuciones y matanzas efectuadas entre el 1 de septiembre de 1939 y el 8 de mayo de 1945 por cualquier Estado europeo contra una parte de la población que está bajo su jurisdicción o control durante ese período.   

 

Así, pues, la destrucción del pueblo judío solo es una parte (aun cuando esencial) de un vasto proceso de aniquilación que incluyó a otros grupos humanos (detenidos políticos, gitanos, polacos, prisioneros de guerra soviéticos...). El Holocausto fue también un proceso improvisado que se fue gestando de acuerdo con la coyuntura política. Únicamente el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la frustrada invasión de la Unión Soviética por parte de la Alemania nazi lo encaminaron hacia la Shoá. En un comienzo, las medidas eugenésicas y tanatopolíticas de ese Estado iban dirigidas contra su propia población, como lo indica la ley que permitió a partir de 1934 la esterilización de “débiles mentales”, ciegos, sordos y personas aquejadas por deformidades físicas, así como la eutanasia política, aplicada al comienzo (1939) en hospitales infantiles e instituciones psiquiátricas: fue precisamente en una de ellas donde se ensayó el uso del gas para cegar vidas en celdas selladas con arcilla. Algo semejante sucedió con los campos de concentración, que sirvieron primero para internar comunistas, enemigos políticos y “antisociales” (el porcentaje de judíos era entonces pequeño).

La ocupación de Polonia, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la ambición de germanizar vastos territorios de Europa oriental para transformarlos en colonias agrícolas confluyeron con el antisemitismo y reorientaron los dispositivos tanatopolíticos del Estado alemán. Cuando la creación de guetos y la deportación resultaron evidentemente insuficientes para gestionar el exceso demográfico dictaminado por los nazis, los campos de concentración se transformaron en fábricas de exterminio.

Estudiar el horror del Holocausto o cualquier otro cataclismo social y esforzarse por comprender las razones que lo desencadenaron no implica justificarlo. Para decirlo con Alain Corbin, no mengua la gravedad de un hecho sangriento el caracterizarlo como un “gesto político”, que tiene “significado lógico y coherente”. Según se ha visto, la búsqueda de esta segunda verdad permite pensar una tragedia, no a la manera de una irrupción o fisura inesperada (para citar nuevamente a Corbin), sino como fruto del entramado de comportamientos antiguos en un contexto volátil. Sin embargo, la adopción de este enfoque quizás solo está autorizada por el alejamiento temporal y vital con respecto al horror. A Gross, cuya familia fue víctima del antisemistismo en Polonia, claramente no podía exigírsele que adoptara una perspectiva semejante.

 

Ilustración de Camilo Uribe Posada: @CamiloUribePosada

Ilustración de Camilo Uribe Posada: @CamiloUribePosada

 

En suma, el historiador puede acceder a dos verdades de naturaleza diferente, cuyo valor y oportunidad suelen depender de la distancia cronológica y emocional con respecto a su objeto de estudio. Como dice Pierre Vidal-Naquet, el trabajo de un historiador confrontado a los dramas del presente o del pasado inmediato es de índole positivista, pues busca establecer, como diría Ranke, lo que auténticamente sucedió. En ese sentido está marcado por la oposición verdad-mentira y por la imputación, es decir, por el establecimiento de las responsabilidades individuales y colectivas, siendo además necesariamente servil en cuanto al relato, el acontecimiento y la cronología. La segunda verdad resulta de la pretensión de estudiar las sociedades del pasado para comprender sus referentes mentales, sus sistemas de creencias y valores, sus maneras de pensar y sentir y sus orientaciones políticas.

El trabajo de los historiadores debería mezclar en alguna medida ambas verdades. Para ello suele ser necesario el paso del tiempo, que sin hacernos ajenos al drama de las víctimas, permite formular otras exigencias, más allá de la denuncia o la responsabilidad penal. Como dice también Vidal-Naquet, “para mantener viva la memoria, la historia debe sustituir a la memoria”.

 

Nota bene:

Aquí las señas completas de las obras referidas arriba, para los curiosos.

 Jan T. Gross, Vecinos. El exterminio de la comunidad judía de Jedwabne (Polonia), Barcelona, Crítica, 2016.