Lugar común

En Colombia hoy tenemos opiniones tan radicales, como desinformadas sobre el pasado: una mezcla volátil que entorpece entendernos en el presente y poder imaginar mejor el futuro. La Fundación Malpensante se asocia con historiadores de cuatro distintas universidades para proponer a su audiencia contenidos que abordan la historia con complejidad y amor a la duda. 

¡Bienvenidos los curiosos!

POR Daniel Gutiérrez Ardila

Historia para el debate público

Historia para el debate público

Desde hoy, cinco profesores universitarios dedicados a las ciencias sociales confluiremos semanalmente en este espacio que por eso mismo puede llamarse Lugar común. El grupo está compuesto por Carlos Patiño Villa, de la Universidad Nacional-Sede Bogotá; Isidro Vanegas, de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia; Franz Hensel, de la Universidad del Rosario, y Carlos Camacho Arango y Daniel Gutiérrez Ardila, de la Universidad Externado.

El nombre de Lugar común obedece también a otras consideraciones. En los últimos cuarenta años se ha difundido cada vez con más fuerza una versión del pasado del país que a punta de repeticiones se ha convertido en una especie de historia oficial, en una versión renovada de la historia patria. 

Fue esta una materia que se empezó a dictar durante el siglo XIX en los colegios de la República con ayuda de manuales, redactados frecuentemente en forma de catecismo. Dos ejemplos entresacados del que compuso Cerbeleón Pinzón en 1864 servirán de ilustración: “Pregunta: ¿Cuál fue el principal de los conquistadores del Nuevo Reino de Granada? Respuesta: El Adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada […] Pregunta: ¿Cuáles fueron las batallas más notables ganadas por las huestes libertadoras y que más contribuyeron a afianzar nuestra independencia? Respuesta: Boyacá, Carabobo, Pichincha, Junín y Ayacucho”. Como se ve, se trata de un ejercicio mnemotécnico, no de una postura reflexiva. El niño pasaba al tablero, miraba temeroso al maestro armado con la palmeta y recitaba la lección. Se trata también (es evidente) de un discurso simplificado, incuestionable, en blanco y negro, fabricado con trazos groseros (un conquistador y cinco batallas, todas victoriosas).

Estos rasgos distintivos (recitación, simplificación, maniqueísmo) se encuentran también en la nueva historia patria. Se dirá que hay grandes diferencias con la vieja: el relato actual no se enseña (al menos no por disposición del Ministerio de Educación) en los colegios, no emana de manuales pedagógicos, ni es promovido por el Estado (aun cuando el manualito de Antonio Caballero, una especie de breviario que alberga todas las verdades recibidas, gozó de financiación oficial). Sin embargo, la nueva historia patria cuenta con la diligente difusión de la academia y de los medios de comunicación. Prestigiosos columnistas la repiten como si se tratara de las tablas de multiplicar, aunque se creen muy originales y contestatarios. Programas de radio y televisión la popularizan a través de chistes gastados en los que nuestra supuesta tragedia inmemorial es objeto de burlas. Escritores premiados opinan con desinformación y visible fruición sobre el “sino irremediable de Colombia”. Sociólogos, científicos políticos, antropólogos y aun historiadores hacen eco autorizado de estos despropósitos. Incluso obras respetables se han prestado a este ejercicio ritual de lapidación nacional. En algunos casos (piénsese en las novelas de Fernando Vallejo) cabe considerarlas como fundadoras o divulgadoras de esta postura. 

Al comienzo, cuando la violencia ligada al narcotráfico, las guerrillas y el paramilitarismo se agravaba, los comentarios mordaces, el extremismo verbal y el prurito generalizador pudieron actuar como denuncia o airado rechazo ante la insania y la degradación de las condiciones de vida. Sin embargo, los recursos retóricos privilegiados para expresar la inconformidad o el desconcierto han terminado por convertirse en un reflejo, es decir, en una reacción irreflexiva y autosuficiente, en un pesimismo de feria, en una pirotecnia predecible y macabra que concita aplausos y risas, sin admitir matices ni consentir el pensamiento crítico.

Conviene enumerar los rasgos característicos de este facilismo intelectual, de esta demagogia ritual que nos proponemos analizar y confrontar desde Lugar común. Se trata de una tarea urgente, porque los avances de un país no consisten solamente en seguridad, patrimonio o infraestructura. Una comprensión refinada de la propia historia es un insumo fundamental de la política, por cuanto da perspectiva crítica a los ciudadanos y los cura, al mismo tiempo, del pesimismo fatuo y del optimismo incauto; del conformismo y la apatía; de los cantos de sirena, de la varita mágica de los cuentos de hadas y de los predicadores de la tabula rasa.  

La nueva historia patria ha erigido en ley la idea de que en Colombia el tiempo transcurre en vano, es decir, de que estamos condenados a una repetición (si acaso agravada) de nuestras frustraciones y de nuestros conflictos. Ve nuestras vicisitudes como copia esperpéntica o repetición anómala de sucesos foráneos. Enuncia la existencia de un perenne régimen oligárquico, o sea, de un gobierno monopolizado por unas cuantas familias (blancas) desde los tiempos más remotos. Propone que el país fue hecho de espaldas a la geografía y asegura que la política enlazó tercamente provincias que mantenían escasas relaciones entre sí y terminaron condenadas a una convivencia ingrata que ha generado forzosamente violencia. Afirma que esta no ha cesado desde la independencia (otros, como el historiador Alfonso Múnera, piensan que su origen está en la Ilustración) y, por lo mismo, sugiere entre líneas que somos ineptos para gobernarnos a nosotros mismos, que la separación de España fue una catástrofe y que somos por definición sujetos coloniales e incapaces. 

Es necesario aclarar que no propugnamos por una versión rosa de la historia de Colombia, solo queremos contribuir a restituir su complejidad. No negamos los conflictos ni la violencia, pero estamos seguros de que nuestro devenir ha sido más que eso. No buscamos justificar los tropiezos ni disimular los desaciertos o las catástrofes, pero creemos que los logros y las dificultades propias de nuestra trayectoria deben hacer parte de la ecuación. Bienvenido el juicio severo, ojalá informado, responsable, contextualizado. Benditos sean el debate y las voces disonantes, que no deben confundirse con este coro de iglesia dominical que hoy tenemos. 

Sobre la historia de este país pueden decirse muchas cosas, pero difícilmente que carece de originalidad y de interés. Por eso en Lugar común buscaremos mostrar los avances de la investigación histórica en Colombia y proponer a la audiencia de El Malpensante lecturas enriquecedoras e interpretaciones y puntos de vista sobre la trayectoria de Colombia que desafían los tristes tópicos que rigen la esfera pública.

 


 

logos universidades

Lugar común es una alianza de la Fundación Malpensante con la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad del Rosario, la Universidad Externado de Colombia y la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia.

ACERCA DEL AUTOR


Daniel Gutiérrez Ardila

Historiador. Especialista en el período independentista colombiano. Ha publicado tres libros sobre su tema de estudio y, en 2019, una historia narrativa sobre la campaña libertadora. Docente e investigador de la Universidad Externado de Colombia.

CONTENIDO DEL AUTOR QUE TE PUEDE INTERESAR