No importa que esto huela mal

(sobre todo porque no lo puedo oler)

Una nariz enceguecida avanza a tumbos, lanza su bastón blanco al suelo y empieza a disfrutar esa otra forma de la errancia que es no tener olfato.

POR Santiago Erazo

Huele mal

Ilustración de Francisca Jiménez

Una mañana todo empezó a adquirir el olor del agua. No era el petricor, ese aroma dulzón que despide la tierra seca cuando cae una primera lluvia, ni el vaporoso efluvio de una ducha, sino el desconcertante olor de un vaso de agua, cuando, tras hacer una profunda inhalación, encuentras en él la absoluta nada. Una nada que en ese instante se tornó ubicua y que, totalmente inodora, se iba aferrando a los tabiques de mi casa y de mi nariz. 

La prueba de fuego fue una mandarina. La tomé con mi mano derecha, la abrí para dejar al descubierto esos gajos suyos tan parecidos a las llamaradas de un incendio y la acerqué a mi rostro. Bastaba con verla de cerca para sentir que disparaba chispazos de un olor que, si fuera un sonido, sería el de un bosque chamuscándose, superando los cientos de decibeles. Pero mi nariz no podía percibir su cítrica estridencia. Las fosas nasales nunca tuvieron un nombre tan pertinente como en ese momento: los cadáveres de los olores se iban apilando uno a uno dentro de ellas. Entonces supe, mientras una tos escalaba cada vez con mayor ímpetu mi garganta, que había perdido el olfato. Y que por ende era una víctima más de la peste.

No vale la pena ahondar aquí en lo que ha ocurrido durante más de un año de pandemia: los sermones biopolíticos, las vestiduras rasgadas por lo que pudo o no hacerse, el tedio del encierro que zumba enfrascado –César Vallejo dixit– entre cuatro paredes gracias a un bichito que no huele a nada pero que ha averiado millones de narices, entre ellas la mía. Más bien, ya en medio de vacunaciones –no tan– masivas, sería mejor hablar de algo que en mi caso se convirtió en un consuelo frente a tanta tragedia inodora que se ha desperdigado a lo largo de nuestras ciudades y pueblos, igual que el agente naranja sobre los campos vietnamitas.

Lo que ocurrió fue que perder el sentido del olfato por un par de meses terminó siendo un respiro. De un tiempo para acá, la vida en la ciudad me ha parecido obra de un pintor barroco que, en vez de usar óleos, traza sus pinceladas con olores: bien sea el tufo del vinagre sobre el cristal de una mesa recién limpiada, la estela de un perfume o una colonia sobresaturando el aire, el esmog bogotano o la humedad de una habitación que ha entrado en la senilidad y lo demuestra con su incontinencia arquitectónica. Pero esta anosmia lo anuló todo. Mi nariz entró en un estado monacal que poco a poco empecé a disfrutar. Fue como si esa suscripción indeseada al coronavirus por quince días viniera acompañada de una clase gratuita de mindfulness para narices. 

Es cierto, no percibía ningún aroma ni fragancia, y a su vez mi sentido del gusto también penó de incertidumbre, pero el desconcierto valía la pena, pues esta nariz fugazmente budista aprendió por un par de meses a dejar pasar los olores, tanto los buenos como los malos, igual que las montañas dejan cruzar las nubes, sin aferrarlas ni aprehenderlas. En ese instante, y dejando de lado los otros síntomas de la peste –en mi caso no muy graves, por fortuna–, la realidad cobraba, por momentos, una luminosa sencillez. 

Al tiempo, entre tanto desierto nasal, llegué a pensar en el laborioso pero poco valorado trabajo del sistema olfativo. Debería ser suficiente esfuerzo para las ñatas mantenernos con vida, arponeando el aire con su garfio –en unos más estilizado que en otros–, como para también tener que clasificarlo a través de un exhaustivo ejercicio taxonómico. Eso sí, al menos este poco agraciado Linneo que tengo pegado al rostro tuvo un descanso más que merecido.

Recuerdo que de niño visitaba la casa de un amigo cuyo interior despedía un olor extraño que me incomodaba apenas entraba. Nunca supe qué era; quizá un plato que su madre cocinaba siempre, o algo connatural a la edificación y que brotaba de sus paredes. De cualquier forma, en un punto mi nariz se aclimataba a ese paisaje invisible que ya no me molestaba, solo hasta cuando volvía a visitarlo y tenía que esperar de nuevo a que dentro de sus paredes se adormilaran los olores desagradables. En esos momentos anhelaba perder algún día el olfato para blindarme de la incomodidad. Quizá el niño que fui se habría sentido orgulloso de ver al anósmico adulto en el que me convertí, así fuera por poco tiempo.

Incluso me di cuenta de que el acto de leer no es lo mismo. Sin olfato, la crítica literaria se ejerce con menos distracciones y más objetividad: por ejemplo, uno no se deja seducir por ese aroma ladino de los libros viejos antes de leerlos. Además, se descubre que El olor de la guayaba no es tan buen título.

Ahora he recobrado todas las facultades sensoriales. Ya puedo respirar profundamente y atiborrarme con cada uno de los olores que alcancé a echar de menos –el del pelaje de mi gato, el del humeante ajiaco de mi madre o esa fragancia natural en la piel del ser amado que, como dice Darío Jaramillo en un poema, es “una ráfaga [...] que me llega del lugar más tierno de la noche”–. Pero también he extrañado mi nariz enceguecida. Porque, de cierta forma, la levedad del olfato perdido tiene algo similar a cerrar los ojos tras un día de ocupaciones vertiginosas. Un descanso de la efervescencia diaria. Un detenerse en el camino. Un acuoso silencio en plena madrugada.

ACERCA DEL AUTOR


Santiago Erazo

En 2019, recibió el Premio Nacional de Poesía de la Universidad Externado de Colombia. Ese año publicó su primer libro, el poemario "Una llaga en el cielo" (Premio Nacional de Poesía Obra Inédita de la Tertulia Literaria de Gloria Luz Gutiérrez). Es asistente editorial de El Malpensante y bajista de Incendiariat, grupo de postmetal.

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