Otra versión de los hechos

Tres sucintas disquisiciones sobre lo peligrosa que puede ser la Historia escrita con hache mayúscula, lo útil que es escribir poemas evitando la franqueza y la necesidad de pensar una verdad menos ceñida a la objetividad.

POR Jesús Silva-Herzog Márquez

Ilustraciones de federico fonseca

Ilustraciones de Federico Fonseca

Contra la sinceridad

Como lectora, dijo Louise Glück en una entrevista con Joanne Feit Diehl, nunca me han atraído las tonaditas ni las imágenes lindas. Esa no es la poesía que quiero leer ni mucho menos la que quisiera escribir. He buscado la esencia y el hechizo. Ideales estáticos, agrega. Experiencias desprendidas del relato, íntegra emoción. Ese encantamiento de la experiencia única y eterna es descrito en las últimas líneas de su poema “Nostos”. La niña recuerda el patio, el árbol, la exactitud de las estaciones. Esa pizca del universo parece escrita por un poeta lírico, dice.

Observamos el mundo solo una vez,

en la infancia.

El resto es memoria.

Glück ha reconocido que el psicoanálisis fue su verdadero taller literario. Ahí se descubrió, en los silencios y en las palabras, en el balbuceo, en las dudas. Ahí pudo encontrarse y, al mismo tiempo, desprenderse de sí misma. Frente a un congreso de psicoterapeutas, la poeta que ganó el Nobel el año pasado habló del poder reparador del arte. El poema acude al rescate del lector. Ante una oscuridad sin forma, le ofrece una pista de sentido. El poema, dice Glück, nos rescata. No nos levanta, nos acompaña. El poema es “una isla en caída libre”. Es una prueba, dice, de que el sufrimiento puede tener significado. Para quien lo escribe, el poema es otra cosa: una venganza contra la pérdida, una transformación del dolor que se vuelve contra su fuente. De ahí el asombro y la reverencia de Glück ante lo escrito y lo leído. En los oficios del poeta hay un anhelo espiritual de conferir sentido a la desgracia, de darle forma a la devastación.

Ararat, el poemario que publicó en 1990, es el libro de su supervivencia. El título alude a un cementerio y a la vista del monte. La muerte y el atisbo. En el libro desfilan, a lo lejos, la hermana muerta, la madre petrificada, el padre lejano. Un mundo en el que todos los días, entre los partos, nacen huérfanos y viudas. En el poema inicial de ese libro amargo y lúcido se da cuenta del inicio de una vocación: dar testimonio de nuestra sombría naturaleza. En la traducción de Pura López Colomé puede leerse la fuente de su venganza poética:

Hace mucho me hirieron.

Como reacción,

aprendí a existir,

sin contacto

con el mundo;

les contaré

lo que me propuse ser:

un artefacto todo oídos.

No inerte: quieto.

Un tablón. Una piedra.

[...]

Nací con vocación:

dar testimonio

de los grandes misterios.

Ahora que he visto

nacimiento y muerte

sé que son pruebas,

no misterios–

de la sombría naturaleza.

La clave que ofrece el poema es, quizá, engañosa para describir la intervención poética. ¿Un dispositivo que escucha? ¿Una roca? ¿Es de veras una piedra inanimada que escucha al mundo? ¿Una tabla que sirve de oreja? El sufrimiento, ha dicho, es apenas la mitad de la metáfora. Por eso denuncia la sinceridad como el atajo que la poesía no debe tomar. La palabra sincera puede ser un alivio, pero no es un descubrimiento. El discurso honesto puede ser transcripción fiel del impulso, pero no implica la transformación artística de la experiencia. El arte no es huella digital, dice en su ensayo contra la sinceridad. Entre lo sucedido y lo escrito ha de brotar la poesía.

El poema es el proceso que cambia la experiencia: la realza, la destila, la fija en la memoria. Nada de eso es sinceridad. Si acaso, una autenticidad insincera. La verdad de la página no necesita haber sido vivida.

Glück suplica que no la tomen en serio. Soy incapaz de ver con objetividad, “no soy digna de confianza”. Me siento invisible y, por ello, peligrosa. Gente como yo, tullida y desinteresada, es mentirosa. Solo en jirones, por desgarramientos, logra expresión. No atendemos el reporte de los ojos. Por eso, rota en los fragmentos de memoria, por transposiciones la poesía de Glück toca otra verdad. Es la voz de una niña o de un dios, de un lirio o de los personajes sin tiempo que habitan el mito. Escribir, literalmente, desde los huesos.

En el recibidor de Vita Nova, su poemario de 1999, se puede leer una confirmación de esta desconfianza platónica en los testigos:

El maestro dijo: Debes escribir lo

/que ves

   Pero me toca lo que veo.

El maestro contestó: Cambia lo que /ves.

 

El veneno de la historia

Paul Valéry dedicaba sus Miradas al mundo actual a quienes carecen de ideología, aquellos que no pertenecen a ningún partido, porque veía en ellos a las personas que todavía son libres para dudar de lo dudable y para sostener lo que no lo es. Se acercaba a los temas del día como aficionado y, con cierta repugnancia, escribía la palabra “política”. Al hombre de la inteligencia gélida, la política práctica no le parecía solamente lo mas lejano a su temperamento sino lo más aborrecible. No hay nada tan impuro como la política, decía. Es la mezcla de las cosas que nunca deben confundirse: bestialidad y metafísica, fuerza y justicia, religión y egoísmo, ciencia e histrionismo, instinto e ideas.

La política corrompía también la memoria. Por eso había que desconfiar de quien escribiera historia con mayúscula. La Historia convertida en moraleja, en instructivo y en engaño. Lo más característico de la historia es que juega un papel en la historia misma. El arte de la historia era, para el poeta, una de las grandes maravillas de la inteligencia. Un arte tan profundo, tan fino, tan perceptivo como las joyas más exquisitas de la literatura o de la filosofía. Podríamos perfectamente deleitarnos con estos frutos del arte de la memoria, esos ejercicios de la imaginación que se vuelcan al pasado, si tan solo no irrumpiera la política para apropiárselos y pervertirlos.

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Quien busca darle forma al futuro suele nutrir su ambición en la imaginación del pasado. La historia le regala una galería de los ancestros, un formulario de frases y poses; le ofrece un cuento para contarles a los niños. Cuando buscan orientación para actuar, los estadistas no abren los ojos, activan los recuerdos. Confían, así, más en los espectros que en sus sentidos. Cuando el presente reclama respuesta a la circunstancia, el político se fuga en busca de precedentes: “La historia alimenta la historia”, dice Valéry. Mas bien, la atrapa, la ofusca, la sujeta. Por eso dice que Bismarck creía sujetar el mundo por sus remembranzas: pensaba que, por recontar la historia, había descifrado el espíritu de la realidad.

Cuenta Valéry que Europa, como sujeto político, como entidad cultural, se le reveló de pronto como una sorpresa. Para entender lo que antes consideraba solamente un fenómeno geográfico buscó orientación en los libros de historia. Ahí debía estar la respuesta. Lo que encontró fue una “horrible confusión”. Un revoltijo de ideas, una desordenada acumulación de hechos, una serie de crónicas contradictorias. Lo que en unas páginas es descrito como un milagro de los santos, en otras es pintado como una monstruosidad. Lo que en unas crónicas es el evento fundamental, en otras pasa desapercibido. De ese embrollo no puede surgir ningún anticipo de lo que vendrá, ninguna orientación de lo que debe hacerse, ninguna clave del presente. La historia es la ciencia de lo que no se repite, dice el ensayista. Lo que se repite pertenece al reino de la física o, hasta cierto punto, de la biología. Y lo irrepetible puede resultar fascinante, pero no útil. Si el estudio del pasado presta algún servicio es porque nos advierte que nuestra capacidad de prever lo que sobrevendrá en el futuro es diminuta. La única lección que nos ofrece, pues, es una sugerencia: prepárate para lo que no puedes imaginar. A la historia había que tenerle respeto, como se le tiene respeto al mar que, al seducirnos, puede ahogarnos.

De ahí la advertencia que Valéry colocaba en el frasco del líquido: “La historia es el producto más peligroso que haya elaborado la química del intelecto humano. Sus propiedades son muy conocidas. Hace soñar, emborracha a los pueblos, engendra en ellos falsos recuerdos, exagera sus reflejos, mantiene sus viejas heridas, los atormenta en el reposo, los conduce al delirio de grandezas o al de persecuciones, y vuelve a las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas”.

 

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La verdad porosa

George Orwell le dijo alguna vez a Arthur Koestler que la historia se había detenido en 1936. El escritor húngaro no dijo nada pero asintió con la cabeza. Ambos pensaban en la guerra civil española. No veían el fin de la historia sino en el fin de la verdad. Orwell no era un ingenuo: sabía que los periódicos son incapaces de registrar completa y objetivamente la realidad. Pero en España los diarios se desprendían de los hechos. Lo que se leía no tenía vínculo alguno con la vida. Batallas terribles en un lugar donde nunca hubo batalla. Hombres valientes descritos como cobardes; silencio ante la muerte de miles. Lo que vi, dice Orwell en sus recuerdos de la guerra, es la historia siendo escrita no en términos de lo que había sucedido, sino en términos de lo que debía suceder según las directrices de partido.

Para el novelista, la pérdida de esa ancla de verdad era aterradora. Si vemos el mundo a través de los ojos del poder, lo hemos perdido todo. En el descubrimiento de la guerra española, Orwell tomaba nota de eso que hoy llamamos “posverdad”, pero caía en la trampa de pensar que lo que veía era nuevo. No lo era: el llamado a ignorar lo visible, la tendencia al autoengaño y la disposición a entregarle nuestra brújula a la manada son tan viejos como el fuego. La noción misma de posverdad es un bastidor melancólico: preverdad, verdad, posverdad. De ahí que la relación entre verdad y democracia sea más complicada de lo que nos sugieren los avisos de su ruina inminente.

Una advertencia aparece en las brillantes reflexiones de Hannah Arendt sobre la política y la verdad. El vínculo entre ellas nunca ha sido cordial. ¿Será que la naturaleza del poder es el engaño y la esencia de la verdad es la impotencia? Veía a la democracia necesitada de un asiento de verdad y, al mismo tiempo, llamada a disolverlo. Las opiniones que vivifican el debate requerían una vasija de veracidad que contuviera la polémica. Solo respetando los hechos podía darse forma a las opiniones. Pero advertía: “La verdad tiene un carácter despótico”.  Dos más dos igual a cuatro. Punto.

Sophia Rosenfeld, una historiadora del sentido común, ha explorado la mala relación que desde siempre ha habido en la pareja. Necesitamos un piso de verdad, pero no nos podemos poner de acuerdo en lo que eso significa. En su breve historia sobre la democracia y la verdad registra el desapego contemporáneo. Hoy nos alarmamos de que la opinión sea más importante que el dato, que la pertenencia sea un argumento irrefutable, que la autenticidad de la emoción sea conclusiva. Nos escandalizamos porque se esparcen los rumores más disparatados, porque se borra la frontera entre hechos y opiniones, porque se desprecia la voz de los expertos, porque se niega la posibilidad misma de la objetividad. La posverdad nos dirige al fascismo, dice Timothy Snyder. Rosenfeld nos ayuda a moderar la ansiedad. No a desentendernos del problema: a verlo en su dimensión histórica.

En la vida de la democracia se entrecruzan distintos regímenes de verdad. Uno proviene de la tradición ilustrada y el otro de la tradición antioligárquica. El compromiso del primero es la destrucción de la superstición, de la mentira, del prejuicio y del dogma. Es una batalla contra la irracionalidad de los hábitos y de los privilegios que implica confianza en quienes descubren, para todos, la verdad. La segunda fibra se alimenta precisamente de la desconfianza en esos técnicos que se presentan como propietarios exclusivos de la razón y que miran por encima del hombro a los ignorantes. La razón común, la sabiduría de la experiencia, la inteligencia de la calle, serán siempre mucho más fiables que las lecciones de los profesores.

La verdad que la democracia necesita es la verdad porosa. Una que considere el juicio de los técnicos y que atienda la desconfianza de quienes no lo son. Una que, sin idolatría, aprecie el sentido común.

ACERCA DEL AUTOR


Jesús Silva-Herzog Márquez

En 2013 fue elegido miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Colabora regularmente con el diario Reforma y con la revista Nexos.

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