Riochiquito: No Comment

Cuarta entrega sobre el documental francés acerca del nacimiento de las FARC.

Siga esta semana en Lugar Común las vicisitudes de un urbanista francés que tuvo el privilegio de conocer de cerca Colombia y escribió un libro desatinado y vulgar. ¿Existirá una relación  entre esa lectura tan equivocada de la realidad y el apoyo entusiasta a la lucha armada?

POR Carlos Camacho Arango

Ilustración de Camilo Uribe Posada: @CamiloUribePosada

Ilustración de Camilo Uribe Posada: @CamiloUribePosada

A veces la casualidad lleva las investigaciones por caminos misteriosos. Siguiendo la recomendación de un amigo, hace poco fui a una librería del centro de Bogotá a buscar Colombie – Guerrillas du peuple de Jacobo Arenas, el líder histórico de las FARC. Es este un texto curioso, pues apareció en francés antes que en español. Su penúltimo capítulo está dedicado a Riochiquito, la “zona de autodefensa campesina” a la que los realizadores franceses Jean-Pierre Sergent y Bruno Muel dedicaron un cortometraje documental del que he hablado en columnas anteriores. Encontré Guerrillas du peuple en una pila de libros extranjeros sobre Colombia, junto a los de Ingrid Betancourt en varios idiomas, El olvido que seremos en francés, estudios académicos sobre el país y un tomito titulado simplemente Colombie, número 42 de la colección Petite planète de la famosa editorial parisina Seuil, que también compré. De él quiero hablar en el día de hoy.

Publicado en 1971, Colombie no es exactamente una guía para el viajero independiente tipo Lonely Planet, The Rough Guide o Le Guide du Routard, colecciones fundadas pocos años después, aunque da algunos consejos prácticos: se puede acampar en cualquier lugar sin miedo y con toda seguridad; si viaja por tierra, la gasolina se consigue en cualquier parte y es barata; los aviones llegan a cualquier municipio de más de 10.000 habitantes por menos de lo que vale un pasaje de tren en Francia…

Lo primero que me atrajo hacia el libro fueron las fotos que lo adornan: varias de ellas parecían tomadas del documental Riochiquito. Después comprobé que no me había equivocado. Ocho imágenes son atribuidas a Sergent y Muel, entre ellas la primera y casi todas las últimas: hombres, mujeres y niños, miembros de la “zona de autodefensa campesina”, marchando, desgranando mazorcas y limpiando fusiles, además de retratos individuales de Manuel Marulanda y Jacobo Arenas. El segundo rasgo que me pareció curioso fue el nombre del autor: Jacques Aprile-Gniset, un investigador francés que se convertiría unos años después en profesor de la Universidad del Valle, donde estudió el crecimiento de las ciudades colombianas.

Según su propia confesión, Aprile oyó hablar de Colombia por primera vez en 1966, cuando tenía 35 años. El gobierno de Francia le encargó la misión de ayudar a crear un departamento de urbanismo en la facultad de arquitectura de la Universidad Nacional sede Bogotá. De inmediato vino a este país y permaneció en él cuatro años. Poco después de su llegada participó en la reconstrucción de Quibdó, devastada por un incendio. Allí conoció a la hija del gobernador del Chocó, quien pronto se convirtió en su compañera. Como puede verse en Colombie y en una entrevista disponible en YouTube, Aprile fue un visitante privilegiado que viajó sin cesar por estas tierras antes de regresar a Francia. Un artículo reciente del semanario Voz indica, equivocadamente, que llegó a Colombia en 1973. En realidad, en ese año regresó y lo hizo para siempre, pues murió en Cali 41 años después.

Tras una introducción y sendos capítulos dedicados a la geografía y a la historia del país, el libro trae impresiones personales del autor, tomadas entre 1966 y 1970, sobre diferentes asuntos: “Colombia hoy”; “los mitos paralizantes”; “postales en negro” –no en blanco y negro–; “en busca de otra Colombia”. En las líneas que siguen me voy a limitar a traducir de la manera más literal posible algunas de esas impresiones:

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Por algo será que los sociólogos [colombianos] –todos indios– se desviven por probarnos que la población está compuesta por 2.2% de indios, 6% de negros, 47.8% de mestizos, 24% de mulatos y 20% de blancos. Estas cifras, por supuesto, no tienen ningún valor, pues carecen de cualquier base científica, y la objetividad es reemplazada por el solo deseo de aquellos que las proveen de pertenecer a un grupo o a otro […] Los negroides representan 30% de la población. El resto, de cerca o de lejos, es racialmente indio […] Pues los indios, aproximadamente un millón de seres en el siglo XVI se convirtieron en 15 millones en 1970 [la población total de Colombia era de unos 20 millones] (pp. 64, 67).

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El indio rinde culto a la religión católica y al ruido, y uno se pregunta a veces cuál de los dos es más venerado (p. 70).

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El indio ha erigido su propio culto y un monumento a su sexo sobre varios complejos, entre ellos el del enano, que lleva rápidamente a la hostilidad agresiva. Admira su falo en un espejo, lo venera y se repite extasiado: ‘yo soy un macho, yo soy un macho’. En Colombia a veces se le da mucha importancia a cosas muy pequeñas… Después sale a la calle, envalentonado por esta superioridad, pero acompañado de su complemento indispensable, que será, según sus medios, un 32 corto, un machete, una navaja o un destornillador. Porque un colombiano desarmado no es nadie, un macho sin su machete se siente ridículo y desnudo. Además, un hombre de verdad desprecia la pelea vulgar a puño limpio, prudencia muy legítima cuando uno mide 1.63 mts (p. 97).

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Fascinado por el gringo, el indio lo envidia y lo toma por modelo (p. 123).

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Indios indiferentes, vestidos de negro de la cabeza a los pies, recelosos, nos observan por encima del hombro, desconfiados. Aquí el verbo y la risa parecen desterrados, prohibidos. Estamos en Boyacá, tierra de las procesiones, del fanatismo y de la brujería, de los milagros, de los castigos corporales, de penitencias sangrientas de seres arrodillados y arrastrados (p. 138).

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En este universo, el humor es un objeto de lujo y su importación está prohibida […] Cuando digo el hombre de los Andes, pienso en ese ser tan desesperadamente triste que puebla los departamentos de Boyacá y Santander, Cundinamarca, Caldas y Antioquia, Tolima y Cauca, Huila y Nariño. El de la Costa es considerado alegre por el hecho de ser muy bulloso. Esto es un error (p. 68).

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Entre la necesidad de sobrevivir al hambre y las prohibiciones dogmáticas, el mestizo, que rechaza su herencia indígena, no puede alcanzar su propia personalidad cultural. Cuando se expresa, huele a mestizaje. Al pasar revista a la historia y las corrientes políticas, uno encuentra diez influencias extranjeras, que, siempre mal asimiladas, lo llevan una y otra vez a la falsedad y al plagio. Por eso el arte en Colombia es casi siempre de adopción, de adaptación y de reproducción, rara vez de creación (p. 78).

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La camaradería entre hombres y mujeres jóvenes no existe, es temida, y la familia la obstaculiza tarde o temprano por todos los medios. La amistad y la solidaridad son desconocidas. El amor, noción abstracta vaciada de cualquier contenido sensitivo, no tiene ninguna base real verdadera. Reina la desconfianza, la sospecha y el engaño. Cada palabra y cada gesto son sopesados. El cálculo frío reemplaza siempre la emoción espontánea […] Entre el proletariado naciente o  el campesinado pude ver otro tipo de relaciones, a veces más brutales, pero siempre más puras, es decir con más emoción espontánea, sin cálculo ni hipocresía (pp. 101, 106).

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Ser no es nada, pero parecer lo es todo. De esto se deduce que lo grave no es el crimen, sino su divulgación. Confesarlo y denunciarlo es deshonrar, más que a su autor, al clan al que pertenece. Este extraño código moral rige la vida de unos 20 millones de individuos convencidos de que están viviendo ‘según la moral’ (p. 109).

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Quien esto escribe, al calor del tecleo de su máquina, no siente que tenga ningún derecho de juzgar o de evaluar, menos aún de criticar a ninguno de los que están en las selvas de las cordilleras [FARC, ELN, EPL]. Todos merecen respeto, por el simple hecho de haber abandonado el hogar y el calor, la seguridad, y escogido el frío, la lluvia, el hambre, las espinas y los mosquitos, el terrible pito, y a veces la duda. Cada uno de ellos sabe que la lucha será larga y tal vez no verá el final. Sin embargo, escogió ser un rebelde y tomar un fusil y esta sola decisión nos inspira, si no admiración, al menos silencio (última página)

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Ilustración de Camilo Uribe Posada: @CamiloUribePosada

Ilustración de Camilo Uribe Posada: @CamiloUribePosada

 

Jacques Aprile-Gniset fue parco al final de su libro, cuando tocó el tema de las guerrillas, pero bastante lenguaraz en las demás páginas, al tratar otros aspectos de la vida colombiana. En Riochiquito, Jean-Pierre Sergent y Bruno Muel interpretaron este país a partir de su experiencia con esa “zona de autodefensa campesina”. A su favor puede decirse que pasaron aquí mucho menos tiempo que Aprile y que a ellos no se les abrieron tantas puertas como a su compatriota urbanista en misión oficial.

Pensaba concluir esta columna señalando la facilidad con la que algunos viajeros extranjeros, no todos, lanzaron juicios apresurados sobre Colombia en los años 1960 y 1970 –y siguen haciéndolo en el siglo XXI–. Pero, pensándolo mejor, se me ocurre que la tendencia de hablar a la ligera es tal vez una característica humana y que el mérito radica en resistir a la tentación y hacer silencio en lugar de decir las primeras barbaridades que se vengan a la cabeza. Algunos colombianos tampoco son muy tímidos a la hora de aventurar opiniones sobre países que apenas entienden. La diferencia es que los locales no les ponen mucha atención. Y eso es, quizá, mejor para todos.
 

Continuará.

22-11-2021

 

Coda

Los interesados pueden acceder a la entrevista aquí y al artículo del semanario Voz aquí.

Fe de erratas

La primera versión de este artículo afirmaba: “sus primeros libros fueron estudios sociológicos adelantados en España y publicados bajo el nombre de pluma Salustiano del Campo Urbano, que luego redujo a Urbano Campo”. En realidad, Salustiano del Campo Urbano es un reputado sociólogo español. El error provino del catálogo en línea de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República. En él, bajo el encabezamiento “Aprile-Gniset, Jacques, 1931-2014”, aparecen libros de Aprile y también de Salustiano del Campo. La confusión se debe sin duda al parecido entre el nombre real del sociólogo español y el nombre de pluma de Aprile y también al hecho de que ambos científicos sociales nacieron, al parecer, el mismo año: 

https://es.wikipedia.org/wiki/Salustiano_del_Campo

https://www.univalle.edu.co/lo-que-pasa-en-la-u/inauguracion-de-la-catedra-jacques-aprile-gniset/


 

 

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ACERCA DEL AUTOR


Carlos Camacho Arango

Docente-investigador de la Universidad Externado de Colombia.

Doctor en historia, Universidad París I Panthéon-Sorbonne

Historiador, Universidad Nacional de Colombia sede Medellín