Veinte años después

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POR Andrés Hoyos

El Malpensante 226 - Edición especial

Decía famosamente el tango de Gardel que “veinte años no es nada”, pero vaya que en la vida de una revista sí lo son. Nuestro número 25, cuya carátula puede ver al respaldo de la portada de esta revista, salió el 31 de octubre de 2000, hace un poco más de los emblemáticos veinte años del tango. De inmediato, esa edición se convirtió en un objeto de colección –hace mucho que no se consiguen ejemplares en los puntos tradicionales de recirculación del país–, de suerte que entendimos que habíamos tocado un nervio. Por eso hace ya también bastante decidimos que debíamos volver sobre el tema, por supuesto, con la claridad, o al menos la nueva confusión, que nos dan los años transcurridos.

Conviene poner aquí un par de citas del desacostumbrado editorial que entonces publicamos. Dicen:

 

De modo que a los colombianos no nos queda otro remedio que repensar de afán la estrategia de la guerra contra las drogas para cambiarla.

 

Por eso hemos reunido en este número excepcional textos de diversas procedencias sobre alternativas radicales a la guerra contra las drogas.

 

Ambas afirmaciones siguen vigentes, al igual que otra que decía que un país martirizado como Colombia tiene todo el derecho de proceder de forma unilateral en materia de prohibición, siempre que no les lleve la contraria de forma radical a las mayorías.

Pues bien, el castillo de la prohibición está mucho más averiado hoy que en 2000, aunque todavía se sostiene en pie. ¿Por cuánto tiempo? Así mismo decíamos entonces que su necesario derrumbe y/o demolición futuros debían empezar por la legalización de la marihuana, primero la medicinal –despenalizada en Colombia desde 2015– y después la recreativa, un tema que se discute con frecuencia en el Congreso nacional, sin que todavía se tomen decisiones de fondo. Esta perspectiva se ve cada vez más clara, como quiera que la yerba es legal en Uruguay, en Canadá, en quince estados de la Unión Americana y, descontando tal cual hipocresía, también lo es en Holanda, Sudáfrica y Portugal. El Congreso de México está ad portas de legalizar esta sustancia que tanto pedía la cucaracha y por la que los demonizaron durante todo el siglo XX.

¿Seguirán cayendo estas prohibiciones en cascada? Sin duda.

Entrar en una guerra contra las drogas es más o menos fácil; basta con elegir a un fanático, diga usted Richard Nixon, y listo, mientras que salir de ella es endiablado. No, no es cuestión simplemente de legalizar todo y mirar para el lado opuesto, entre otras razones porque sigue habiendo grandes grupos prohibicionistas en Colombia y en la comunidad internacional. Por una extraña paradoja, en este campo se destacan países no democráticos, por el estilo de China o Rusia, en vez de los países democráticos de Occidente, inventores del fenómeno.

No se trata en ningún caso de decir que el consumo de sustancias psicoactivas sea conveniente. Hay personas para quienes estas son muy problemáticas y, en términos generales, se requieren campañas para desestimular el consumo, sobre todo entre los jóvenes. Lo que sí se puede afirmar sin titubeos es que el plomo, la dinamita y la corrupción resultantes de los regímenes prohibicionistas son peores que todo lo demás, según se ha demostrado hasta la saciedad en los últimos cincuenta años de historia de Colombia. Hoy –¿por fortuna?– el centro de gravedad del narcotráfico se trasladó a México, donde los problemas son tan graves que hay quien diga que en varias zonas del hermano país se vive un Estado fallido, es decir, que existen provincias enteras en las que las autoridades no mandan. Otros países del subcontinente, dígase Brasil, o varios de Centroamérica, también tienen problemas graves con el narcotráfico, si bien no en la escala de México. Colombia, para su infortunio, ocupa en el presente por ahí el segundo lugar en este escalafón de daños.

En fin, usted tiene entre sus manos una colección aguda de miradas sobre estos fenómenos, con énfasis en lo reciente, aunque también miran la historia. En ediciones futuras seguiremos con el tema, así sea solo porque genera escritos valiosos e interesantes por inercia. Invitamos a quien sea a enviarnos material, cuya única característica de fondo debe ser que no defienda el prohibicionismo cerrero. Para eso están los medios tradicionales, y eso que ya en ellos se filtran con frecuencia las disidencias.

Queremos agradecer en especial el apoyo de Fescol, representantes de la fundación alemana Friedrich-Ebert-Stiftung en Colombia, a su directora ejecutiva para nuestro país, Kristina Birke Daniels, y a Catalina Niño, la coordinadora de proyectos, quien ha actuado como nuestro enlace todos estos meses. Nos han acompañado en varios frentes y eso lo tenemos que agradecer de todo corazón.

 

—Andrés Hoyos

Director

 

ACERCA DEL AUTOR


Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.