Riochiquito Reloaded

Segunda entrega sobre el documental francés acerca del nacimiento de las FARC

Hace unas semanas el historiador Carlos Camacho Arango nos informó sobre su seguimiento de la historia de Riochiquito, el documental francés elaborado en 1965 a propósito de las futuras FARC, entonces apenas unas "fuerzas de autodefensa campesina", llamadas “Bloque Sur”. En esta entrada prosigue su indagación a través de una conversación con una de las voces tras el documental, la de su gestor y narrador en español, Alberto Rojas Puyo.

POR Carlos Camacho Arango

Riochiquito Reloaded

Tirofijo y Ciro Trujillo durante el bombardeo aéreo de Riochiquito. Ilustración de Camilo Uribe Posada: @CamiloUribePosada

En mi columna anterior sobre el documental Riochiquito (1965) quise seguir una pista dejada por el actor y director Pepe Sánchez: mirar más de cerca a sus protagonistas, pero no solo a los colombianos, sino también a los dos realizadores franceses. Supe que ambos están vivos y quise entrevistarlos, sin éxito. Un lector de la columna me contó que vio el film en una universidad parisina en la década de 1970 y que un compatriota llamado Alberto Rojas Puyo lo presentó. Ese nombre me trajo recuerdos: hace unos años, gracias a la presentación de un libro en Bogotá, tuve la oportunidad de conocerlo. De ese encuentro me quedaron su teléfono y la imagen de un señor lúcido y amable, que se conservaba muy bien para haber nacido en 1933. Por su edad temí no volver a encontrarlo. Me equivoqué: contestó mi primera llamada y acordamos vernos unos días después. Esta es la historia de lo que me dijo hace algunas semanas sobre Riochiquito. Antes de empezar a contarla, presentaré brevemente a su protagonista.

Alberto Rojas Puyo nació en Pitalito, Huila, en una familia bastante conservadora. Se afilió muy joven al partido heredado y empezó estudios de derecho en la Universidad Javeriana en Bogotá durante la dictadura de Rojas Pinilla. Pronto se decepcionó tanto de la política conservadora como de la jerarquía católica. Perseguido por el Servicio de Inteligencia Colombiano (la policía política de Rojas) por repartir propaganda laureanista, se exilió en la España de Franco. Allí entró en contacto con opositores del régimen, que resultaron ser miembros del clandestino Partido Comunista Español (PCE), en el que empezó a militar. Temiendo haber sido descubierto, pasó a París, donde se encontraba la dirección del PCE, y trabajó en la célula del Partido Comunista Francés (PCF) que funcionaba en su barrio. Eran los años del Frente Nacional en Colombia, de la Revolución Cubana y de la Guerra de Argelia, que enfrentó no sólo a franceses y argelinos, sino que dividió a los primeros en bandos a favor y en contra de la independencia de esa colonia.

Llegué al restaurante pocos minutos después de la hora fijada, 2:00 p. m. No había mucha gente. Rojas Puyo estaba sentado en una mesa, sin tapabocas (ya estaba vacunado contra el COVID 19). Tan pronto me senté yo, con tapabocas, la mesera le trajo una sopa de tomate, lo que indica que la había pedido con anticipación, pero me esperó para empezar a tomarla. Yo ya había almorzado, así que pedí sólo un whisky. Rojas Puyo tiene el pelo casi intacto y las arrugas de un hombre veinte años menor. Sus ojos son claros, tal vez azules o grisáceos: sin duda le abrieron muchas puertas cuando vivió en Francia. Esa tarde llevaba puesta una camisa morada de cuadros, abotonada hasta el tope, sin corbata. Sobre ella, un chaleco y un saco con un pañuelo rojo brillante que sobresalía del bolsillo izquierdo (¿de qué otro iba a salir?). Habló despacio, pero claramente y sin perder en ningún momento el hilo de la conversación. Me advirtió, eso sí, que no le preguntara por fechas, porque se confundían en su memoria.

Pese a que llegué al restaurante con un cuestionario en mi computador, ese fue sólo el punto de partida de la conversación, que fluyó por sus propios cauces. No estoy acostumbrado a entrevistar a los protagonistas de las historias que me interesan: como historiador del siglo que va más o menos desde mediados del XIX hasta mediados del XX, casi siempre escribo sobre personas muertas. Para hacerlo utilizo documentos de varios tipos, en su mayoría escritos y por lo tanto estáticos: la tinta y el papel tienen la particularidad de congelar la información. La memoria humana, por el contrario, es dinámica: constantemente transforma los recuerdos. No quiero dar a entender que no se pueda confiar en ella: solo afirmo que su naturaleza es diferente. Hagan de cuenta entonces, amables lectores, que cada párrafo de los siguientes empieza con la frase “según Rojas Puyo…”.

Viviendo ya en París bajo el pseudónimo de Santiago Solarte, Rojas Puyo conoció y se hizo amigo de Claude Julien, jefe de la sección internacional del periódico Le Monde, que lo invitó a escribir un artículo sobre el colectivo que en ese momento se llamaba Bloque Sur y era dirigida por Tirofijo y Jacobo Arenas. Solarte atendió la invitación con el fin de desvirtuar la idea de que las guerrillas colombianas no eran más que bandits de grands chemins, algo así como salteadores de caminos: se trataba simplemente de un movimiento insurgente, una organización campesina en la etapa de autodefensa de masas, con emplazamientos en varios lugares del territorio. La dirección del periódico verificó y aprobó el artículo y lo publicó en primera página, incluyendo datos de la lucha política del Bloque Sur y de sus reivindicaciones.

El día de su publicación, Solarte recibió una llamada de los jóvenes realizadores que terminaron haciendo Riochiquito. Se llamaban Jean-Pierre Sergent y Bruno Muel. Le hablaron del ya famoso documentalista holandés Joris Ivens, conocido de los tres, que había trabajado con Hemingway en España, con Robert Capa y Sidney Lumet en China, con Frank Capra en Estados Unidos… Ivens había estado en Colombia y se había reunido con el intelectual caleño Nicolás Buenaventura, miembro de la dirección del Partido Comunista Colombiano (PCC). En esa ocasión se mencionó la posibilidad de filmar un documental sobre la autodefensa campesina de Marquetalia, pero ese plan no prosperó. 

Los franceses le presentaron el proyecto a Solarte: hacer algo parecido al artículo de Le Monde, pero en lenguaje cinematográfico. Muel y Sergent eran hombres de izquierda, compañeros de viaje del comunismo –esta expresión era despectiva– pero no miembros del PCF. Ivens dio el aval ético y profesional a los dos y cubrió todos los gastos del viaje, con la condición de que legaran sus cámaras, compradas expresamente para este proyecto, a cineastas colombianos que los hubieran acompañado en el “paseo”. Los franceses volaron entonces a Bogotá: tras varias peripecias llegaron a Riochiquito y empezaron a filmar. La noticia del viaje se filtró a la prensa francesa y después a la colombiana, y complicó la salida de Muel y Sergent, que sin embargo lograron regresar a su país a salvo. Los rollos de cinta (muchos al parecer), llegaron después. Con ellos se hizo la edición en formato de cortometraje. El narrador de la versión en francés fue el actor Maurice Garrel, patriarca de una dinastía cinematográfica que aún sigue vigente, y el de la versión en español, Santiago Solarte.

En los años 1970 estaba en vigor en Francia una ley que obligaba a presentar cortometrajes antes de los largometrajes –en Colombia tuvimos algo parecido después–. Solarte vio Riochiquito en dos cines del barrio latino de París y organizó un pronunciamiento de intelectuales franceses, de Sartre para abajo, en respaldo a las luchas de los campesinos colombianos representados por el Bloque Sur. Publicó, además, una postal que se vendió en las librerías parisinas: un fotograma del film en el que puede verse a Tirofijo y a Ciro Trujillo durante el bombardeo aéreo de Riochiquito. La fama de esta imagen, si tuvo alguna, fue pasajera. La figura revolucionaria de Camilo Torres eclipsó al Bloque Sur en Francia, por el simple hecho de ser Torres un cura y Francia un país bastante católico (aunque lo disimule muy bien). Rojas Puyo cree conservar todavía una de esas postales en alguna caja, pero después de su trasteo de Bogotá al campo hay muchas cosas que no encuentra.

Tras una hora larga de conversación, me dijo que estaba apurado por llegar a su casa antes de que empezara el toque de queda vigente por la pandemia en el municipio donde vive. Antes de despedirme le di mi opinión sobre los documentalistas: me parecía que no se habían preocupado mucho por mostrar el lado más humano de Riochiquito. Le pedí su opinión al respecto. Afanado, solo respondió que la gente tenía miedo de hablar. Le ayudé a levantarse de la silla y a enfundarse un bonito impermeable azul oscuro. Él se puso un sombrero Stetson. Lo acompañé a la calle, donde lo recogió un chofer. Quedamos en hablar de nuevo. 

Días después consulté el buen libro por el que lo conocí: La paz, un largo proceso  ⎼  Relato autobiográfico de Alberto Rojas Puyo (2018), basado en entrevistas con el historiador Mario Barbosa Cruz hechas hace más de veinte años. Palabras más, palabras menos, lo que dijo sobre Riochiquito en ese entonces es lo mismo que me dijo a mí tomando lentamente su sopa de tomate hace algunas semanas. Me pregunto si Rojas Puyo, sabiendo de antemano el tema de mi entrevista, releyó su Relato Autobiográfico o si tiene una memoria prodigiosa. En cualquier caso, me quedé pensando en Pepe Sánchez, que Rojas Puyo no mencionó en el libro, pero sí en nuestra conversación: al igual que Muel y Sergent, era amigo del Partido Comunista, pero no militante; sintió mucho miedo cuando estuvo en el monte (donde, cabe recordar, los bombardeó el ejército) y se exilió en Chile tras regresar a Bogotá (donde, también cabe recordar, sufrió persecución policíaca). En el restaurante, Rojas Puyo reprobó el comportamiento de Sánchez durante la filmación del documental y después de ella. No sé si Santiago Solarte hizo lo mismo en 1965. Espero que no: lanzar ese tipo de críticas desde París habría sido demasiado fácil.

Continuará...

 

Carlos Camacho Arango

26-07-2021

 

Coda

Los lectores interesados pueden comprar el libro de Alberto Rojas Puyo en el sitio de los editores. 

En papel: 

http://libreriasiglo.com/ciencias-sociales-y-humanidades/44470-paz-un-largo-proceso-la.html

Y electrónico:

http://libreriasiglo.com/politica/51315-paz-un-largo-proceso-la.html

 


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ACERCA DEL AUTOR


Carlos Camacho Arango

Docente-investigador Centro de Estudios en Historia (CEHIS), Universidad Externado de Colombia

Doctor en historia, Universidad París I Panthéon-Sorbonne

Historiador, Universidad Nacional de Colombia sede Medellín