Julián Isaza

Escritor
Villavicencio, 1979

En 2009 ganó el Premio Rey de España con la crónica "Atlas es chocoano". En 2017 ganó un Premio Simón Bolívar de periodismo por su crónica "El vuelo del pterodáctilo". Dirige la revista "Directo Bogotá".

 

Tras la firma de los acuerdos de paz y la puesta en marcha del Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS), la calma en la región del río Guayabero, en el sur del Meta y el norte del Guaviare, hoy no existe. Quienes se acogieron a la sustitución de sus cultivos, en la orilla del Meta, dicen que el gobierno los embaucó; mientras que quienes no firmaron esos acuerdos, en la orilla del Guaviare, optaron por organizarse y sacar del territorio a la fuerza pública. En ambas orillas hay miedo y rabia. En ambas hay enfrentamientos de la población civil con la policía y el ejército. En ambas presionan los grupos al margen de la ley.

 

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En los Llanos Orientales, las familias campesinas inician su fundo con una vaca. A ella le componen canciones de ordeño. A los terneros que nacen de esa “fundadora” también les cantan: para arrearlos, y luego inmolarlos sin ninguna crueldad.

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Ante el generalizado desencanto que marca estos tiempos, y en el particularmente desalentador contexto de los Estados Unidos de hoy, declararse humanista implica dosis de temeridad, cinismo o comedia. El escritor norteamericano Kurt Vonnegut se vale de esas tres armas –quizá las más efectivas en manos de la literatura– para ofrecer una obra valiente, en la cual el absurdo es tan cercano al humor como a la realidad. 

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La distancia que puede haber entre el dulce José Alfredo Jiménez y el agrio Sid Vicious puede ser la misma que entre el amor y el odio. Mientras son muchos los boleros que esconden una rabia desgarradora entre sus tonadas melosas, no es tan raro que el punk cante con melodías frenéticas al cariño entre dos.

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La única forma de llegar a muchas poblaciones de nuestra fragmentada geografía es por aire. Tal es el caso de Acaricuara en Vaupés. A las compañías aeronáuticas no les resulta atractivo el panorama de pistas de tierra y fleteos a último minuto. Por ello, unas pocas empresas pequeñas, una flota de aviones octogenarios y un conjunto de pilotos osados se han convertido en la alternativa para llegar a rincones donde el Estado brilla por su ausencia.

 

 

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